El retorno de la Historia

En el año 1992 Francis Fukuyama publicaba su famoso libro El fin de la Historia y el último hombre. Según Fukuyama, la Humanidad, una vez superado el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, había encontrado el modelo político y social ideal: la democracia liberal y la economía de libre mercado. Este diagnóstico, controvertido ya en su origen, se encuentra hoy bajo asedio. La realidad es que el Orden Liberal Internacional, que es otra forma de referirse a los valores, normas e instituciones que sustentan el modelo democrático, el libre mercado, la porosidad de las fronteras, los derechos humanos y el derecho internacional, se ve cuestionado en estos momentos en muchos lugares del mundo. Ese cuestionamiento tiene dos dimensiones fundamentales: una exógena o externa y una de carácter interno que protagonizan los propios ciudadanos que pueblan el mundo liberal.

La dimensión externa de la agresión al Orden, o su asedio, tiene múltiples manifestaciones pero hay tres de particular importancia. La primera es el ascenso de China en el orden internacional. El PIB chino pasó del entorno de los 400.000 millones de dólares en 1992 a más de 11 billones en 2016. El gasto militar por su parte pasó del entorno de los 10.000 millones de dólares a principios de los años 90 a cerca de 175.000 millones en estos momentos. Este ascenso no solo cambia el mapa geoestratégico en Asia y abre la puerta a unas crecientes tensiones entre China y EE.UU., sino que además tiene una dimensión más profunda ya que legitima un modelo de gobierno anti democrático. Los propios chinos han pasado de defender con extremada modestia su modelo autoritario, de partido único, y fuertes limitaciones a los derechos individuales y políticos, a postularlo como una posible alternativa al régimen occidental liberal. Son muchos los países en Asia, Oriente Medio, África o América Latina que reciben este mensaje con creciente interés.

La segunda manifestación del asedio al Orden Liberal es la deriva anti democrática de Rusia y la política sostenida de Vladímir Putin de ataques a las instituciones occidentales. Cobran aquí particular importancia las campañas de desinformación y el hilo conductor de todas ellas: el deseo de que los ciudadanos americanos, franceses o británicos pierdan la fe en su capacidad para alcanzar verdades colectivas a través del debate público. Los ya famosos ataques a los procesos electorales en EE.UU. buscan sobre todo producir duda sobre la legitimidad del sistema y dibujarlo como endeble e ilegítimo. Al cuestionar la verdad misma de lo reportado en los medios de comunicación o por parte de las elites intelectuales y políticas estas actuaciones son, en su esencia, anti ilustradas y pretenden debilitar el Orden Liberal en sus cimientos mismos ya que no es sostenible una democracia deliberativa sin un debate público bien vertebrado e informado.

La tercera dimensión del asedio no es otra que el fracaso de la Primavera Árabe y la deriva autoritaria del mundo islámico. Desde 2011 esta parte el mundo ha asistido al fracaso del proceso de democratización de Oriente Medio, la descomposición de países como Libia, Siria o Egipto y la vuelta de los llamados hombres fuertes. Egipto es tal vez el caso más emblemático, no solo por su escala, sino por la brevedad del momento democrático y por la vuelta a un régimen bajo el Mariscal el-Sisi, significativamente más represivo que el de Hosni Mubarak. El problema se extiende a otros países como Turquía o Arabia Saudí, todos ellos en derivas autoritarias con distintos matices pero clara dirección. Ante estos hechos, los países occidentales, y sobre todo Europa, no han podido más que aceptar sus fracasos y volver a apoyar una realpolitik en la región que busca apuntalar regímenes autoritarios que ayuden en la lucha contra el terrorismo y contengan la inmigración ilegal.

A estos procesos de asedio al Orden Liberal se ha sumado además otro de fuerte componente interno: la pérdida de fe en la democracia y en los valores liberales por parte de los propios ciudadanos occidentales. La victoria de Donald Trump en las presidenciales de 2016 en EE.UU., el Brexit, el éxito del populismo en Italia o la popularidad de Viktor Orbán en Hungría son ejemplos de acontecimientos políticos que debilitan el Orden Liberal. Orbán es tal vez el líder político que mejor ha vertebrado el discurso anti liberal desde dentro de Occidente y lo ha hecho en torno a cinco ejes: la defensa de la herencia cristiana y el rechazo al multiculturalismo, la oposición a la inmigración y al derecho de asilo, la voluntad de limitar los derechos de las minorías y, sobre todo del colectivo LGBT, la potestad de intervenir en la economía y limitar el libre mercado, y, por último, la oposición a la delegación de soberanía a instituciones supranacionales como la Unión Europea.

La suma de las fuerzas descritas arriba dibuja un mapa global de fuerte retroceso en los valores liberales democráticos y la vuelta a un mundo de fronteras duras, privación de derechos políticos y agresiones a minorías. La Historia, por lo tanto, ha vuelto. Esto debe ser motivo de preocupación ya que el Orden Liberal ha sido un enorme generador de prosperidad. La Humanidad, en el agregado, nunca ha sido tan próspera como lo es en estos momentos, nunca antes había avanzado tanto la ciencia y la tecnología, o se habían vivido vidas tan largas como hoy. Los motivos últimos de la fractura que vivimos se deben, por lo tanto, al fracaso en la gestión de la abundancia.

Si uno baja de la dimensión agregada y estudia con mayor granularidad la distribución de los beneficios del Orden Liberal encuentra que ciertos colectivos se han visto excluidos del proceso de desarrollo económico y social de las últimas tres décadas. Son estos los grupos que no han tenido acceso a formación de calidad y que se han visto desplazados por la globalización y por la tecnología. Uno de los grandes retos de los próximos años será el de reconstruir nuestro contrato social y asegurar que los beneficios del progreso tecnológico y económico llegan a la mayoría de los ciudadanos occidentales. Esto requerirá de un enorme esfuerzo en el campo de la educación así como un rediseño de nuestro Estado del Bienestar que lleve a una mejora de sus mecanismos impositivos y redistributivos.

Otro gran reto será el de construir estructuras políticas que otorguen verdadera representación y que naveguen lo que Robert Putnam denominó el problema de dos niveles: el hecho de que ciertas cuestiones requieran soluciones regionales o globales mientras que los instrumentos públicos solo tengan capacidad para gobernar fenómenos de escala nacional. En la era digital solo se podrá gobernar el cambio a través de instrumentos como la Unión Europea y la cooperación internacional. Habrá por lo tanto que volver a construir un proyecto político ilusionante que explique a los ciudadanos que los retos del siglo XXI piden una mayor apertura e integración regional y no la construcción de silos políticos. Aquellos que busquen seguridad en las certezas del aislamiento encontrarán tan solo fragilidad y pobreza.

Manuel Muñiz es el Decano de la IE School of Global and Public Affairs.

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