El reto de la mediación

Por Bernard-Henri Lévy es filósofo francés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 10/11/05):

Nada va a parar el movimiento. No digo que no vaya a pararse, por supuesto. Lo que digo es que ningún gesto, ninguna idea, ninguna política a corto o largo plazo tienen, como por encanto, el poder prodigioso de romper una espiral que, antes, tendrá que llevar seguramente su lógica hasta el extremo. La física de los cuerpos. La negra energía del odio puro. El torbellino nihilista de una violencia sin significado, sin proyecto, y que se emborracha de su propio espectáculo reflejado, de ciudad en ciudad, por unas televisiones también fascinadas.

No es la guerra. Pese a que nos querrían convencer de ello los que, en Francia, tienen interés en fomentar el discurso bélico (en líneas generales, la extrema derecha, la extrema izquierda y los islamistas). No estamos, gracias a Dios, ante una Intifada francesa. Pero no hay duda de que es un proceso inédito: un grupo en fusión, casi en sentido sartreano. Y es un grupo en fusión de nuevo estilo, con teléfonos móviles, intercambio de SMS, unidades móviles, movimientos brownianos de una cólera que, cuando haya terminado de atacar la escuela y el gimnasio del barrio, cuando haya incendiado o intentado incendiar el último edificio representativo de Francia y el Estado de derecho, se volverá contra el vecino, contra el amigo, contra sí mismo; al final, los vándalos irán a buscar los coches de sus propios padres para quemarlos. Entonces se detendrá. Llegará un momento en el que no tendrá más remedio que detenerse. Sin embargo, para ello, será antes preciso que este maratón de rabia, este rigodón suicida y desmemoriado, esta fusión de la desesperación y la barbarie, lleven hasta el extremo su embriaguez y su entusiasmo autista.

Entonces, ¿no hay nada que hacer? ¿Decir que el movimiento llegará hasta el fin de su mecánica significa que hay que cruzar los brazos y esperar? Por supuesto que no. Ni mucho menos. Y, sin querer hablar del inevitable replanteamiento de toda nuestra política de la ciudad, sin hablar de ese famoso modelo francés de integración del que estábamos tan orgullosos y que está estallando en pedazos, es evidente que el Estado republicano tiene ante sí una serie de tareas urgentes, inmediatas, empezando por las tareas policiales, es decir, las de protección de los bienes y las personas, que, por cierto, en el momento de escribir estas líneas, no se está llevando a cabo tan mal como dicen los aficionados a dar lecciones.

Es verdad que ha habido patinazos verbales (la limpieza con Kärcher, la chusma, etcétera, esos otros vocablos del odio por los que sería honorable disculparse). Ha habido atropellos inadmisibles (la granada lacrimógena en la mezquita de Clichy-sous-Bois, que me habría gustado que provocase tanto escándalo como la profanación de una iglesia o una sinagoga). Pero, de ahí a poner al mismo nivel a policías y amotinados, de ahí a decir que la policía francesa está en la actualidad tan lepenizada que tres jóvenes de Clichy-sous-Bois prefirieron correr el riesgo de electrocutarse que el de caer en sus manos, hay un paso que yo no estoy dispuesto a dar. Al fin y al cabo, también en 1968 existió la psicosis de la carga policial de la que había que huir. No éramos jóvenes en paro ni hijos de inmigrantes, sino estudiantes, académicos, sabios, etcétera, y vivíamos esa misma fantasía de que, para no caer en las garras de las abominables unidades móviles de la gendarmería, era preferible, no encerrarse en un generador, sino ahogarse como Gilles Tautin en Flins. Pues bien, ¡basta ya del estúpido lema “CRS SS” [el grito que se coreaba en mayo del 68 comparando a las tropas de asalto con las SS]! ¡Basta de demagogia y polémicas políticas! La situación es suficientemente dramática como para no añadir querellas mezquinas entre aparatos y personas.

Sobre todo, porque el verdadero reto, en estos momentos, es un reto de mediación y de palabra. No la palabra política en sentido estricto. No esos Consejos de Ministros extraordinarios con los que se relamen los comentaristas (¡como si el mero hecho de que los ministros se reúnan y hablen fuera un acontecimiento excepcional!) No. Me refiero a la otra palabra. La que aguardan esos jóvenes que están hartos de que se les trate como a hijos de inmigrantes cuando son sencillamente franceses. Una palabra que hable, no de rencor y desconfianza, sino de igualdad, ciudadanía, consideración y, como dicen ellos, respeto. Que, en otros términos, sea capaz de expresar al mismo tiempo el luto por Zyed y Bouna, los quemados vivos del transformador de Clichy-sous-Bois, y por Jean-Claude Irvoas, asesinado a golpes, delante de su mujer y su hija, porque estaba fotografiando una farola. ¿Quién va a lograr que se oiga esa palabra? ¿Quién va a poder, en unos días, encontrar esas frases de concordia que se esperan desde hace 20 años? ¿Los alcaldes, esos húsares negros de las barriadas? ¿Los dirigentes de asociaciones, tan cruelmente escasos de medios? ¿Un político, no importa si de derechas o de izquierdas, pero más inspirado que el jefe de Estado cuando, el pasado domingo, salía de su Consejo de Seguridad Interior? Ésta es la cuestión. Ésta es la condición para que, en los territorios perdidos de la República, se restablezca algo que, un día pueda parecerse a un vínculo social. La otra opción está clara. En los últimos días hemos tenido un aperitivo y, para un país laico, sería una confesión de fracaso definitivo: transferir a los responsables de las mezquitas el deber de mantener el orden y predicar la paz.

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