El Rey, nuestro señor

Por Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil de la Universitat Pompeu Fabra (EL PAÍS, 06/10/07):

El mío es un catálogo de lealtades más bien estrecho: además de a los hijos y a la memoria de la madre muerta incluye a “nostro senyor lo rey” y a la Generalitat de Cataluña. Poco más. Hoy y a contrapelo, a lo que se ve, defenderé a mi señor, con razones que ustedes entenderán, por más que crean discrepar de ellas.

Aunque en el fondo no lo hacen tanto, pues la primera mitad de mi catálogo coincide más que probablemente con el suyo. La sangre es más densa que el agua y ustedes, como yo, priman el interés de su familia sobre casi todas las demás personas y la mayor parte de las cosas. Todos lo hacemos y quien no, se guarda muy mucho de contarlo y trata de ocultarlo como puede, normalmente mal. La familia es una referencia correosa: ni los padres maldicen a sus hijos, ni éstos reniegan de sus madres.

Pero, en la vida pública, anteponer la familia a lo demás es una receta institucionalmente desastrosa. El tránsito de padre a padrino, de familia a mafia resulta casi natural y a quienes creemos en el mérito y la capacidad construidos sobre la igualdad de oportunidades los excesos de las familias nos causan justificado espanto. Entonces, la monarquía, que ni es ni puede ser una institución democrática, prima y acota el papel de la familia en la vida pública. Al tiempo que resalta su influencia inevitable, impide que se generalice, fuera de la monarquía misma, al resto de los espacios del poder público y los haga trizas. Sólo el rey nuestro señor -expresión de crónicas escritas en magnífico catalán antiguo- y su familia están ahí, preeminentes en la representación constitucional de algunos Estados. Únicamente ellos manifiestan nuestras preferencias primarias, nuestros sesgos atávicos, a la vez que impiden el desastre de que el resto de las instituciones funcione como una familia: rey, por definición, no hay más que uno.

A poco que se paren a pensar en la presión familiar sobre las instituciones, comprobarán cómo, incluso en democracias avanzadas, el riesgo dinástico, es decir, el deslizamiento de nuestro interés por la familia desde el ámbito privado al público es grande: si Hillary Rodham Clinton gana el año que viene las elecciones presidenciales norteamericanas, los Estados Unidos de América habrán estado regidos por dos familias (los Bush y los Clinton) durante más de una generación.

De ahí, la segunda razón a favor de la monarquía constitucional, su rol mayormente simbólico: delimita el papel público de la familia, pero también el de quienes pueden manifestarse en nombre del Estado. Rey, de nuevo, sólo hay uno, como sólo hay un Estado. Y en este país, donde los políticos confunden constantemente al Estado con el Gobierno, con el partido, con la calle, con sus amigos o con sus adversarios, es bueno que alguien ponga al Estado mismo al margen de la sarracina verbal cotidiana -algo que, por cierto, nos tiene a muchos bastante más que hartos-. Hoy por hoy, no me gustaría que cada nuevo primer ministro pudiera jactarse de encarnar al Estado, o que tuviéramos dos poderes paralelos: por un lado, un presidente, y, por el otro, un primer ministro, ambos elegidos y eventualmente a la greña. Conviene poner distancia institucional entre los símbolos y la competencia política. Nadie debería poder apoderarse de aquéllos en su propio beneficio o en el de su partido o ideal políticos.

Walter Bagehot (1826-1877), editor legendario de The Economist, hoy un semanario republicano, escribió que la ventaja característica de la monarquía es la estabilidad o permanencia en el cargo, es decir, la oportunidad que brinda -pero que no garantiza- a su titular de acumular conocimiento sobre situaciones políticas complicadas, acaecidas al margen de lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones. También dejó dicho que la intensidad y proximidad a la gente del poder simbólico del rey y de su familia permiten realzar de forma extraordinaria hasta la calidez del gesto más pequeño -de apoyo, recuerdo o ternura, también de coraje- y, cómo no, el valor inmenso del silencio reflexivo, de saber callar cuando el viento sopla de cara, una cualidad anticuada que he visto en algunos hombres, en muchas mujeres y en casi todas las madres. En esta vida hay que tener aguante: si queman tu fotografía, limítate a callar o, como mucho, a pedir que barran las cenizas y se las lleven. Que los mozos airados de este país se expresen con el ardor que gusten, pero que no ensucien. Inquieta, con todo, la propensión a jugar con fuego: quemar es fácil.

Bagehot añadía que la monarquía es la parte dignificada del Gobierno, no su parte eficiente, pero en ningún otro lugar de su reflexión acertó más plenamente que cuando fijó el catálogo último de prerrogativas del monarca: “El derecho a ser consultado, el derecho a dar ánimos, el derecho a advertir”. Exaltaba así y de nuevo un rol típicamente familiar -patriarcal y reaccionario si quieren criticarlo-, pero no por ello menos importante: el del padre o madre ya viejos, quienes quizás ya no entienden mucho de lo que ocurre a su alrededor, pero acumulan décadas de experiencia sobre los muchos errores propios y algunos ajenos. Ven, escuchan y callan. En alguna rara ocasión, consiguen poner paz entre los hermanos. En bastantes, evitan la pelea.