El Rey está en su sitio

Por Carlos Seco Serrano, de la Real Academia de la Historia (ABC, 22/03/03):

En 1981 Prensa Española (ABC) proclamó «hombre del año» al Conde de Barcelona, que acababa de cumplir la misión de devolver a España las cenizas de su padre Alfonso XIII. Con tal motivo, ABC, le ofreció una cena de gala -concurridísima-. A su final, el augusto homenajeado pronunció unas palabras -¡que gran comunicador fue Don Juan!-, mostrando su satisfacción por el hecho de que, ya definitivamente ultimado el proceso constituyente, quedase cumplida también la misión histórica de la Restauración (la «devolución de España» según la acertada expresión de Julián Marías). Sin embargo, no dejó de lamentar que los poderes atribuidos a la Corona por el texto constitucional apareciesen, a su juicio, excesivamente restringidos.

A la salida, se detuvo gentilmente ante mi modesta persona, y tras abrazarme me dijo: «Por fin, el Rey va a ir al País Vasco». Aludía Don Juan a lo que, dos años antes, en un almuerzo organizado en su honor por el fidelísimo Cortés-Cavanillas en el restaurante «Cal y Canto», habíamos discutido los allí presentes: ocasión en que yo insistí, contra el parecer de alguno de los comensales -José Mª Gil Robles, entre ellos-, en que era absolutamente necesario que Don Juan Carlos hiciese acto de presencia en Bilbao, pese a los riesgos que en aquellos días comportaba el viaje, y recordé una frase de Maura cuando, en 1904, llevó a Alfonso XIII a Barcelona, en plena efervescencia del regionalismo y la agitación social: «Si el Rey no puede visitar cualquier ciudad de su reino, es preferible que permanezca encerrado en palacio dedicado a labores de rueca».

La visita de Don Juan Carlos a «Euzkadi» tuvo lugar, en efecto, no sin un incidente sonado: la escandalosa protesta de determinados elementos abertzales en Guernica, que la pareja real aguantó con serenidad y gallardía. Y unas semanas después, sobrevino el lamentable episodio del «23-F» en el que el Rey, sin salirse del papel «simbólico» que la Constitución le reconocía, logró superar enérgicamente la crisis y, de paso, según he escrito alguna vez, «revalidar la Monarquía». Porque en nuestro tiempo un régimen, ya sea monarquía o ya sea república, se legitima ante la historia por su capacidad para hacer efectiva la democracia en un país y un momento determinados.
Recuerdo todo esto en réplica a los que ahora, porque les conviene, echan de menos una «presencia del Rey» -una intervención de Don Juan Carlos- para corregir el derrotero que a nuestra política exterior ha impuesto el presidente de gobierno. La crítica ha venido, en primer lugar, de los socialistas -su revista «El siglo» se preguntaba, no hace muchos días: «¿Dónde está el Rey?». Pero también la ha hecho suya, por lo visto -sólo he leído el breve comentario formulado por ABC en su número del jueves 14 de marzo- uno de los «padres de la Constitución» que en tiempos se preconizaba como el sucesor de Suárez -al que había puesto descaradamente la zancadilla- al frente del gobierno que presidió la transición.

La cosa no dejaría de tener gracia, si no fuera tan lamentable. Tras recortar cuidadosamente las atribuciones del Rey, reforzando, eso sí, su carácter fundamental de símbolo, con la enorme ventaja de no encarnar ninguna «faceta» de la patria, por encarnarlas a todas -esa es la virtud intransferible de la Monarquía-, ahora se le echa de menos como posible «ariete». Si el Rey se decantase por una o por otra parcialidad política, ese su papel esencial quedaría destruido, degradado al de un presidente republicano, que, por mucho que se esfuerce en asumir una función arbitral, siempre estará marcado por el partido del que procede -recuérdese la triste historia de nuestro Alcalá-Zamora-. No es esa la misión de rey. Con exquisita lealtad a la Constitución, Don Juan Carlos ha sabido estar siempre donde debe estar: actualizando en su persona una historia milenaria; respaldando y estimulando el progreso, en todos los órdenes, de nuestro país, e identificándose con los compatriotas atribulados por la desgracia y acudiendo junto a ellos. Labor en la que nuestra amable Reina, cubre de manera ejemplar, horizontes no siempre abiertos a Don Juan Carlos. Ella tiene, en efecto, más libertad de movimientos espontáneos que el propio Rey: reciente está su viaje al Extremo Oriente, de una parte, para inspeccionar y estimular las instituciones sociales en que España se hace venturosamente presente a los más alejados de sus antiguos enclaves ultramarinos, pero de otra, también para tender la mano a una de las más poderosas potencias mundiales, cuya actitud ante los problemas candentes puede ser decisiva. Porque el Rey, en cambio se ha visto una y otra vez obstaculizado por el gobierno -responsabilidad, pues, de este- en alguno de sus legítimos y generosos impulsos (pienso en su frustrado empeño de visitar oficialmente Cuba, siguiendo el ejemplo del Papa; o de hacer significativo acto de presencia en Melilla y en Ceuta). En este sentido, también conviene añadir que más de una vez «se ha pasado» el presidente Aznar, esforzándose en demostrar que él es el que manda: recordemos el papel secundario, incluso protocolariamente a que redujo al Rey con ocasión de la visita oficial del presidente Bush a nuestro país. No es extraño que otro Bush (al que no sin razón llamó «patán» Alfonso Ussía) saludase a Aznar como «presidente de la república española». (¿es también ese confusionismo inducido el que multiplica, estúpidamente, las banderas republicanas en las manifestaciones masivas que uno y otro día nos agobian?).

En cualquier caso, mientras Aznar o Zapatero se mueven en direcciones que provocan la irritación y las pasiones de sus correspondientes adversarios, la integridad de España, la unidad de los españoles todos, el equilibrio entre unas y otras parcialidades, entre unas y otras aspiraciones, estará garantizado por la Monarquía. Afortunadamente, el Rey está en su sitio.

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