El rey de Andorra

Andorra tuvo un rey, Boris I, algo que poca gente sabe y es una lástima, porque la historia no carece de interés. Antes de su coronación, Boris I fue su Alteza Real el duque de Guisa y conde de Orange, y antes de eso todavía fue un ruso de origen humilde, tal vez judío, tal vez no, nacido en Lituania con el nombre Boris Mijáilovich Skósyrev, o Skossyrev, según la Wikipedia inglesa, a tenor de la cual su primer acto digno de destacar fue la expedición de cheques falsos en 1919, en Londres, lo que le valió una multa policial. La Wikipedia española le atribuye un pasado más honroso: el futuro rey habría trabajado como espía a las órdenes de su majestad británica, viajando a Siberia, Japón y Estados Unidos en el desempeño de delicadas misiones secretas; tras una estancia en los Países Bajos, Boris Skósyrev fue a parar a Andorra. (Hay fotos suyas, en las que luce monóculo y un aspecto distinguido, regio incluso.)

Boris pensó que había que cambiar ese estado de cosas, y, al poco de su llegada, comenzó a intrigar, lo que provocó su expulsión. No se fue lejos, se instaló en un hotel de La Seu y desde allí redobló su campaña de agitación. Tenía un plan: quería transformar Andorra, convertirla en un paraíso fiscal al estilo de otros principados europeos como Mónaco o Luxemburgo, en un país rico y moderno, con libertad de culto y sufragio universal, donde se diera “protección al necesitado, educación universal y deporte, mucho deporte. Pero nada de juegos prohibidos” (cautela necesaria; los franceses no querían que los casinos de Andorra hicieran la competencia a los de Mónaco).

Fue un visionario, adelantado a su tiempo: andando el siglo, Andorra tendría sufragio universal y bancos y negocios y opacidad fiscal y deporte, mucho deporte (los prados en los que pacían las vacas andorranas serían pistas de esquí de gran renombre), aunque la historia nos enseña que el sino de los visionarios es el de Casandra: la realidad termina por darles la razón, pero cuando están muertos.

Hombre del siglo XX, Boris comprendió que su audaz proyecto requería difusión, y concedió entrevistas, entre otros medios, a ‘The Times’, al ‘Daily Herald’, al diario ‘Ahora’… Su plan no era del todo desinteresado; a cambio de llevar la abundancia y el progreso al principado, solo pedía una merced: que le nombraran rey.

Redactó una Carta Constitucional, de la que imprimió 10.000 ejemplares, y la propuso al Síndic General de les Valls, quien convocó un Consell General; el día 11 de julio de 1934, una mayoría abrumadora de 23 consejeros sobre 24 proclamó a Boris I rey del Estado Libre de Andorra.

Al copríncipe francés Andorra le importaba muy poco; no puso objeción a su independencia si era el deseo de sus ciudadanos, pero el obispo de La Seu se despachó con furibundas invectivas contra el flamante monarca. Y Boris I le declaró la guerra.

Fue una contienda breve e incruenta; el 21 de julio, por orden del obispo, cuatro guardias civiles cruzaron la frontera y prendieron al rey en la fonda Calons, de Sant Julià de Lòria, sede temporal de la monarquía, sin que su majestad opusiera resistencia. Sus súbditos, me avergüenza decirlo, no lo defendieron, continuaron con sus rutinas y afanes como si nada hubiera sucedido, como si nunca hubiera sido coronado rey de Andorra… Y no, Boris I no pasó a la historia, y eso que dio un golpe de Estado y libró y perdió una contienda y purgó en la cárcel su derrota.

¿Y Puigdemont, nuestro efímero rey de Catalunya, merecerá unos renglones en los libros de historia, junto a Casanova, Macià y Companys, o no dejará huella, pese a su esplendorosa celebridad mundial, una fama con la que sus predecesores en la Generalitat nunca llegaron a soñar?

La fama es pasajera y la historia mojigata, le horroriza el ridículo y carece de sentido del humor, al igual que Rajoy –recordemos la prisión de los titiriteros, la condena a una blogera por un chiste–; no hay que subestimar a nuestro presidente del Gobierno, nunca desaprovecha una ocasión de equivocarse, todavía puede hacer un héroe de Puigdemont.

Clara Usón, escritora.

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