El rival de Simancas

Por Álvaro Delgado-Gal (ABC, 04/11/03):

Comenzaré esta Tercera con una confesión personal. El resultado de las elecciones del 26 de octubre me dejó ligeramente insatisfecho. La razón es que me había causado un enfado profundo el comportamiento de los socialistas desde el episodio Tamayo/Sáez. Nunca he podido creer que los socialistas inteligentes -ni más ni menos abundantes que los populares inteligentes- abrazaran de verdad la teoría de una conspiración, urdida desde las covachuelas del poder. Por lo mismo, estimaba exigible, moralmente exigible, una asunción honrada de responsabilidades políticas. No ha habido tal, y a esta voluntaria nesciencia se ha añadido luego una campaña agria, sectaria, insultante para el rival. Y estéticamente poco seductora. Se empezó pulsando la tecla del verbalismo ideológico, y se ha acabado ofreciendo cosas gratis. Es como si Cicerón, luego de perorar las Catilinarias, hubiese prometido entradas para el circo a mitad de precio. Todo esto me enojó, y esperaba, a despecho de lo que pronosticaban las encuestas, un castigo más grande del que finalmente ha tenido lugar. Simancas, en fin, ha salido entero de su cita dificilísima. Me puse a pensar sobre el caso, y a rumiar mi descontento, y llegué a una conclusión inesperada. Estimo ahora que Simancas ha hecho una campaña objetable pero inteligente. Les explico por qué.
En 1926, el economista Harold Hotelling publicó un texto seminal: Stability in Competition. En él, Hotelling traslada a la política métodos analíticos extraídos de la teoría económica. Alfonso Carbajo ha escrito un artículo excelente sobre la cuestión en vísperas de las elecciones. El caso es que el papel de Hotelling, además de ser maravillosamente simple y sugerente, resulta utilísimo para ponerse en claro sobre lo que políticamente significa el centro. Y arroja luz, indirectamente, sobre la estrategia de Simancas. Lo que sigue no lo ha dicho Hotelling, estrictamente. Pero resulta, creo, deducible de su trabajo, o no incompatible con él.

Parece razonable definir el centro del modo siguiente: son de centro quienes, no comprometidos de modo irreversible con unos colores políticos, son más propensos que el resto de los ciudadanos a variar la orientación del voto y pasar de izquierda a derecha, o al revés. La definición puede completarse con una conjetura también razonable: el votante de centro se identifica con intereses intermedios entre los programas ortodoxos de izquierda, y los programas ortodoxos de derecha. Esto trae una consecuencia inmediata: en habiendo un empate o equilibrio entre izquierda y derecha, será el centro el que determine el gobierno. En principio, un centro mínimo podría erigirse en factor decisivo dentro de una sociedad dividida en dos partes simétricas y fuertemente escoradas en un 49 por ciento hacia la izquierda, y en el mismo porcentaje hacia la derecha.

Este escenario, sin embargo, no es realista. En una sociedad polarizada, el personal busca protección contra el enemigo o, inversamente, se arracima alrededor del amigo. Una sociedad polarizada es atroz y schimittiana, y no delega los asuntos de enjundia en la gente de centro.

Resulta más congruente con el sentido común suponer que el centro se convierte en dominante en aquellos casos en que las preferencias del votante se distribuyen de manera relativamente uniforme a lo largo de un eje que se alarga de izquierda a derecha. Es aquí donde adquiere pertinencia el análisis de Hotelling. Según Hotelling, una sociedad de centro no sería un sociedad necesariamente igualitaria. En una sociedad de centro, pueden subsistir grandes desigualdades. Lo que pasa, es que no existen vanos o soluciones de continuidad llamativas entre los dos grupos socioeconómicos más representativos. Los espacios son, por así llamarlos, transitivos. Entonces se impone el centro. El mecanismo que concede preponderancia al centro sería el siguiente.

Imaginemos que D, el partido de la derecha, hace una oferta política. A diestra de D, se extiende el voto que siempre preferirá D a I, el partido de la izquierda. Imaginemos a continuación que usted es el líder de la izquierda. Su estrategia maximizadora de votos consistirá en arrancar a D el mayor número de sufragios posibles, sin poner en riesgo su clientela natural. En consecuencia, usted intentará aproximarse a D todo lo que pueda. Esto es, se correrá hacia la derecha hasta tocar, o tocar casi, el punto crítico a partir del cual empezarían a rebelársele los de su propio color. Esta propensión hacia la convergencia prudencial señala el centro. Una sociedad de centro, es aquélla que invita a los partidos a disputarse el tramo de electorado, potencialmente corto, que es posible agregarse sin que se desprendan los extremos.

Pues bien, Simancas ha ignorado, aparentemente, esta doctrina fundamental. Ha hablado alto y recio, convirtiendo la palma de la mano en un tornavoz que reorientaba todos los mensajes hacia la izquierda. ¿Por qué ha hecho esto?

La única respuesta inteligible es que, dando el centro derecha por perdido, ha preferido situarse en posiciones defensivas. Al tiempo, ha estimado en su justa medida la viscosidad del voto. El votante, en efecto, no se comporta como el elector racional de la teoría económica. El último evalúa la distancia entre sus prioridades y la mercancía que circula en el mercado, y reacciona desplegando la cinta métrica. A más distancia, menos propensión a comprar la mercancía. En la vida política, sin embargo, no rige este automatismo. Primero, el votante se identifica con una causa; y sólo en segundo lugar considera la distancia entre la mercancía -o el programa que ofrece el partido- y sus intereses objetivos. La resultante, es una viscosidad grande del voto. A la hora de la verdad, el centro se divide en centro izquierda y en centro derecha. Y el centro izquierda suda tinta antes de trasladarse a un partido atractivo de centro derecha, y también al revés. Proyectado estadísticamente, esto significa que los desplazamientos espectaculares, salvo en ocasiones extraordinarias, son raros, muy raros.

Simancas sabía lo que vale un peine. Y sabía que arriesgaba poco acentuando la nota gárrula de la demagogia de izquierdas. En consecuencia, no intentó proteger su flanco diestro. Se ocupó mucho más de cuidar el siniestro, amenazado por IU, su futuro socio de gobierno si las cosas salían bien. Hay que admitir, a trasmano, que su estrategia ha sido acertada. Según rezan los números, IU ha sido el partido menos afectado por la abstención. Ha sido el partido que más habría podido crecer a costa del PSOE. Simancas ha voceado sus consignas crudas contra Esperanza Aguirre. Pero Fausto Fernández era su diana auténtica. La persona con la que en realidad estaba echando un pulso. Simancas se ha comportado como un profesional consciente de tener el viento en contra. No ha jugado a ganar sino a no perder. Desde el PP, se han seguido sus evoluciones con ecuanimidad. Esto también se comprende. Al PP le convenía que Simancas se dilatara hacia la izquierda. Durante las dos semanas que ha durado la campaña, los intereses de los dos partidos han sido complementarios.

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