El riesgo de repetir la Historia

No sé si Sánchez estará ya de regreso en la capital del Reino tras disfrutar en Las Marismillas, pabellón de caza levantado en 1912, reconvertido en palacete. Fue propiedad de los Morenés, marqueses de Borghetto, cuyo actual titular es mi buen amigo, hermano en Malta, Carlos Morenés Mariátegui. No me extraña que a Sánchez le encante Las Marismillas, como La Mareta o Quintos de Mora. De los tres paraísos para el retozo presidencial sólo conozco Doñana. Un pequeño grupo de parlamentarios de Madrid fuimos invitados a visitar Doñana y a almorzar en Las Marismillas durante la Expo ´92. Deseo que el presidente haya descansado bien en una Semana Santa que ni él ni su Gobierno celebran. En lugar del Domingo de Resurrección festejan el Día de la Visibilidad Trans. Tal cual.

Vuelto a casa, con cercanas elecciones catalanas, vascas y europeas, Sánchez tendrá que afrontar qué quiere ser de mayor: con qué cuadrillas compartirá corridas. Y lo tiene mal. El presidente se deja llevar por un error consustancial del socialismo español: repetir la historia. La izquierda, y en ella el PSOE, creen que la crispación y la confrontación entre los españoles les favorecen. Es el muro de Sánchez entre «los suyos» y el resto de los españoles, como si no fuese el presidente de todos, le voten o no. El muro de Sánchez es el cordón sanitario de Zapatero. El paréntesis moderado, socialdemócrata, del PSOE se debió a González después de Suresnes. Vuelve a fomentarse la crispación y el enfrentamiento muchas veces con pretextos burdamente fabricados. Ello nos devuelve al pasado. Al peor pasado.

En la vuelta a ese pasado la izquierda, y en ella el socialismo, se empeñan en insistir en el retorno a la fracasada experiencia republicana de 1931. No hablan de una República nueva sino de recuperar aquella desastrosa vivencia. La Constitución de la II República ni consensuada ni aprobada en referéndum, fue una Constitución de unos contra otros. De la mitad de España contra la otra mitad. Uno de los motivos de su fracaso.

La Historia tiende a volver sobre sus pasos y hay quienes, suicida y estúpidamente, se empeñan en ello. La izquierda en general y el PSOE en particular han caído en el error de seguir en momentos diferentes una misma pauta con una machaconería que, sin embargo, no ha supuesto enseñanza. El fracaso de la II República se debió principalmente a que la izquierda creyó sólo en «su» República y no estaba dispuesta a aceptar otra; la alternancia en el poder era una cuestión superflua, una molestia. Por eso apostó por el enfrentamiento abierto con sus adversarios políticos ya desde mayo de 1931. Primer acto: la quema de iglesias y conventos. Los policías de espectadores y los bomberos inactivos, sólo pendientes de que el fuego no se propagara a las casas colindantes. Lo cuenta con rigor e ingenio un testigo de excepción: Josep Pla.

Largo Caballero, el Lenin español, lo dejó claro: «La democracia es sólo el primer paso para la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro por las buenas o por las malas». La llamada República «burguesa» era un peaje obligado, pero sólo eso. Azaña, que a sí mismo se consideraba un burgués, fue un escritor sumergido en las buenas intenciones y en los libros pero aislado, casi secuestrado, ajeno a la realidad. Léase su «Cuaderno de la Pobleta».

En 1933 ganaron las elecciones los partidos de centro-derecha y las izquierdas amenazaron con violencia callejera y huelgas si formaba gobierno la CEDA, coalición que había ganado las elecciones, y tampoco consentían que José María Gil Robles, líder de esa coalición ganadora, presidiese el Gobierno. El presidente de la República, Alcalá-Zamora, encargó formar Gobierno a Alejandro Lerroux, del Partido Radical (centro). La CEDA no entró en el Gabinete. En octubre, cuando tres ministros de la CEDA se incorporaron al Gobierno, la izquierda cumplió sus amenazas y socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas provocaron la llamada «revolución de Asturias» que produjo dos mil muertos y la destrucción de la catedral de Oviedo, la Universidad, y bibliotecas y edificios públicos.

La II República expulsó de España al Cardenal Primado, Segura, y al obispo de Álava, y declaró extinguida en España la Compañía de Jesús. Además, una Ley declaraba prescritos los «bienes de las órdenes religiosas». Todo esto antes de iniciarse la guerra civil. La persecución religiosa en la guerra civil fue espantosa con el asesinato de miles de sacerdotes, religiosas y religiosos y trece obispos.

Es la intolerancia y la violencia de la izquierda. La II República fracasó porque no se entendió de todos sino sólo de la izquierda. La que llamaron República «burguesa» nunca fue aceptada, aunque las fuerzas de la derecha y el centro ganasen las elecciones. Largo Caballero reflejó la situación: «La salida de España no está en meter papeletas en las urnas» y «El socialismo es incompatible con la democracia». A Sánchez se le debe: «Largo Caballero actuó como queremos actuar hoy nosotros». Mi duda es si le habrá leído.

La tolerancia es la gran asignatura pendiente de la izquierda en España. Cree que cuenta con una supuesta superioridad moral que le lleva a pensar que tiene unas credenciales especiales para gobernar y que cuando ella no gobierna se vive un periodo político anormal, un paréntesis. Estos, entre otros, son eslabones de la misma cadena a los que históricamente hay que añadir el acopio de armas destinadas al golpe que la izquierda preparaba para junio de 1936, que fue aplazado a agosto, y al que se anticipó el golpe militar del 18 de julio que, al fracasar, condujo a la tragedia de la guerra civil. Esto se recuerda muy poco.

Sánchez hoy trata de reescribir la Historia y asume el riesgo de repetirla. Es un grave error que, por encima de intereses sectarios, podemos pagar todos.

Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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