El rey Juan Carlos I

Corría el verano de 1975 cuando por los alrededores de Londres paseábamos unos amigos españoles y británicos (algunos de los cuales llegarían con el tiempo a ser miembros de la Cámara de los Comunes). Franco estaba gravemente enfermo y el desenlace era inminente. Algunos británicos hacían chanzas del futuro rey al que auguraban un reinado muy corto: «Juan Carlos el Breve», apostillaban.

Solo veinte años después, un conocido británico, encargado –junto a otros– de hacer una revisión de la Monarquía inglesa con motivo del «annus horribilis» de 1992, me comentaba, en el seno de las tertulias hispano-británicas (creadas precisamente por los dos Monarcas a iniciativa del nuestro), que después de un estudio exhaustivo de las monarquías existentes en el mundo, habían concluido que la única que merecía la pena estudiar por muy diversas razones y para ver si convenía asimilar alguno de sus rasgos, era la española.

En menos de un cuarto de siglo, la Monarquía española había pasado de ser motivo de bromas a ser el modelo a estudiar. Todo ello gracias al Rey Juan Carlos I, quien, por cierto, llevaba ya entonces un cuarto de siglo reinando.

Ese mismo Rey había convertido en legión (los «juancarlistas») a los escasos monárquicos existentes cuando accedió al trono. Había auspiciado, propiciado y presidido la llegada de la democracia, la había defendido en los momentos difíciles y la había mantenido con la facultad de «arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones» que la Constitución le atribuye.

Además, su reinado ha sido el periodo de mayor prosperidad, en paz, libertad y democracia de nuestra historia moderna y, más importante si cabe, desde el principio y hasta el final de su reinado ha querido ser y ha sido el Rey de todos los españoles. Somos, o mejor, hemos sido, un pueblo proclive al dogmatismo, a la intolerancia y –por ende– al enfrentamiento; nuestras constituciones y nuestros regímenes eran de unos (conservadores, liberales o progresistas) pero nunca, hasta Él, de todos. Frente a las tendencias disgregadoras (algunas muy actuales) siempre ha tratado de unir, de unirnos.

Con su reinado hemos reconquistado nuestro prestigio internacional en el que el Rey ha sido factor decisivo y primordial (ya es un tópico decir que ha sido nuestro mejor embajador) y estamos recuperando la confianza en nosotros mismos, tarea que desde hace más de un siglo, desde el desastre de 1898, parecía una quimera.

Todo ello hace entrar al Rey Juan Carlos por derecho propio en la vitrina de los mejores Reyes de España (por desgracia, no muchos). Además nuestro Rey ha hecho todo eso en una combinación inconfundible, única y probablemente irrepetible de dos cualidades que, hasta Él, parecían incompatibles: la majestad y la campechanía; ese saber estar como uno más sin dejar de ser, siempre y en todo momento, el Rey, el Rey de España.

Probablemente el pueblo español no hubiera tolerado la pompa y el boato que son moneda común en otras monarquías europeas, siempre acompañadas por un cierto distanciamiento y carácter impersonal y probablemente por eso sea hoy un Rey tan querido y también por ello ha cumplido sus funciones de un modo tan personal y singular pero también tan ejemplar y modélico.

Las demás monarquías limitan su papel a la función simbólico-representativa; la nuestra no se limita a ello: la función de arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones ha hecho posible que el Rey evitara colisiones y suavizara fricciones entre partidos y entre personas. En definitiva, la Monarquía, una institución vetusta y venerable, encarnada en el Rey Juan Carlos I, ha traído a España la modernidad y el progreso en paz y libertad. Una gran parte de la labor desarrollada por el Rey es desconocida por el gran público, pero no por ello ha dejado de ser decisiva. Como quiera que los partidos políticos, siendo elementos esenciales e insustituibles de la democracia, son, como su nombre indica, «partidos», no enteros, es más que conveniente que otra institución, en nuestro caso la Jefatura del Estado, compense esa «parcialidad» con una visión unitaria y global.

En las últimas encuestas del CIS relativas a la confianza en las instituciones, los ciudadanos, de modo reiterado, relegan a los últimos lugares a los partidos políticos. Siendo estos las instituciones electivas por antonomasia, parece por tanto muy necesaria esa institución hereditaria que es la Corona que, pudiendo tener otros defectos, compensa adecuadamente los del partidismo. Del mismo modo el cortoplacismo de los partidos, exigido por las consultas electorales, se compensa por la visión de largo plazo, generacional, de las monarquías.

Mañana se proclama Rey de España al hijo del Rey Juan Carlos I, a Felipe VI, en el que España tiene puestas su esperanza y su confianza. Es, a mi juicio, una ocasión inmejorable para que la llamada «mayoría silenciosa» salga a la calle y exprese con su presencia con quién está y hacia dónde quiere ir. La sociedad española tiene una oportunidad inmejorable de manifestarse no como queja o protesta, sino con una actitud positiva y de apoyo.

Se produce así, sin traumatismo alguno, la sucesión en la Jefatura del Estado. Se abre una nueva etapa en la democracia española y se cierra otra; concluida con un bagaje extraordinariamente positivo por mucho que las ramas de la crisis no nos dejen ver el bosque de los éxitos.

Pero los tiempos cambian y se abre otra llena de problemas e incertidumbres y también de oportunidades y esperanzas. Una nueva generación debe tomar el relevo y aplicar sus propias recetas; no hay restricciones ni pies forzados, solo una base, en su día acordada por todos, por consenso, sobre la que seguir construyendo y además esa base también puede ser reformada.

La generación pasada ha hecho su labor, como todas, con sus luces y sus sombras. Es la hora del relevo y el protagonismo le corresponde a una nueva generación. Lo importante es que queda un legado común sobre el que seguir edificando y ese legado es la mejor garantía para evitar vueltas atrás o saltos en el vacío. Ese legado es el que nos da la estabilidad que es la base indispensable de todo progreso.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma y exministro de Defensa.

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