El reto para la seguridad en Europa

Las primeras preguntas que probablemente todos nos hicimos tras los atentados de Barcelona y Cambrils, después de repasar si algún conocido podría estar allí, son del tipo ¿cómo?, ¿quiénes?, ¿cuántos?… Son las investigaciones policiales las que van ofreciendo las respuestas y, poco a poco, va surgiendo con fuerza la cuestión del ¿por qué?: ¿Por qué unos jóvenes, algunos incluso menores de edad, son capaces de cometer estos actos? ¿Por qué estos jóvenes en concreto, integrados según las declaraciones de la gente que les conocía?

Una respuesta inmediata sería que estos jóvenes han sufrido un proceso de radicalización, entendido éste como un proceso de socialización política donde se imponen unos valores radicales, destacando el maniqueísmo o el uso de violencia y el terrorismo como herramientas políticas. Aunque este proceso es personal, se pueden estudiar las nuevas actitudes adquiridas, englobándolas en una ideología determinada, el salafismo yihadista, término acuñado por Gilles Kepel en 2002 y que ha derivado en el término más corto de yihadismo.

Para entender bien esta radicalización, y también para aclarar la vinculación de estos individuos con otros grupos dentro de la religión musulmana, conviene estudiar este término y sus dos componentes.

El salafismo es un conjunto de corrientes dentro del islam que, en esencia, buscan la vuelta a una religión rigorista, la que –según argumentan– se practicaba en tiempos de Mahoma y de los primeros califas. Promulga valores de total sumisión a Dios, alejando la práctica religiosa de cualquier tipo de retórica o especulación. Estas doctrinas han surgido periódicamente dentro del mundo musulmán para enfrentar los cambios sociales, políticos o culturales. De esta forma, es una reacción frente a influencias externas, considerando que la decadencia de la comunidad musulmana se debe a que se ha apartado del verdadero islam, el suyo únicamente. Por ello el salafismo moderno se desarrolla con el colonialismo. Esto también vale para el wahabismo, la corriente salafista de Arabia Saudita, vinculada a la familia Saud desde el siglo XVIII y que, con la creación del país en 1932, se convierte en religión oficial del Estado.

Por su parte, la yihad es un elemento central no sólo para el salafismo, sino para toda la religión musulmana; aunque se establece una discusión sobre qué significa el concepto y a qué hace referencia. Tiene diferentes significados e históricamente los propios pensadores islámicos han debatido sobre ellos. Incluye formas pacíficas y violentas, abarcando desde el esfuerzo personal para ser un buen creyente a la difusión del mensaje del islam; desde el apoyo a los musulmanes oprimidos a la lucha contra los enemigos y el derrocamiento de los gobiernos corruptos; pero también la promoción de una revolución islámica mundial o la creación del Califato.

Los yihadistas dan importancia a todos ellos, resaltando los últimos como objetivos políticos. Para ellos es la actividad que permite acabar con la «ignorancia de la patria islámica», como indicaba Sayyib Qutb, uno de sus padres intelectuales. El mundo debe entenderse en blanco y negro, los buenos musulmanes y el resto. En este sentido, los malos musulmanes son apóstatas a los que se puede eliminar. De la misma forma adquiere mucha importancia el martirio, al que no se otorga ningún papel pasivo: el mártir (o shahîd) se presenta como un guerrero que lucha y practica la yihad (un muyahidín), siendo a la vez un modelo de dignidad y ejemplo.

El terrorismo, en cambio, se presenta como una herramienta, una táctica llevada a cabo para generar el máximo terror y propaganda con medios limitados. Esto se evidencia en uno de los libros de cabecera del yihadismo, La gestión de la barbarie, de 2004, publicado en internet. El fin claramente justifica los medios.

