El riesgo de no arriesgar

El pequeño Nicolás, el auténtico, no el timador que ha hecho correr ríos de tinta informativa en España con sus fechorías delictivas, está enfrascado desde hace unas semanas en una campaña intensa para recuperar primero la presidencia de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) y más tarde la presidencia de la República Francesa. La tarea se antoja titánica, pero el propio Sarkozy sentenciaba en unas recientes declaraciones que siempre el peor riesgo consiste en no arriesgar. No es un planteamiento nuevo para este osado político permanentemente preocupado por disimular sus 165 cm de altura. En el imprescindible libro El alba, el atardecer o la noche (Anagrama/Empúries), donde la escritora Yasmina Reza relata la campaña electoral del 2007 que llevaría Sarkozy al Elíseo, ya había dejado dicho que, en política, la inmovilidad es la muerte. Riesgo y coraje frente a pasividad y cobardía o, si se quiere más suavemente, sosiego. ¿Qué sería de la humanidad si unos cuantos no hubieran arriesgado a fondo? ¿Hubiera caído el muro de Berlín en 1989 sin una actitud muy decidida de Helmut Kohl y la complicidad activa del Vaticano, Estados Unidos y la URSS? Incluso Francia entendió aquel 1989 su histórico papel.

El riesgo de no arriesgarEs muy posible, no obstante, que el siglo XXI, el de la celeridad por delante de la precisión, haya dejado irremediablemente estos conceptos en manos de los siempre inquietantes gabinetes de gestión de la desinformación tipo Arriola, partidarios de no achicar agua del barco ni cuando es del todo evidente que la embarcación se está hundiendo. En un país serio, Arriola carecería de empleo y obviamente de sueldo. Allí donde ha tenido que decidir, su cliente ha perdido. Dos elecciones generales seguidas, en el 2004 y el 2008. Venció en el 2011, pero en este caso vale aquella máxima de Helenio Herrera, El Mago, de los años sesenta cuando aseguraba que hay partidos que se ganan sin bajar del autobús. Aquellas elecciones fueron un claro ejemplo. José Luis Rodríguez Zapatero se había empleado a fondo para garantizar la victoria popular.

La jornada participativa del 9 de noviembre en Catalunya que desconcierta e irrita a partes iguales a amplios sectores políticos, económicos e intelectuales de Madrid ha sido un modelo de determinación, convicción y máximo riesgo. De ahí la importancia de identificar un objetivo, definir una estrategia en el medio plazo y desarrollar una táctica en el día a día. El objetivo estaba claro: votar con urnas y papeletas. La estrategia también: nada ni nadie haría cambiar esta decisión. ¿Y la táctica? Una cierta confusión, algunas dosis de audacia y por primera vez en mucho tiempo una gran discreción… Y astucia.

El principal acierto de Artur Mas ha sido apostarlo todo al 9-N y confiar muy poco –sólo lo imprescindible, por educación y a título de inventario para el futuro– en una negociación con Madrid el 10-N. El principal error de Rajoy ha sido descartar desde el principio la celebración de la consulta del 9-N y escuchar a los que le aseguraban –entre ellos algunos catalanes– que el president no colocaría las urnas si había una segunda suspensión cautelar del TC al proceso participativo y, por tanto, apostarlo todo a lo que pudiera suceder a partir del 10-N. La principal equivocación de muchos analistas: confundir sus deseos con la realidad. Fiarlo todo al día después de la votación creyendo que sería el día en que las cosas se empezarían a arreglar. Pero eso era literalmente imposible ya que en un combate político de estas dimensiones tenía que haber ganadores y perdedores.

Si Mas no hubiera colocado las urnas el pasado domingo, si hubiera dado un paso atrás, renunciando a responsabilizarse del 9-N, habría quedado en una posición política tan débil que hubiera sido desairado en Madrid y ninguneado en Barcelona; si por el contrario las colocaba, aguantaba el pulso del Gobierno y se situaba como principal actor político del 9-N, la furia del sector más extremo del PP y de sus terminales mediáticas conduciría irremediablemente a la pérdida de la brújula en el Gobierno español, al desatino de hostigar a la Fiscalía General del Estado –el malestar de los fiscales catalanes es muy alto– y al intento de mirar de ganar en los juzgados una partida que han perdido en la ciudadanía de Catalunya. ¿O alguien puede creerse en serio que la respuesta política a una jornada de votación cívica, democrática y festiva en un Estado de la Unión Europea es la petición fiscal de inhabilitación y prisión para quien la ha promovido?

Ciertamente, el acto de soberanía de las instituciones catalanas –Generalitat, Parlament y ayuntamientos– ha marcado un punto de inflexión desconocido hasta la fecha. Pero es de una gran miopía pensar que atemorizando a la sociedad catalana que se manifestó el domingo y también a una parte importante de la que se quedó en casa aunque considera ineludible un referéndum de independencia se avanzará en la solución del problema. Pretender sentar en el banquillo de los acusados al presidente de la Generalitat quizás acabe siendo la llave maestra para una amplia candidatura en la que al menos estén CDC, Esquerra e independientes en unas elecciones al Parlament en los próximos meses.

Cuando el Partido Popular era una formación política con aspiraciones de llegar a la Moncloa y no un cuerpo inerte sobre la vida pública española, la actuación de sus dirigentes era dialogante, previsible, ponderada y comedida. Por ello no sorprendió a nadie su mayoría absoluta en el otoño del 2011. Incluso muchos lo entendieron como necesario y un mal menor ante las draconianas medidas económicas que había que adoptar siguiendo las instrucciones de Bruselas y Berlín. La perspicacia del elector en España para dar al gobernante las herramientas que siempre necesita es un importante signo de madurez de la sociedad. El nuevo ciclo electoral español que está a punto de iniciarse marcará un severo punto de inflexión, con enormes pérdidas de poder local y autonómico para el PP y como antesala a unas elecciones generales que hoy por hoy prácticamente puede dar por perdidas. Una vez descabalgado de comunidades como Madrid, Valencia y Castilla-La Mancha, entre otras, el vendaval de cambio político que se avecina sólo va a dejar dos gobiernos posibles en España. Una alianza entre PP y PSOE u otra entre PSOE y Podemos, la formación izquierdista de Pablo Iglesias. Si la gestión del tema catalán ha hecho resurgir las críticas a Rajoy en su propio partido, la derrota electoral del mes de mayo dará alas a los que abogan por un nuevo liderazgo y el temor a la derrota realineará a muchos dirigentes populares. Es simplemente una cuestión de tiempo.

A principios de esta semana, Paco Ibáñez ha vuelto a París con su poesía y su guitarra. Próximo a cumplir 80 años, seis décadas de carrera artística a sus espaldas, siempre sobre el escenario con pantalón y camisa negra. Ha actuado en el Théâtre des Champs Elysées, en la lujosa Avenue Montaigne, muy cerca del glamuroso restaurante L’Avenue, que posee una de las terrazas más solicitadas y observadas de la ciudad. Durante tres horas y con entradas a partir de 5 euros hizo un repaso de su dilatada trayectoria, con un homenaje especial a Georges Brassens y a su mítica canción Les copains d’abord (Los amigos primero). En un mundo como el político, donde la rivalidad está a la orden del día, nadie debería olvidar los versos de Brassens que ponen punto final a la canción con un magnífico aviso a navegantes: “Yo he tomado muchos barcos, pero el único que ha aguantado, que no ha cambiado de rumbo y ha navegado tranquilamente por encima del que dirán se llamaba Los Amigos Primero. Los amigos primero”.

José Antich

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