El retorno de ‘Braveheart’

Por Juan José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 24/01/07):

Ivanhoe fue la novela que –con ¿Quo vadis? y Los tres mosqueteros— más me impactó de niño. El templario sir Brian de Bois Gilbert –no Ivanhoe– fue mi primer héroe, y la judía Rebeca –no la impávida lady Rowena– mi primera heroína. Por Ivanhoe conocí a Walter Scott y, gracias a este, se me hizo familiar la Escocia que el recreaba en sus novelas: Waverley, Rob-Roy, Guy Mannering y El corazón de Midlothian. Era una Escocia de cartón piedra. Scott, nacido en las Tierras Bajas –Lowlands–, recreó las Tierras Altas –Highlands– con cierta dosis de inventiva.
Sir ir más lejos, cuando organizó –en 1822– la visita del rey Jorge IV a Escocia, impulsó y puso de moda el uso del kilt –la falda escocesa–, a cuyo fin los sastres tuvieron que inventarse algún tartan –tela cuyos colores determinan la pertenencia a uno u otro clan–. No obstante, la importancia de Scott ha sido enorme, porque –según Ian Buruma– reinventó la memoria escocesa –basada en sentimientos, costumbres y cultura– cuando era más necesario, porque –escribe– “donde no hay identidad política, se impone la ficción cultural e histórica”.

ASÍ, LAS novelas de Scott alimentaron las fantasías románticas europeas, en especial las alemanas, ya que el concepto alemán de nacionalidad está basado en la cultura, la lengua y la historia, no en instituciones políticas. Por esta razón, pese a la pérdida de su independencia, Escocia ha preservado incólume su personalidad histórica a través de los siglos.
De hecho, fue a la muerte de Isabel I de Inglaterra –el año 1603– cuando, tras un pasado de luchas, se trabó el primer lazo entre Escocia e Inglaterra, al unirse las dos coronas en Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra –hijo de María Estuardo–, sin que ello comportase la unión de los dos reinos. Ésta llegó el 16 de enero de 1707, impulsada por la crisis económica que azotaba Escocia, al aprobarse por los dos parlamentos el Acta de Unión por la que ambos se fusionaban. Desde entonces, Escocia, si bien perdió su soberanía, conservó sus leyes y su sistema educativo, y se benefició en gran medida como metrópoli del Imperio Británico, en cuya conquista, gobierno y defensa participó –en paz y en guerra– de forma distinguida.
Parecía un vínculo indisoluble, pero no es así. El 3 de mayo, la unión puede ser cuestionada si, como anticipan las encuestas, el Partido Nacional Escocés –independentista de izquierdas– es el más votado. De nada habrá servido que –en 1998 y gracias a Tony Blair– se otorgase una autonomía limitada –sin competencias tributarias– a Escocia, para evitar el crecimiento del independentismo. ¿Qué ha sucedido?

LA HISTORIA del distanciamiento entre Escocia e Inglaterra viene de lejos. Arranca con la pérdida del Imperio, cuando replegada Gran Bretaña sobre sí misma, vinieron años de vacas flacas. El Imperio Británico fue, mientras duró, una oportunidad enorme para Escocia como nación y para los escoceses como individuos, que una y otros aprovecharon sin reservas, si bien es cierto que contribuyendo a la empresa de modo eminente. Pero después de Suez –en 1956– se acabó lo que se daba. El espejismo imperial, mantenido a duras penas y a un coste insostenible tras la segunda guerra mundial, se mostró como lo que era: un sueño.
“Después de Suez –escribe Simon Schama– Gran Bretaña no tuvo más remedio que resignarse a la pérdida de su estatus, sus posesiones y, de un modo intangible, su orgullo nacional”. Únase a esto que, un cuarto de siglo después, la política ultraliberal de Margaret Thatcher perpetuó una profunda escisión en la geografía social de Gran Bretaña. “El electorado de Thatcher –dice Schama– pertenecía, por abrumadora mayoría, a las clases acomodadas y de profesionales del sur de Inglaterra, mientras que las afligidas naciones del norte, con fábricas, con minas y puertos abandonados y decrépitas calles (…), quedaban inmersas en la decadencia y la decrepitud”. La conclusión es obvia: “Desde los tiempos de Eduardo I, en el siglo XIII, una Inglaterra triunfal no había conseguido imponer eficazmente su dominio sobre las demás naciones de Gran Bretaña”, por lo que “¿cuáles eran los intereses que tenían los escoceses por seguir formando parte de la empresa?”. Y, como remate, un factor esencial de la identidad británica –la monarquía– comenzó a tambalearse a fines de los años 90.

EL RESULTADO fue inevitable. La crisis de Escocia transformó al Partido Nacional Escocés, que –pese a partir de un electorado de clase media, intelectual y rural– logró penetrar en feudos conservadores y laboristas, hasta el punto de que –en 1992– la mitad de los escoceses era partidaria de independizarse de Inglaterra, creyendo quizá que les bastarían los ingresos del petróleo y el gas del Mar del Norte, que consideran suyos en un 90 %.
¿Qué sucederá? ¿Retornará el espíritu de William Wallace, propiciando la victoria final de Braveheart? Es imposible saberlo, pues no debe olvidarse que en Escocia nació también Dugald Steward, el padre de la “filosofía del sentido común”.
Sea lo que sea, imaginemos por un momento que Escocia sea independiente. Seguro que entonces, apaciguadas las pasiones, muchos ingleses y escoceses recordarán con nostalgia un tiempo ido en que su domino se extendió sobre los mares, hasta convertir su lengua en el idioma universal, en que tuvieron el coraje de resistir solos los embates de la tiranía mostrando al mundo el camino de la libertad, en que fueron modelo de organización política y espejo de civilización. Recordarán, en suma, que fue entonces, cuando estuvieron unidos, cuando todos a una alcanzaron su mejor momento.