El retorno del odio

El privilegio del hombre consiste en su capacidad de ensimismamiento y reflexión, que deben preceder a toda acción. Aspiramos a ver claro. Sin diagnóstico correcto no hay tratamiento acertado. Y sin tratamiento acertado no hay curación. Lo primero sería desterrar el activismo ciego e irreflexivo, y luego intentar saber lo que nos pasa. Y esto, saber lo que nos pasa, sería el comienzo de la solución del mal. Porque parece evidente que existe un grave mal en nuestra convivencia. Y lo que nos pasa es que la concordia se rompe y regresa el odio. Veamos.

El mal y su causa son más profundos. Atendamos a los síntomas superficiales, es decir, a la política. Estamos ante un proceso revolucionario de conquista del poder por la izquierda radical. Y el que no lo vea es que o no mira o prefiere no verlo. La izquierda comunista, y parte de la socialista, cuando no ganan las elecciones intentan tomar el poder «en la calle», es decir, mediante la violencia y la acción directa. Consideran que la derecha nunca puede gobernar legítimamente, ni, por supuesto, aunque gane las elecciones. En realidad, se trata de una actitud heredera de la interpretación leninista de Marx, que no deja de contar con fundamentos en su pensamiento: la violencia como generadora de toda nueva sociedad, la lucha de clases y la dictadura del proletariado, entre otras tesis. No hay nada nuevo en la «nueva política». Y para conquistar el poder todo aprendiz de revolucionario sabe que conviene que las cosas empeoren y aprovechar las oportunidades que pueda ofrecer la mentira. La revolución está por encima de la verdad. Y, la mayoría de las veces, de la justicia.

Lo que estorba no es tanto la Transición y la Constitución como la concordia. ¿Cómo va a haber concordia entre buenos y malos, explotadores y oprimidos, derecha e izquierda, mujeres y hombres? La concordia es debilidad, claudicación y contrarrevolución. En suma, traición. La pócima mágica contra la concordia es el odio. El diablo es el ser que divide. Se trata de sembrar y cuidar laboriosamente, al menos, un triple odio: social, sexual y nacional. Hay que avivar la lucha de clases, la guerra de los sexos y la destrucción de España. Es la triple alianza del comunismo, el feminismo vinculado a la ideología de género (no el genuino feminismo) y el separatismo. Muchos no quieren verlo, pero es evidente. En ocasiones se explota alguna reivindicación justa. En otras, sencillamente se miente. Por supuesto, existen injusticias y problemas sociales, pero el camino para resolverlos transita por la concordia y no por el odio. La garantía de los derechos de las mujeres y su promoción social no dependen de una guerra contra los varones. Las discrepancias sobre la organización territorial del Estado (acaso el mayor error de la Transición) no justifican la hispanofobia y el odio separatista. Por todo esto, cabe hablar de un retorno del odio, de un triple odio.

José Miguel Ortí Bordás, en su reciente libro Revoluciones imaginarias. Los cambios políticos en la España contemporánea, advierte de los riesgos de la claudicación política y de la decadencia histórica. «La crisis española del siglo XXI la desata única y exclusivamente la discordia que logró anidar en el interior de la nación». Parece que vuelven los «demonios familiares». Pero ahora no se trata de las dos Españas sino de la agresión a España.

El inglés Michael Oakeshott, uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XX, critica las «políticas del libro», el plan y las ideologías, y piensa que el conservadurismo, que para él no es una ideología más sino una forma de entender la política y la continuidad con la tradición, es lo que mejor defiende la libertad. Pero lo que aquí me interesa es destacar su crítica de la política entendida como choque de sueños. «Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política ha de ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro». Y también, «si ya resulta aburrido tener que escuchar el relato de los sueños de otros, resulta insufrible verse obligado a realizarlos. Toleramos a los monomaníacos, estamos acostumbrados a hacerlo; pero ¿por qué deberíamos ser gobernados por ellos?… La confusión de soñar y gobernar genera tiranía». Lo que sucede es que algunos, más que sus sueños, pretenden imponernos sus pesadillas. En cualquier caso, peor aún que los soñadores son los caraduras sin escrúpulos.

El triple odio –social, sexual y nacional– se nutre de otro más profundo y, por ello, menos visible. Se alimenta de un odio, no declarado, a la civilización europea, basada en el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano, en un odio representado por tres ciudades: Jerusalén, Atenas y Roma. Éste es el odio de los odios, y la clave de lo que nos sucede. Se trata de un conflicto cultural en el que se decide la suerte de la civilización frente a la barbarie. Aquí reside la etiología profunda de una grave patología moral, de la que son sus síntomas más ruidosos y visibles los tres odios mencionados.

De momento sería preciso administrar una dosis generosa de concordia para erradicar los odios, es decir, una terapia basada en la recuperación de la concordia. El problema es que no estamos ante el odio recíproco entre dos partes de la sociedad, sino ante el odio de una frente a la otra que, claro, termina por defenderse y, si la cosa se agrava, por odiar también. Tenemos ejemplos nada remotos en la historia de nuestra nación. La restauración de la concordia es muy difícil porque basta para impedirla que una parte no la quiera. Crearla es cosa, al menos, de dos. Para romperla basta uno. Los sembradores del odio siguen con su disgregadora y odiosa tarea. ¿Ha vuelto el odio o, simplemente, estaba latente? Acaso poco importe. No conviene olvidar que el odio es fuerte y la concordia frágil. Los defensores de la concordia debemos ser más fuertes que los promotores del odio. Nos va en ello la civilización, la libertad y el bienestar.

Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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