El retorno de la ortodoxia pedagógica

De la Logse para aquí, el PSOE ha sido pedagógicamente la ortodoxia. No lo digo con afán de ofender, aunque es muy probable que la ortodoxia sea siempre la derecha. Sólo pretendo señalar que en los últimos 25 años el discurso pedagógico hegemónico ha sido el socialdemócrata. No pongo en duda, en absoluto, las buenas intenciones que lo guían. Pero no nos separan nuestras buenas intenciones, sino su contenido.

En política, las buenas intenciones las carga el diablo. Pienso en el masivo apoyo que obtuvo en el Senado norteamericano el nombramiento de Arne Duncan como Secretario de Educación de Obama. A pesar de ello, fue incapaz de llevar a buen puerto su principal iniciativa, la Race to the Top. De su experiencia nos ha dejado una sentencia terrible: “Education runs on lies. That’s probably not what you’d expect from a former Secretary of Education, but it’s the truth” (How Schools Work). Yo preferiría decir que en la educación hay más buenas intenciones que prácticas reflexivas y que con frecuencia nos negamos a aceptar los hechos que ponen a las primeras en cuestión. Pero una teoría pedagógica es dogmática si no es capaz de evaluar críticamente sus ideales. La más dogmática de todas es la que, creyendo fomentar el pensamiento crítico, entiende que sólo es pensamiento crítico el que coincide con el suyo.

El retorno de la ortodoxia pedagógicaSe repite con frecuencia que hemos tenido demasiadas leyes educativas. Pero es una media verdad. Aunque hemos variado de leyes, desde 1985 hasta el presente ha habido un único modelo pedagógicamente dominante.

La LODE (1.985), la Logse (1990) y la LOE (2.006) han sido leyes educativas dictadas por Gobiernos socialistas con el apoyo de los grupos nacionalistas. Las votadas por el PP han sido la LOCE (2002) y la Lomce (2013). A lo largo de la tramitación parlamentaria de la LOCE, los portavoces del PP insistían en que recogía un clamor social. Pero el del clamor social fue el argumento esgrimido por Rodríguez Zapatero nada más llegar al Gobierno para acabar con ella antes de que pudiera aplicarse. Respecto a la triste Lomce, si sólo entró parcialmente en vigor, se debió a las incertidumbres educativas del PP. Aspectos esenciales de la misma como las reválidas, que en España serían un claro factor de equidad, no se aplicaron, para contentar a quienes sostenían que las reválidas son “franquistas”, a pesar de que no pocos países de la OCDE, entre ellos algunos de larga tradición socialdemócrata, las mantienen en vigor con resultados excelentes. Ahora la portavoz socialista, María Luz Martínez Seijo, defiende que hay que cambiar con urgencia la Lomce por una “demanda social”. La ministra se ha apresurado a asegurar que de reválidas, nada, a pesar de que la actual selectividad premia a los centros mediocres que inflan las notas de sus alumnos y penaliza a los exigentes y a las comunidades autónomas con mejores resultados. Pregunten ustedes en Castilla y León.

Si analizamos los resultados educativos de las comunidades autónomas observamos que algunas están a la altura de la mejor Finlandia (que no es la actual), mientras que otras se encuentran muy por debajo de la media de la OCDE. Sin embargo, todas ellas han tenido las mismas leyes educativas. Así que, si valorásemos estas leyes por los resultados de Castilla y León, Navarra o La Rioja, tendríamos que concluir que han sido leyes excelentes; pero si las valoramos por los de Andalucía, Canarias o Extremadura, se impondría la conclusión opuesta. Es decir, el discurso ortodoxo parece tener más fuerza retórica que práctica. Incluso podemos preguntarnos si España posee realmente un sistema educativo, dado que hay 55 puntos de diferencia entre las comunidades con mejores y peores resultados, lo cual equivale, en términos de conocimientos adquiridos, a una diferencia de un año de escolarización. ¿Por qué los hijos de trabajadores de ocupaciones básicas en Navarra obtienen mejores resultados en matemáticas que los hijos de directivos en Extremadura o Murcia? ¿Por qué los hijos de padres con ocupaciones de cuello blanco en La Rioja y Castilla y León obtienen mejores resultados en matemáticas que los hijos de estos padres en Cataluña? ¿Por qué el abandono escolar del País Vasco es más bajo que el de Alemania?

