El río que nos lleva

Como periodistas, nuestra obligación es observar, analizar y mostrar, no predecir, aunque a la hora de la verdad todos estamos condenados a prever o anticipar para reducir riesgos.

Si echan una ojeada a los informes anuales de los directores nacionales de inteligencia estadounidenses ante las cámaras del Congreso sobre las amenazas y riesgos, comprobarán hasta qué punto la previsión –forecasting en inglés– es esencial para la prevención de conflictos o (otra forma de verlo) la justificación de las gigantescas maquinarias de seguridad y espionaje, especialmente cuando el enemigo para el que fueron creadas hace tiempo que dejó de existir.

¿Cuál creen que es la primera amenaza que denuncian en sus informes más recientes? Los ataques crecientes a las actividades políticas, económicas, industriales, tecnológicas y militares que han ido emigrando de forma acelerada hacia las redes. En una palabra: la ciberseguridad, su cara oscura denunciada por Wikileaks y Snowden, y la vulnerabilidad creciente de los sistemas de los que dependemos para casi todo: electricidad, transporte, educación, sanidad, comunicaciones….

El río que nos llevaLas grandes potencias se están preparando para defenderse mejor y, como siempre en el pasado, los sistemas de defensa se convierten fácilmente en ofensivos: Corea del Sur en 2013, Saudi Aramco en 2012…

Tras la ciberseguridad señalan como principales amenazas a sucesores de Al Qaeda como el Estado Islámico o Boko Haram, a una nueva o descentralizada Al Qaeda, la proliferación de armas nucleares, químicas y/o biológicas –con sus sistemas de lanzamiento y transporte–, la militarización del espacio, las redes trasnacionales del crimen organizado (que mueven bastante más dinero que el PIB anual de España) la reducción casi a la mitad del crecimiento económico global en los últimos años (del 5,1% en el trienio 2004-2007 a menos del 3% en 2014), el riesgo permanente de pandemias en un planeta con fronteras cada vez más porosas y de nuevos genocidios, y la competencia creciente por el acceso seguro a las fuentes principales de recursos naturales: energía, agua y alimentos.

Siempre es peligroso hacer pronósticos y cada gran crisis –caída del muro de Berlín, invasión iraquí de Kuwait, genocidio de Ruanda, 11-S o crisis financiera de 2008– demuestra que los mejores economistas, politólogos, servicios de inteligencia y columnistas de prestigio apenas lo han hecho mejor. Philip Tetlock, en un estudio de 28.000 predicciones durante 30 años, demostró que el azar o el tendero de la esquina se equivocan igual o menos que los llamados expertos.

¿Han oído hablar del proyecto IARPA (Intelligence Advanced Research Projects Activity) de los servicios secretos estadounidenses? Más de cinco mil expertos han hecho más de un millón de pronósticos o previsiones sobre más de 250 cuestiones: desde el futuro de la eurozona hasta la guerra de Siria. Lo que se ha filtrado hasta ahora de los resultados indica que el buen análisis por supuesto sirve, pero en un porcentaje de casos y con un grado de acierto en el contenido y en los plazos sujetos a enorme flexibilidad o incertidumbre.

A los periodistas, a los diplomáticos y a los analistas de inteligencia se les exige cada día más que, además de observar, contextualicen, analicen, anticipen y alumbren el futuro.

¿Estamos acercándonos al final del milagro económico de China, que en 2013 representó ya el 37% del crecimiento mundial? ¿En qué países son más probables hoy explosiones sociales o protestas masivas como las vividas desde 2010 en el mundo árabe, en el sur de Europa y en algunos países de Asia y América Latina?

¿Está agotado el modelo de desarrollo de libre mercado? ¿Damos por buena la opinión recurrente en muchos discursos y artículos de que la respuesta a la crisis ha hecho mucho más ricos a la minoría más rica y mucho más pobres a todos los demás? ¿Sirven las instituciones heredadas de la Guerra Fría y algunas de la posguerra, como el G-20, para hacer frente a los nuevos desafíos?

Unos hablan de la venganza de la geografía, otros del retorno de la demografía y del nacionalismo al vértice de la agenda internacional.

