El reto de la economía colaborativa

Mi padre solía decir: «El coche y la mujer no se comparten». Obviando el componente machista, la expresión muestra el valor que se solía otorgar a la posesión del coche y que claramente está de baja, sobre todo en entornos urbanos donde cada vez hay más inconvenientes para su uso. Coches, motos, o casas no residenciales son activos con un coste de adquisición relativamente elevado para una economía familiar y que casi nunca se utilizan al máximo de su capacidad. La economía colaborativa permite a los propietarios alquilar estos bienes cuando no están siendo usados y a los no propietarios utilizarlos sin necesidad de comprarlos.

A la economía colaborativa se le atribuyen, al menos, dos bondades. La primera es un mayor aprovechamiento de los bienes físicos, que repercute en la sostenibilidad del planeta. Y eso no es poco. La segunda es la mejora de las economías domésticas, tanto si la familia es proveedora del bien como consumidora. En la economía colaborativa se incluyen todas aquellas plataformas, con o sin ánimo de lucro, que crean un mercado para el uso temporal de bienes o servicios, a menudo –pero no exclusivamente– por parte de particulares. Y aquí es donde puede aparecer la problemática.

En muchos casos, la economía colaborativa se solapa con sectores de actividad que ya existen, como los aparthoteles o los coches de alquiler y, ahora mismo, las normas jurídicas y fiscales que rigen a unos y otros son diferentes. La pregunta a responder es: ¿cómo se determina si alguien está participando de la economía colaborativa o es un profesional y, por tanto, debe cumplir con los mismos requisitos que se exigen a los negocios o profesionales? ¿Dónde se pone la raya? ¿Hay que crear una nueva figura para este tipo de profesionales?

Si la economía colaborativa se entiende como una transacción de ciudadano a ciudadano, existen tres características que pueden ayudar a identificarla. La primera: el objetivo es repartir el coste de un servicio, como por ejemplo repartir el coste de un trayecto de coche. La segunda: el alquiler del activo no es constante sino puntual; de ahí que en algunas ciudades el alquiler de viviendas se ha limitado a un número de días al año. Y la tercera: se trata de economía colaborativa cuando el precio por el alquiler del bien es inferior al que cobraría una empresa que se dedique al mismo. Alguien que alquile su coche cuando no lo utiliza cobrará menos que una empresa de coches de alquiler, ya que tampoco ofrecerá el mismo nivel de servicio.

Las noticias que han aparecido en las últimas semanas sobre la plataforma Airbnb en Barcelona son un ejemplo de posibles problemáticas. El atractivo turístico de la ciudad, la dinámica del sector inmobiliario y el uso de la plataforma están creando las condiciones para la tormenta perfecta. Si se analizan los ingresos de Airbnb, se observa que más de la mitad de los mismos son generados por empresas o personas que tienen más de tres viviendas en la plataforma. El porcentaje de ingresos originados por ciudadanos con una única propiedad ha ido disminuyendo, ante la entrada de empresas y pequeños emprendedores inmobiliarios atraídos por la elevada demanda turística. Pisos que antes estaban disponibles para el alquiler de los ciudadanos, ahora se encuentran copados por los turistas, por no hablar de los engaños y pillajes que se han generado en forma de realquiler ilegal.

Si se llevara esta tendencia al extremo y todos los ingresos de Airbnb provinieran de empresas o emprendedores inmobiliarios, ¿se podría calificar aún de economía colaborativa? La respuesta es no. Se trataría de una tecnología innovadora, pero que habría evolucionado para convertirse en intermediaria entre profesionales del sector e inquilinos temporales.

En contrapartida, existen otras plataformas de economía colaborativa en las que la mayor parte de las transacciones se realizan, efectivamente, entre ciudadanos. Por ejemplo, BlaBlaCar para compartir trayectos en coche o Privvy para alquilar el coche propio. Ahora mismo, el peso agregado de la economía colaborativa representa un porcentaje pequeño a nivel europeo y aún inferior a nivel estatal, pero la previsión es que se generen nuevos mercados y se amplíen los existentes.

De momento, se comparte casa y coche, pero hay potencial para activos de un coste menor que están muy lejos de aprovecharse al 100%. Un famoso artículo de un economista calculaba que el tiempo medio de utilización de un taladro es de 13 minutos por hogar durante toda la vida. ¿Para cuándo una plataforma para compartir taladros? ¿Cortacéspedes? ¿Cunas para bebés?

Ester Oliveras, profesora Agregada de la Universitat Pompeu Fabra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *