El retorno de la Filosofía

Vuelve la filosofía (su historia, para ser exactos) a ser asignatura obligatoria en el Bachillerato español. Y a (casi) todos les parece muy bien. Siendo profesor de filosofía, no resultaría natural que pudiera oponerme a la medida. Pero toda unanimidad resulta sospechosa. Cuando coinciden los sabios y los necios, o no hablan de lo mismo o no coinciden verdaderamente.

Por mi parte, podría resumir así mi posición: Estoy de acuerdo con la medida, pero, en general, no con las razones que se aducen para adoptarla y aplaudirla. Así, por ejemplo, se dice que en filosofía lo importante son las preguntas, no las respuestas. Esto es algo muy curioso. En primer lugar, no se suele decir cuáles son esas preguntas tan relevantes que hacen que no importen las respuestas o que sea imposible responderlas. Si uno se pregunta algo, máxime si se trata de algo muy importante para su vida, deberá, al menos, intentar responderlo. Es cierto que plantear correctamente las preguntas filosóficas adecuadas es ya, de suyo, un gran avance. Pero, a partir de aquí, comienza el camino en busca de las respuestas. Kant afirmó que la filosofía debía responder (no sólo plantear) cuatro preguntas fundamentales: ¿qué puedo saber?, ¿cómo debo vivir?, ¿qué puedo esperar después de la muerte? y ¿qué es el hombre? La pregunta metafísica fundamental, según Leibniz y Heidegger, es ¿por qué hay algo y no nada? Otra cosa es que sea posible una respuesta definitiva o, por el contrario, haya que conformarse con criticar el error y emprender ese camino de «búsqueda sin término» (Popper) hacia la verdad, que Sócrates emprendió.

El retorno de la filosofíaOtro argumento apologético es que la filosofía enseña a pensar. Pensar está muy bien. Heidegger precisaba que había que distinguir entre el «objeto erudito» y la «cosa pensada», para optar por la segunda, claro. Pero este aprendizaje del pensamiento también resulta sorprendente si no se precisa que se trata de pensar bien (no de cualquier modo) y de pensar sobre algo concreto: los problemas de la filosofía. La filosofía consiste en enseñar a pensar pensamientos filosóficos, no cualquier cosa. No se nos concreta cuáles son éstos. Lo decisivo es que el estudiante piense por sí mismo. Poco importa que se equivoque también por sí mismo. Otra cosa sería dogmatismo y paternalismo. No parece que sea incompatible pensar por sí mismo y hacerlo bien, al modo de los grandes clásicos. Y hacerlo sobre los problemas sobre los que ellos pensaron.

Y esto nos lleva al tercer gran argumento. La filosofía fomenta una actitud crítica. Eso parece que está muy bien, que no cabe más. Hay que ser seres racionales y no someterse a una disciplina de docilidad ovina. En este sentido, la filosofía vendría a ser una especie de fábrica de rebeldes. Se trataría de destruir, nunca de construir nada. Pero, actitud crítica, ¿hacia qué? Esto ya es más complicado. Algunos dirán: hacia todo. Pero a lo mejor la cosa no discurre por el camino que algunos prevén, y la crítica filosófica persigue dudar y someter a crítica el saber recibido para corregirlo o mantenerlo, y, sobre todo, los tópicos dominantes en una sociedad. La filosofía no es educación para la ciudadanía ni mera deontología profesional. Es otra cosa. A lo mejor la filosofía genera ciudadanos «extravagantes», en el sentido etimológico del término, más que mansos devotos de la corrección política. ¿Han leído, quienes esto pretenden, verdaderamente a los filósofos? La tarea del filósofo, como la del profeta de Israel, y, en general, como el intelectual, es oponerse a la opinión dominante y seducir para cambiarla (Ortega). La filosofía sólo destruye el error y construye el camino hacia la verdad. Lo que sucede es que con demasiada e indebida frecuencia se pretende hacer pasar por filosofía lo que no es ella, lo que son otras cosas, sin duda estimables, pero no filosofía. Se me dirá, acaso: ¿y qué es filosofía? Y respondería: vaya usted a preguntar a algunos que son, indiscutiblemente, filósofos. Daré tres ejemplos. Aristóteles la define como «la ciencia de los primeros principios y de las causas últimas de las cosas». Kant, como «la ciencia de los últimos fines de la razón humana». Y Ortega y Gasset, como «teoría del universo». No es cualquier cosa la filosofía. Al menos, no es sólo mera pregunta, actitud crítica, tarea destructiva o aprender a pensar sobre lo que sea. No han faltado filósofos que, como Husserl, pensaron que la filosofía era saber riguroso, ciencia estricta.

La filosofía nació al margen del poder y se mantiene sin necesidad de apoyo oficial. Nietzsche quería que la verdadera realidad del filósofo, planta necesariamente escasa, no se perdiera del todo. No importa que quede reducida a la tarea solitaria de unos pocos sabios. La filosofía es una vocación, no una profesión. Otra cosa es la condición de profesor de filosofía.

Xabier Zubiri escribió: «La metafísica griega, el derecho romano y la religión de Israel (dejando de lado su origen y destino divinos) son los tres productos más gigantescos del espíritu humano. El haberlos absorbido en una unidad radical y trascendente constituye una de las manifestaciones históricas más espléndidas de las posibilidades internas del cristianismo. Sólo la ciencia moderna puede equipararse en grandeza a aquellos tres legados». La filosofía forma parte esencial del espíritu de la cultura europea. Bastaría con ello para justificar su regreso a las aulas. Para aprender filosofía, quizá el mejor comienzo sea la lectura de los Diálogos de Platón. Quizá nadie como el Sócrates platónico encarnó lo que constituye el verdadero ser del filósofo. Acaso alguien me objete que esta visión de la filosofía es conservadora, incluso arcaica. Asumo el argumento pero ¿no constituye acaso la filosofía una tradición que debemos conservar y proseguir? ¿No es esto lo propio de la actitud conservadora? ¿Es arcaico volver una y otra vez a los griegos? La historia de la filosofía no es una sucesión arbitraria y caótica de opiniones divergentes. Hay mucho más progreso en ella de lo que se suele admitir. Y no es necesario invocar a Hegel. Pero ese progreso es más bien parecido al que vamos adquiriendo sobre el conocimiento de una persona o una ciudad. No es un progreso acumulativo. La filosofía no consiste en acumulación de informaciones sobre los hechos. Se trata más bien de un progreso en la profundidad. Sea bienvenido el retorno de la filosofía al Bachillerato, pero sólo si vuelve la de verdad, la auténtica.

Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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