El ‘Rey Lear’, de nuevo

¿Por qué volvemos una y otra vez a algunos libros? ¿Por qué los teatros insisten de manera reiterada en poner en escena obras que ya se han representado? ¿Qué hace de un texto un clásico? Italo Calvino intentó dar respuesta a esta pregunta con catorce argumentos. De todos, uno es irrefutable: “Clásico es un libro que nunca acaba de decir lo que tiene que decir”. Por eso siempre volvemos a él, conscientes de que, en cada nueva lectura, saldremos con las manos llenas y nuevas revelaciones, nuevos matices. Los clásicos son aquellos de los que hemos oído hablar, sin que nada de lo que ya sabemos, antes de leerlos, pueda compararse a la experiencia directa de su lectura. “Los clásicos –añadía– son aquellos que, cuanto más se cree conocerlos de oídas, más nuevos, inesperados, insólitos resultan al leerlos de verdad”.

Con sólo veinte años, un joven judío nacido en Praga escribió en una carta: “Si el libro que leemos no nos despierta como un puñetazo que nos golpeara el cráneo, ¿para qué lo leemos?”. Y todavía dijo: “Un libro tiene que ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”. Era Franz Kafka, y así formuló lo esencial: un clásico es aquel capaz de provocar un trastorno, una conmoción, a menudo un terremoto. Por eso lo leemos y por eso volvemos a él. Estos días, el Teatre Lliure vuelve a subir a escena uno de estos textos: el Rey Lear de Shakespeare, dirigido milagrosamente por Lluís Pasqual y con un reparto de lujo encabezado por Núria Espert. Todavía hay un mes por delante y ya no queda una entrada, prueba del interés que la obra suscita.

Hoy, Shakespeare está en la cima del canon occidental, pero no siempre ha sido así: su brutalidad lo mantuvo durante siglos apartado de la escena, y el propio Rey Lear se consideró irrepresentable durante mucho tiempo. La verdad es que no hay obra comparable a esta en su furia y en la desolación que atraviesa sus cinco actos. Además, a diferencia de otras tragedias de Shakespeare, esta se resiste a ser simplificada. Hamlet ha quedado como paradigma de la duda, Otelo de los celos y Macbeth de la ambición. Pero el Rey Lear habla del poder y la vejez, del amor filial y la amistad, de la ambición y la desesperación, de la fidelidad y la traición, de la violencia y la ternura, de la grandeza y la miseria, de la locura y la ceguera, de la naturaleza y la sociedad, de la obsesión y los caprichos, de la impiedad, la mentira, la crueldad, la abnegación… Una enciclopedia insustituible de las pasiones humanas. Y por encima de todo, como sólo sucede en las tragedias griegas, una obra sobre el conocimiento a través del dolor ( páthei máthos). La lección, sin embargo, aquí se aprende cuando ya es demasiado tarde y no hay consuelo posible. La historia deja, detrás suyo, un paisaje devastado.

Pero no es teatro de ideas. Como decía Jan Kott, el poder absoluto no es una abstracción: tiene nombres y apellidos, ojos, boca y manos. Y la lucha por el poder es una pugna despiadada entre personas de carne y huesos que se sientan en la misma mesa y comparten habitaciones. Son seres humanos concretos y singulares, cada uno con su deseo y su miedo, su conciencia y su voluntad. No son alegorías de nada, sino personajes.

El argumento es conocido: el viejo rey Lear abdica del trono y quiere repartir el reino entre sus hijas. A partir de aquí, empieza una secuencia de acontecimientos vertiginosos que sólo traen desesperación, sufrimiento, desolación y muerte. El viejo Lear lo tenía todo, y todo lo pierde, hasta enloquecer. Ni siquiera el amor de su hija Cordelia, un amor absolutamente incondicional y de una intensidad que no se encuentra en ningún otro personaje de Shakespeare, le será suficiente: cuando lo entienda, ya será tarde y se la encontrará muerta en los brazos. Los herederos del reino destruyen el mundo que han recibido y son incapaces de construir uno nuevo, enfermos de una obsesión que acaba con todos ellos. Y en medio de este cataclismo, asistimos a instantes fulgurantes de compasión y ternura que, sin embargo, puestos en la balanza, no impiden que triunfen las potencias destructivas.

Por otra parte, aparte de su grandeza literaria y de su gigantesca sabiduría teatral, ¿por qué es tan actual el Rey Lear? Seguramente porque todo de lo que habla sigue horrorizándonos: la lucha encarnizada e incruenta por el poder y por la riqueza; la impiedad respecto de los viejos, arrinconados cuando ya han sido desplumados de lo que eran y lo que tenían; la insensibilidad ante el dolor de los otros; la ingratitud.

Y, para acabar: ¿por qué el Rey Lear, hoy, nos es todavía imprescindible? Porque pocas obras como esta, muy pocas, han sido capaces de enfrentarse lúcidamente a los defectos humanos y mirarlos sin bajar los ojos o girar la cara. En el Rey Lear no triunfa la verdad ni la virtud, sino la crueldad y la mentira. La lección es brutal. En esta obra descubrimos la mirada inclemente de Shakespeare a nuestra propia indignidad como humanos. Frente al infantilismo de los que se pretenden puros e incontaminados, frente también a los fanáticos obsesionados por distinguir nítidamente entre los virtuosos (ellos) y la escoria (los otros), y frente, por fin, a los ingenuos que piensan que sólo hace falta desear el bien para que sea posible y real, esta obra devastadora nos confronta con nuestra propia maldad como colectivo, con los venenos corrosivos que destruyen la vida en común y con la dificultad de hacer que el bien, la justicia y la virtud sean la norma, y no la excepción.

Xavier Antich

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