El rey de los arrabales

El fútbol tiene tan mala fama como incuestionable éxito. La mala fama le viene de sus orígenes barriobajeros, que junto a su ascendencia humilde, le emparienta con la pasión y la bronca. A diferencia de otros deportes «aristocráticos», como el polo o la esgrima, el fútbol nace en la calle, y ni siquiera en las mejores de la ciudad, sino en las suburbanas sin asfaltar, en solares por construir y terrenos por labrar. Que se juegue con los pies le ha ganado el desdén de los intelectuales, que han hecho de él uno de los objetos favoritos de sus burlas, y le dio la puntilla la especie de que las dictaduras lo usan para hacer olvidar a las masas el hambre y la opresión. Pero resulta que con la democracia ocurre lo mismo incluso aumentado, hasta haberse convertido hoy en el deporte más universal, no importa el régimen político, el PIB, la raza, la religión, el nivel cultural o las tradiciones de los pueblos o naciones. Sólo Estados Unidos venía resistiéndosele, pero su selección nacional ha logrado clasificarse para los mundiales de Sudáfrica, donde pasó la primera ronda, aparte de que su selección femenina es la campeona del mundo. E incluso si no consigue desplazar allí a su «football», variante del rugby, y a su «baseball», por razones que sería muy largo de explicar, siempre serán la excepción que confirma la regla.

¿A qué se debe ese éxito universal del fútbol? De entrada, a su accesibilidad. Basta un balón y un terreno de juego. El balón no hace falta que sea de reglamento. Ni siquiera que sea un balón. La inmensa mayoría de los niños han empezado a jugar con una pelota, que en muchos casos ni siquiera era de goma, sino de trapo: unos calcetines viejos rellenos de restos de las telas más diversas hasta adquirir un perfil más o menos esférico, y a darle patadas para ver de introducirla en la portería contraria. En cuanto al campo, ¿qué podría decirles? Sirve cualquiera. Un prado o una playa, un pedregal o una explanada, el atrio de una iglesia o el patio de un colegio, un descampado o la propia calle, aunque ahora está vedada por los coches, pero fue donde empezamos a jugar todos los niños de mi generación, encargándose a los porteros la tarea de avisar si se acercaba un vehículo. Para marcar las porterías bastaban dos piedras o incluso los libros de texto. Los límites solían señalarlos los naturales del terreno de juego, del árbitro se prescindía la inmensa mayoría de las veces, al ser muy pocos los que se prestaban a tan poco reconocida labor. Y no crean que había más conflictos que los que hay hoy con colegiado, silbato, ayudantes y demás. Si nos hubieran dicho que el fútbol llegaría a jugarse en terrenos cuya hierba se cuida aún más que la de los jardines, no sólo con riego artificial sino también calefacción subterránea, no lo hubiésemos creído, como tantas otras cosas.

Aunque el fútbol sigue jugándose al viejo estilo en las sabanas africanas y en la tundra siberiana, en los suburbios de las metrópolis y en las aldeas más remotas, en escuelas especiales para chicos que prometen y en lugares donde ni siquiera hay escuelas. Quiero decir que si por un lado se ha convertido en un gigantesco negocio, al que acude desde el dinero negro a los políticos más sospechosos, por el otro sigue sin necesitar pistas de nieve, piscinas, hipódromos, campos inmaculados con agujeros más pulcros todavía, equipos especiales, ni siquiera una bicicleta, como el ciclismo, pues puede jugarse incluso descalzo, como han empezado muchos niños del Tercer Mundo.

Tampoco requiere en sus practicantes una altura excepcional, como el baloncesto, ni un físico como un armario, como el fútbol americano, ni unos pies como aletas, como los grandes nadadores. Ayuda sin duda el físico, pero la selección española está llena de jugadores menudos, Iniesta, Xavi, Villa, que suelen ganar la partida a otros con bastantes más kilos y centímetros que ellos. La habilidad, la colocación, el instinto de por donde debe de ir la pelota es lo que prevalece en el campo. Algo que nos lleva a uno de los grandes secretos y atractivos del fútbol: el pequeño siempre puede ganar al grande, el más modesto, al más opulento, el equipo teóricamente inferior, al superior en jugadores, medios y rango. Algo que ha encantado a la gente de todas las épocas, lugares y condiciones, como demuestra la permanencia del mito de David contra Goliat, en cuyo fondo reside un afán de justicia de los más débiles y mañosos. Un mito del que el fútbol nos ofrece más de un ejemplo cada temporada.

Se debe a que se juega no sólo con los pies, sino también con el corazón, con la fe, con las ansias de ganar, que está demostrado obran milagros. Y ganan partidos. Que el pie no sea ni de lejos tan preciso como la mano, multiplica la importancia del corazón, lo que envuelve en incertidumbre cada jugada y cada partido, permitiendo decir en él, como en ningún otro deporte, aquello de «no hay enemigo pequeño.» Surgen así futbolistas en las regiones más pobres del planeta. El sueño de millones de niños africanos es jugar en Europa, siendo cada vez más lo que lo consiguen. Los equipos franceses e ingleses están llenos de jugadores africanos, como los españoles lo están de suramericanos y los alemanes, de eslavos. Son los nuevos gladiadores, pero gladiadores archimillonarios, que no se juegan la vida, todo lo más los tobillos, en el césped.

Otras dos cualidades contribuyen a la popularidad del fútbol. La primera, que se parece bastante a la vida en lo que tiene de azaroso. Un terreno de juego distinto al habitual, un bote caprichoso de la pelota, una mala tarde, un poste o travesaño pueden cambiar un resultado. Incluso injustamente, como ocurre a menudo en la vida. Hay partidos que han dado la vuelta en el último minuto, como los hay que parecen haber sido guiados por la buena o mala suerte de uno de los contendientes. Por no hablar ya de las erróneas decisiones arbitrales, más frecuentes que en ningún otro deportes, contra las que, encima, no hay apelación. Es verdad que a lo largo de una liga, los mejores suelen terminar imponiéndose. Pero en las «copas», donde las eliminatorias son «tú o yo», la cosa varía por completo y son otros los factores que suelen imponerse, siendo raro que el mismo equipo gane ambas competiciones. Ello las da una variedad extraordinaria y multiplica la emoción que generan.

Por último, el fútbol es un deporte de equipo. De poco sirve reunir los mejores jugadores si no se entienden entre sí. Helenio Herrera, uno de los hombres que más entendía de este deporte, solía decir que con diez jugadores se jugaba mejor que con once. Seguro que trataba de justificar así alguna derrota, pero la reflexión esconde en su fondo una gran verdad: sintiéndose inferiores en número, los jugadores saben que tienen que rendir más, que tienen que jugar más conjuntadamente, lo que es la clave de la victoria, como la realidad ha demostrado a menudo.

En cualquier caso, ese espíritu de equipo se transmite a los seguidores, a los «fan», que se convierten en una tribu exaltada, delirante, enfebrecida, capaz de los mayores sacrificios y de los mayores desmanes por su club, no importa la procedencia de sus jugadores, que automáticamente adoptan carta naturaleza en el lugar y equipo. Se trata de una clase de nuevo patriotismo que, en algunos casos, viene a sustituir al clásico, al nacional. No creo exagerar diciendo que la selección española de fútbol, compuesta por jugadores de las más distintas autonomías, despierta hoy más devoción que la nación española. Lo que ya no sabría decirles es por qué se entienden tan bien, entendiéndonos el resto de los españoles tan mal.

José María Carrascal, periodista.

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