Gran Bretaña fue noticia este año por el referéndum independentista en Escocia y lo será en 2016 y 2017 si mantiene el pulso o chantaje, como se quiera llamar, con la UE: «Hagan estas o aquellas reformas y tal vez no nos vayamos». Recuerda mucho al cheque de Thatcher. No hay encuentro internacional con españoles sin que los acosen con la tópica e inevitable pregunta sobre el riesgo de ruptura de España por los nacionalismos, sobre todo el catalán. Algo menos después del 27-S, pero no mucho menos.

Sorprendidos por la ausencia de golpismo exitoso en América Latina durante una generación, las preguntas obligadas sobre nuestro continente hermano son si la democracia es ya irreversible, quién gana y quién pierde en el pulso entre izquierdas y derechas, las posibilidades de paz en Colombia y de apertura en Cuba, los avances y retrocesos de la integración regional y los graves retos de la desigualdad y la seguridad.

¿Sobrevivirán las redes que acaban de nacer y el sistema de internet dominado por los EEUU al abuso masivo de ese dominio sacado a la luz por Edward Snowden y a la renacionalización impulsada en un reflejo defensivo inevitable?

Por supuesto, se nos pregunta cuánto tiempo se puede prolongar la guerra de Siria, que ha causado ya entre cien mil (Gobierno de Damasco) y más de doscientos mil (Observatorio sirio de derechos humanos en Londres) muertos y unos diez millones de desplazados, sin que nadie se atreva a reconocer luz alguna al final del túnel. Pocos se atreven a anticipar si la intervención de la aviación rusa a favor de Asad favorecerá o hará todavía más difícil el final de la guerra.

Cómo no, todos quieren saber si, tras la retirada anunciada de las fuerzas extranjeras de Afganistán el próximo año, podrá el nuevo Gobierno de Ghani (presidente) y Abdullah (primer ministro, incapaz en un año de elegir un ministro de defensa, de resistir la presión talibán-pakistaní, por cuánto tiempo y a qué precio. El crimen de guerra en Kunduz de este mes sólo se entiende como parte del pulso para forzar a Obama a revisar su plan de retirada.

Estamos observando a diario la aparente conversión del brazo militar de los Hermanos Musulmanes egipcios, hoy en la clandestinidad, en una nueva sucursal o franquicia de la nueva Al Qaeda. No olvidemos que el sucesor de Bin Laden no es otro que el doctor egipcio Aymar Al Zawahiri, iniciado precisamente en la guerra contra el régimen de Sadat y de Mubarak antes de unir fuerzas con Bin Laden en el Afganistán de los 80. ¿Conviene a los EEUU y a Europa dejar hacer a los dictadores de Damasco y El Cairo con la esperanza de que recuperen la estabilidad perdida? ¿No será demasiado tarde para ello? Alternativas hay, naturalmente, pero ninguna garantiza por ahora resultados milagrosos a corto plazo.

La nueva constitución pactada en Túnez es un ejemplo de que no todo está perdido en la sacudida árabe. Así lo ha visto el comité noruego del Nobel de la Paz 2015. El punto de partida de Túnez era muy distinto, pero mucho más importante será la voluntad y capacidad de sus dirigentes para pactar, hacer renuncias a los maximalismos y seguir optando por el compromiso. Fue la clave del éxito en la Transición española de los 70 y está siendo en la de Túnez. Desgraciadamente, por ahora es la excepción en la zona y una excepción muy frágil.

Ante el agujero negro informativo de Corea del Norte, su militarización nuclear y misilística, y su represión interna, todos los analistas la colocan entre las principales amenazas, pero nadie es capaz de detectar en qué se distingue hoy esa amenaza de la de hace 10, 20, 30 o 40 años, salvo en el hecho de que puede disponer ya de cinco a 10 armas atómicas, fuerza disuasoria sin duda, pero del todo ineficaz frente a la de sus adversarios históricos.

Mucho más grave, aunque igual o más difícil de precisar en el tiempo, es el futuro del conflicto por la soberanía de los mares de China oriental y del Sur entre China y casi todos sus vecinos, sobre todo Japón. En esta región y en Oriente Medio se está librando el pulso principal por la hegemonía y polaridad del sistema de la Posguerra Fría. Es un pulso todavía muy desigual y controlable por medios pacíficos, pero, de no encauzarse adecuadamente, puede desembocar en conflagraciones muy destructivas.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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