Los resultados en matemáticas en Navarra, Castilla y León y el País Vasco son similares a los de Finlandia. Podría alegarse que Navarra o el País Vasco son comunidades ricas, pero Castilla y León obtiene mejores resultados que algunas comunidades mucho más ricas.

En general, allí donde los hijos de padres con profesiones cualificadas obtienen los mejores resultados, mejores son también los resultados de los hijos de padres con profesiones poco cualificadas. No parece, pues, que haya ninguna incompatibilidad entre el fomento de la equidad y el de la excelencia.

Pero nuestros debates educativos tienden a enmarañarse en esterilidades. Por ejemplo, en el año 2002 el PP propuso la inclusión de itinerarios en la LOCE. Desde la izquierda se calificó esta propuesta de neoconservadora. En el 2010, el ministro socialista, Ángel Gabilondo, declaró en el Parlamento Europeo que estaba dispuesto a crear itinerarios para evitar la exclusión social, favorecer la igualdad de oportunidades y reforzar la dimensión social de la educación. Cuando Wert dijo lo mismo poco después, cayó sobre él la avalancha de críticas que se ahorró Gabilondo. La actual ministra acaba de anunciar que eliminará los “itinerarios segregadores”.

Hemos discutido mucho y hemos consensuado poco. El resultado es que los profesores se toman cada nueva normativa con un escepticismo comprensible, pero que erosiona la confianza del sistema educativo en sí mismo. Esto es grave, porque los sistemas educativos de éxito no comparten ni metodologías, ni ratios de alumnos por clase, ni horas lectivas, ni gasto educativo… sino un circulo educativo de confianza. El sábado pasado, una inspectora de educación de Cataluña me decía que le ha tocado defender en los mismos centros que no había que poner notas (¿recuerdan el famoso “progresa adecuadamente”?), que había que poner notas (las recuperó el consejero Maragall) y, ahora, que hay que sustituir las notas por eufemismos (desde “logro excelente” a “no logrado”).

Revoloteamos de forma engolada alrededor de nuestros dogmas, como el de “aprender a aprender”, cuando lo urgente es, por ejemplo, dar forma curricular a un humanismo STEM (acrónimo de science, technology, engineering, mathematics). Si para aprender hace falta previamente “aprender a aprender”, ¿para “aprender a aprender» no hará falta “aprender a aprender a aprender?”. Lo cierto es que la ministra de Educación ha dejado claro que el “aprender a aprender ha de ser el eje transversal, desde Infantil hasta el Bachillerato”. Parece que, tras aprender a aprender, ningún objeto de conocimiento requerirá de la ayuda de los codos y que podrán aprenderse con la misma facilidad las matemáticas, el inglés y la Historia de España, como si el objeto de conocimiento no impusiera, en cada caso, una acceso intelectual específico.

Guste o no, para pensar necesitamos conocer hechos. Y no sólo porque se necesite algo sobre lo que pensar, sino porque las competencias que la ortodoxia más aprecia -pensamiento crítico, autonomía o creatividad- se encuentran íntimamente relacionadas con el conocimiento factual acumulado en la memoria a largo plazo. “Es sencillamente imposible razonar sobre una información ausente”, dice Roberto Colom.

La ministra asegura que va a fomentar la autonomía de los centros. ¿Pero tiene sentido fomentar la diversidad de metodologías educativas sin facilitar de manera efectiva la libertad de elección de centros de las familias? ¿No sería esta libertad un riguroso criterio de evaluación? ¿Por qué una sociedad que defiende dogmáticamente que nadie tiene derecho a decirnos qué hemos de pensar, cómo hemos de vivir y amar o, incluso, cuál es nuestro género, parece aceptar como evidente que el Estado puede decirnos a qué escuela hemos de llevar a nuestros hijos?

Gregorio Luri es profesor de filosofía y autor de La escuela contra el mundo o El valor del esfuerzo y Mejor educados. El arte de educar con sentido común, entre otros libros.

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