Según estudios de la Rand Corporation, en 2014 se podían contabilizar alrededor de 50 grupos organizados que practican esta ideología. Siendo significativo que el número de grupos no ha parado de crecer desde finales de los años 80. En ese momento, los muyahidines que habían luchado en Afganistán contra los soviéticos, y que habían sido patrocinados por Arabia Saudita, Pakistán y EEUU –entre ellos Bin Laden–, se organizan para exportar una revolución islámica mundial actuando en escenarios como Bosnia o Chechenia. Su fracaso fue patente hasta que consiguieron atentar con éxito el 11 de septiembre en EEUU. La reacción de Washington, con la invasión de Afganistán en 2001 y la de Irak en 2003, y sobre todo el fracaso de crear estados fuertes en estos países, han creado las condiciones para la multiplicación de estos grupos. Todavía más tras el derrocamiento de Gadafi en Libia o la guerra civil en Siria en 2011, en el marco de la conocida como Primavera Árabe.

Pero no sólo la fragilidad institucional ha hecho que estos grupos aumenten; también es esencial el desarrollo de las tecnologías de la información. La globalización de la información dio impulso a Al Qaeda a principios de este siglo, y desde finales de la década pasada las redes sociales son un factor explicativo importante del desarrollo de la ideología del yihadismo a través del Estado Islámico. Entendidas estas redes no sólo como un vehículo de comunicación de ideas y propaganda radical, sino como indican Bennet y Segerberg como vehículo de creación de estructuras organizacionales. No hay más que echar un vistazo a la actividad comunicativa del IS para convencerse de ello.

Aunque los países europeos ya habían sido objeto de atentados islamistas, es a partir del 11-M en 2004 cuando Europa deja de ser un territorio de retaguardia y se convierte en escenario de estas acciones. A partir de entonces se han sucedido multitud de atentados: Londres, Estocolmo, París, Niza, Berlín…, sin contabilizar las impedidas por los cuerpos policiales. Estos atentados estuvieron esponsorizados primero por Al Qaeda y, a partir de 2014, por el IS, momento en el se intensifican.

¿Por qué en Europa? ¿Cuáles son los objetivos estratégicos? Principalmente serían demostrar la fuerza de estos movimientos, golpeando a países occidentales, y, además, alentar a la radicalización de las minorías musulmanas en Europa. Todo ello para movilizar a nuevos militantes. Hay que resaltar que, a pesar de los atentados, apenas 5.000 combatientes europeos han sido movilizados por el Estado Islámico en Europa (unos 200 en España). Tampoco Europa es hoy el escenario de una confrontación entre comunidades, a pesar que se hayan puesto en duda los modelos de integración.

Sin embargo, como afirman Reinares y García-Calvo, este proceso de radicalización sí se produce principalmente aquí; señalando la importancia de los agentes de radicalización, un imam, un antiguo combatiente o incluso un igual, un compañero, encargado de ir socializando en los valores y actitudes ya comentadas.

Por tanto, aunque el salafismo no es equivalente al yihadismo, se puede considerar un caldo de cultivo por dos razones: impide una adecuada integración de sus practicantes, ya sea en sociedades occidentales o musulmanas; y porque, aunque no comparte el uso de la violencia, sí algunos esquemas del mundo, pautas estructurales de comprensión de la realidad que pueden suponer un punto de partida de radicalización. Por ello, la promoción de mezquitas salafistas con dinero saudí y de otras monarquías del Golfo es un elemento que se tiene que considerar dentro de la radicalización de los yihadistas. No es de extrañar que siendo en Cataluña donde los niveles de radicalización son mayores, atendiendo al número de mezquitas consideradas salafistas, es donde ha habido más operaciones policiales y detenidos por terrorismo yihadista desde 2012.

En conclusión, los procesos de radicalización están muy vinculados al desarrollo de una ideología que, aunque muy minoritaria en el mundo musulmán, debe ser combatida tanto en los países occidentales como en los musulmanes. Estos procesos generan células independientes, que suponen en la actualidad la mayor amenaza para nuestros países. Sin olvidar, por supuesto, que la inmensa mayoría de las víctimas de los ataques de los yihadistas son musulmanes. Es previsible que, en el corto plazo, a medida que se vaya arrinconando a las milicias del IS en Irak y Siria, se intenten abrir nuevos frentes en Asia, como ya están haciendo en Filipinas, o se busquen nuevos atentados en Europa.

Adolfo Calatrava García es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Antonio de Nebrija.

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