El Rey: más allá de las encuestas

Parece como si las encuestas condicionasen y limitasen la vida social y política en estos tiempos que nos toca vivir, tiempos electorales. Las cosas cambian sutilmente, o no tanto, de una semana a otra, de una encuesta a otra. El horizonte para los políticos, para el Gobierno y para la oposición, para los nuevos partidos emergentes, lo marcan las expectativas que dictan las encuestas.

El Rey está fuera de ese juego pero entra también en ellas. Y gana: Felipe VI ha aparecido en los sondeos recientes como el personaje «político» más valorado del país. La monarquía ha de estar siempre por encima de la inmediata disputa partidista, más allá de las sensibles y fluctuantes oscilaciones de cada momento, pero considero que es muy significativo y saludable que la sociedad española tenga esa buena imagen del joven monarca. A su padre, al Rey Juan Carlos, lo legitimó su ejecutoria: superó obstáculos, situaciones difíciles, se construyó a sí mismo.

Del Príncipe de Asturias se decía que llegaría al trono porque sí y con «todo hecho». Lo primero me parece incuestionable –eso es la Monarquía–, lo segundo no tanto. Con todo hecho, sí, en cierto modo, desde una perspectiva, pero también con todo por hacer, con un margen muy sutil para ganarse el respeto y el reconocimiento de los ciudadanos en unas circunstancias ciertamente complicadas. No deberíamos de olvidar que para muchos eso de «ganarse el respeto» parecía misión poco menos que imposible. Felipe VI lo ha logrado con toda naturalidad, sin que haya ocurrido nada «especial» que lo justifique, sin gestos ni discursos espectaculares, sin estruendos ni alharacas.

A algunos –probablemente a bastantes– el alto refrendo popular conseguido por el Rey puede sorprenderles. A los que tuvimos oportunidad de verlo crecer y madurar de cerca no nos extraña nada. Conocí al Príncipe de Asturias cuando era todavía un niño. Así al menos lo veía yo, en un acto en el que le entregamos un libro escrito para él por personalidades relevantes del mundo de la cultura y dirigido por Laín Entralgo. En ese acto, el Rey Juan Carlos transmitió a su hijo cosas sustanciosas sobre la monarquía, la democracia, la libertad y la cultura; cosas que el joven Príncipe escuchaba un tanto cohibido, me parecía a mí, ante gente tan importante como la que tenía alrededor. Pero daba la impresión de «beberse» las palabras de su padre, de entenderlas y hacerlas propias.

A partir de entonces he tenido el privilegio de tratarle con alguna frecuencia. Le hablé distendidamente de mi «obsesión» de entonces por el Mayo francés. Como a todo el mundo solía preguntarle que donde le «pillaron» aquellos sucesos, también se lo pregunté a él y se moría de risa: «en pañales, en pañales», decía. Claro, acababa de nacer. Me escuchó con suma atención y se interesó sobre todo por los célebres eslóganes de la Sorbona. «Pero lo verdaderamente importante sucedió en las fábricas», le insistía yo, y creo que se quedó con ello porque en ocasiones me lo recordaba: «en las fabricas, en las fábricas».

Contaré otra historia que define muy bien, creo yo, su carácter y su forma de hacer las cosas. Cuando concedieron a Andrés Rábago, «El Roto», el premio de periodismo Cerecedo, el entonces Príncipe no asistió como había hecho en otras ocasiones. «Es porque sabe que soy republicano», me dijo El Roto. A mí me extrañó mucho aquello y lo comenté con el que era entonces secretario del Príncipe y es en la actualidad Jefe de la Casa del Rey. «Eso es impensable en Don Felipe», me dijo. Le invitaron a una audiencia y El Roto no salió de ella convertido en monárquico, pero sí convencido de que era una persona seria y atenta. «Da confianza», me dijo Rábago.

Da confianza, sí, transmite seguridad, calma. Da lo que tanta falta hace en los tiempos que corren. Entiendo muy bien que gane en las encuestas. Me sorprendo viendo a aquel niño convertido en Rey y me alegra comprobar que el trono le ha cambiado poco: en todos sus gestos, en la manera de mirar, de acercarse a la gente –siempre como pidiendo perdón–, en su humildad que no es impostada, sigo reconociendo al príncipe que conocí. Es el Rey que cabía esperar, el que necesitamos y queremos muchos españoles, no sé bien cuantos. A mí edad ya no tengo necesidad de actuar como un cortesano agradecido ni como un nostálgico de nada. Creo que Felipe VI puede desempeñar un papel importante en estos tiempos convulsos. Simplemente con estar ahí, con ser como es y actuar como lo hace. Está más allá de las encuestas, por más que algunos lo animen a presentarse a las elecciones. No es su misión, no es su papel, no es su razón de ser. Es el eje perfecto para mantener el equilibrio de nuestro sistema democrático.

Antonio Sáenz de Miera, escritor.

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