El riesgo del microtrasvase del Ebro

En la región metropolitana de Barcelona, donde viven 5,5 millones de personas, la garantía de abastecimiento de agua es muy corta. Dos años de sequía han puesto a la región en peligro de cortes de suministro que, si no llueve hasta la fecha límite, podrían producirse entre el otoño del 2008 y la primavera de 2009 (cuando se supone que va a funcionar a pleno rendimiento la desalinizadora de El Prat del Llobregat). Para no llegar a este extremo, además de una explotación extrema de todos los recursos actuales (acuíferos y embalses) se están buscando diferentes soluciones, como el transporte de agua en barcos (a 10 euros el metro cúbico) en trenes, o la reutilización de las aguas de la depuradora de El Prat que se van a bombear río arriba.

Pero si no llueve, en otoño del 2009 habrá restricciones. Una pieza más de este rompecabezas es el trasvase de aguas de la cuenca del Ebro al área de Barcelona. Primero se pensó desde el alto Segre y después del bajo Ebro. El total es de 40 hectómetros cúbicos, (un 8% del consumo anual). Un microtrasvase del minitrasvase actual.

Pero este microtrasvase puede ser un fiasco total. Desde el punto de vista ambiental, probablemente su efecto sobre la parte baja del Ebro será mínimo. Y si se combinara con una cesión de derechos en la cuenca y el volumen trasvasado desde el próximo otoño hasta la primavera del 2009, y se compensara con una avenida generada en el Segre, primero (20 metros cúbicos por segundo, durante 23 días) y en el bajo Ebro, después (600 metros cúbicos por segundo, durante un día), su efecto ambiental sobre los dos ríos sería positivo.

Este posible beneficio ambiental no debe hacer olvidar que cualquier acción en la gestión del agua (independientemente de la urgencia) debe ser sostenible con criterios económicos, sociales y medioambientales.
Es evidente que el microtrasvase del Ebro no cumple en ninguno de los tres casos. Económicamente, no parece muy razonable gastar 182 millones de euros en una tubería que puede servir solo para una vez. Socialmente, ya se ha visto que ha encendido los ánimos de las gentes del Ebro. Y el fiasco puede ser total, porque podría ser que la tubería no llegara a transportar agua o fracasar en el objetivo de impedir las restricciones, bien porque llueva en otoño y la alerta se desactive, bien porque la obra no se termine en el plazo que se ha comprometido, como opinan algunos ingenieros.

A esta situación hemos llegado por varios motivos. Uno es el miedo que parecen tener los políticos a la palabra trasvase, que ni siquiera osan pronunciar. Ello les impide hacer lo que es propio de una emergencia: reunir a todos los implicados (¡pero con tiempo!) y buscar el consenso una vez que se puede demostrar que los que piden agua han hecho los esfuerzos oportunos para ser eficientes. Sin participación pública en las decisiones no hay nueva cultura del agua. El tercero es que esta solución ha sido impuesta desde Madrid a la Generalitat, y además, ¡pagando ella y responsabilizándose de la obra! Esto suena a tras de cornudo, apaleado. Vaya, un desastre.

¿Es posible buscar otra solución? Las últimas lluvias y nieves dan un respiro de un mes. Todavía es posible una concertación social para que los habitantes de la región metropolitana (por ejemplo, su confederación de vecinos) se reúnan con las gentes de la plataforma del Ebro, con los regantes del Urgell, con la sociedad de las tierras de Lleida y con todos los posibles implicados para llegar a un gran acuerdo que permita que los posibles cedentes del agua entiendan que la necesidad de la región de Barcelona es real, que el plan de la Agència Catalana de l’Aigua para el futuro ( gestión de la demanda, con recursos no convencionales y sin trasvases) es posible. Por su parte, los que van a recibir agua deben comprometerse a ser eficientes y a reflexionar sobre el modelo de desarrollo de Catalunya y su distribución territorial. Sería conveniente que los políticos catalanes se olvidaran de sus diferencias y lideraran este proceso.

Una solución alternativa es posible: un trasvase de aguas desde el canal de Urgell (distante solo 32 kilómetros de los confines de la cuenca del Llobregat), que puede construirse más rápidamente que el microtrasvase del Ebro y asociarse a un Centro de Transferencias de Agua de Catalunya (que con el tiempo debería incluir el trasvase del Ter). Si somos capaces de llegar a un acuerdo, la mejor noticia que podríamos tener en estos meses es que la manifestación de la Plataforma de l’Ebre del próximo día 18 se desconvoca. Hay que apelar también a la gente del Ebro para que haga un ejercicio de responsabilidad y ayude a construir una solución donde ni el río ni la sociedad catalana (ni su economía) pierdan otra vez. Los millones de catalanes de la región metropolitana, que han demostrado en los últimos años que una nueva cultura del agua es posible, ahorrando y siendo eficientes (la región metropolitana ha disminuido su consumo en los últimos cuatro años), no se merecen las restricciones. Colaboremos todos para encontrar una solución que sea sostenible de verdad y con visión de futuro para la gestión de agua en Catalunya.

Cuando pase la sequía hablaremos con más detalle del modelo de desarrollo o del Ródano. La sostenibilidad del ciclo del agua depende en gran medida de cómo nos imaginemos el futuro y sin una nueva cultura del territorio y de desarrollo económico, al final no será posible la nueva cultura del agua.

Narcís Prat, catedrático de Ecología de la UB.