El rey Ubú va a la guerra

Por Andrzej Stasiuk, poeta y escritor polaco (EL PAIS, 03/06/03):

Llevo horas intentando escribir este texto y aún no he podido decidir qué tono adoptar. Evidentemente, el asunto tiene importancia internacional, o incluso global, así que debería ser serio. Pero lo cierto es que no soy un experto en política, sino sólo un ciudadano de mi país. Llevo más de 40 años viviendo aquí y creía que ya había pasado lo peor, que lo grotesco y lo absurdo eran cosas del pasado y quedarían para siempre atrapados en las obras de Slawomir Mrozek. Había subestimado a mi país, así que les ruego que me perdonen. Mi país ocupa Irak. Es verdad que, según los informes de prensa, “estamos asumiendo el mando de una de las zonas de estabilización”, pero, según las últimas tendencias, se puede llamar “fuerzas de paz” incluso a una división mecanizada corriente. Sin embargo, para simplificar las cosas, vamos a ajustarnos a la nomenclatura antigua, con la que tan familiarizados están los europeos. Bien, Polonia ocupa Irak porque le ha ganado la guerra. Todo el mundo sabe que Irak llevaba siglos siendo el principal enemigo de Polonia, y perseguía su libertad, su enorme riqueza y sus mujeres de rubia melena, famosas en todo el mundo. El principal sueño de Irak -hasta los niños lo saben- consistía en destruir nuestra cultura y civilización de mil años de antigüedad, conquistar nuestras fértiles tierras, nuestros elegantes coches, y esterilizar a toda la población masculina para que hiciera las veces de eunucos en los harenes de Bagdad. Irak se plantó en nuestras fronteras e interrumpió nuestro sueño, y dormíamos con la cabeza sobre las armas y con las raciones de comida a mano. Pero nos acordamos de nuestros mil años de tradición pacifista y no fuimos los primeros en atacar. Nuestro orgullo nacional nace del hecho de que nosotros no somos los atacantes, sino los atacados. Pero al final las cosas fueron demasiado lejos. La traidora Babilonia, al ver que con nosotros no podía ganar, porque estábamos completamente alertas, atacó a nuestro mejor y único amigo. Y lo que es más, impulsada por su perversidad oriental, primero le atrajo hasta su propio territorio, y después le asestó un golpe a traición. No podíamos dejarla escapar. Recordamos que en nuestras guerras heroicas utilizábamos banderines con el lema: “Por nuestra libertad y la tuya”. Así que enviamos a 300 valientes soldados y un brioso navío, y Babilonia cayó. Y ahora la estamos ocupando. O más bien estabilizándola. Es justicia histórica y por primera vez en muchos siglos podemos dormir tranquilos. Por favor, envíennos cascos de corcho y cuentas de cristal a cambio, porque hemos olvidado traérnoslos de casa. Espero de veras que el espíritu de Alfred Jarry esté muerto de aburrimiento en el universo y encuentre un momento para echarle un vistazo.

Así es, queridos lectores, no hay nada que nos haga sentirnos mejor que una guerra decente y una ocupación como Dios manda. Especialmente a miles de kilómetros de casa, junto a un aliado más grande y fuerte. Se envían varios centenares de soldados y un barco y parece que acontece un milagroso cambio del destino: mi país, en pleno arrabal de Europa, es ascendido a socio, que, aunque todavía no reparte cartas, ya las baraja. Al menos eso creen los que enviaron a esos centenares de soldados sin pedir opinión a nadie. Efectivamente, mi país es un lugar de milagros: desempleo trágico, desplome económico, líderes políticos corruptos y arrogantes de dudoso pasado, una sociedad cansada de vivir y centrada en la lucha por la supervivencia, una política que recuerda las reyertas entre mafiosos, pobreza, frustración, una riqueza ostentosa y arrogante, mendigos, el día a día sin la menor idea sobre lo que deparará el futuro. Salvo por la guerra ganada y la ocupación junto a Albión y el poder global. Hemos cumplido nuestra misión y ahora podemos esperar hasta que otros hagan por nosotros lo que nosotros mismos deberíamos hacer, es decir, hacer todo lo posible para que este país funcione mejor y tenga mejor aspecto. Es más fácil ganar una guerra que lavarse habitualmente, no mentir, no robar, ser honrado en los negocios, mitigar la envidia y el odio, a veces elegir la decencia en lugar del beneficio, y no blasfemar tan alto en las calles.

Sí, como mi país no logra encontrar su lugar en Europa, ocupa Irak. Incluso antes de convertirse en miembro de pleno derecho de Europa, Polonia busca alguna puerta lateral o trasera que sirva de escape por si las obligaciones se vuelven gravosas, los beneficios no cumplen las expectativas, o por si, ¡Dios nos libre!, se ofende a nuestro orgullo. Es más fácil ocupar, perdón, estabilizar Irak que admitir, en lo más profundo de nuestro corazón, que nosotros mismos precisamos la estabilización europea, a la que aquí muchas veces se denomina ocupación. Las inteligentes aunque primitivas mentes de nuestros líderes políticos reflejan todos los complejos y vicios polacos: la constante necesidad de burlar la realidad, esa fantasía de que de alguna forma nos las apañaremos, esa creencia de que lo que imaginamos es la imagen real del mundo, esa incesante suspicacia del más débil de que se burlarán de él y debe protegerse, ese miedo al ridículo que nos ciega ante nuestra necedad y esa maña para creer que puede hacerse un buen negocio sin coste alguno, o más aún, engañando a nuestros socios.

Pero hay un motivo para el optimismo. La verdad es que a mi país le importa un bledo la guerra y la ocupación. Irak le trae sin cuidado. El Gobierno podría declarar una guerra contra Burkina Faso, ocupar las islas de Cabo Verde o anunciar otra nueva reforma de la Hacienda pública. El efecto sería el mismo, es decir, menos que nada. La nación espera el momento oportuno con su fatalismo eslavo, indiferente ante todos estos acontecimientos, ocupada con sus propios problemas y su propia supervivencia. La nación sabe perfectamente que este Gobierno será sustituido, igual que todos los anteriores. Y el siguiente, siguiendo nuestra tradición, intentará desacreditar tan radicalmente a su antecesor que probablemente declarará la guerra a Estados Unidos, con la Antártida como aliado. Quería ponerme de mejor humor, así que encendí la radio. Un ministro de nuestro Gobierno decía que “nuestra presencia en Irak es muy importante por nuestra amplia experiencia en transformaciones”. Quisiera acabar este texto con esta nota optimista. Buenas noches.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *