El Rubicón del proceso de paz

Al cruzar el río Rubicón, Julio César les dijo a sus camaradas que la suerte ya estaba echada y que no quedaba más remedio que echar para adelante y llegar a Roma. Las partes que dialogan en La Habana hace más de tres años están en un predicamento semejante: han avanzando mucho en la ruta hacia el acuerdo final, hay dudas sobre si seguir avanzando y sobre cómo, pero, al final, pareciera que a estas alturas, al borde del Rubicón,  lo único que les queda es mojarse la botas y echar para adelante.

El proceso de paz, mirado en el entorno internacional y comparado con muchos procesos semejantes, ha logrado avances notables. Claro que eso es fácil decirlo desde fuera de Colombia cuando no se sufren los apagones, los derrames petroleros, los bombardeos renovados y otros dramas que continúan ocurriendo en diversos puntos del país.

Los avances, sin embargo, son importantes. En plazos razonables – desmontar una guerra de 50 años no se puede hacer en meses – los cuatro acuerdos alcanzados dan una idea de los beneficios que la paz traería a Colombia y a la región circundante. Hay pendientes, pero aquello que ha sido acordado en desarrollo rural, participación política, políticas de drogas y, más recientemente, frente a una comisión de la verdad, es más ambicioso que lo acordado en muchos procesos de paz anteriores  y es la prueba material de que en La Habana hay mucho más que  sólo un intento de diálogo.

Es natural, además, – y ocurre en todas partes del mundo – que los pasos finales para concretar el acuerdo sean más cuesta arriba. La sociedad, después de años de escuchar expresiones retóricas de las partes, pide ver las consecuencias prácticas de los acuerdos; tener  la seguridad de que la implementación de lo que se pacta está a la vuelta de la esquina y la garantía de que los más graves crímenes no serán pasados por agua tibia.

Pero esta marcha final y cuesta arriba, se hace aún más penosa porque hay quienes tiran piedras y aceite al camino. Las FARC siguen pensando que su capacidad militar forzará concesiones del Gobierno. El Gobierno no muestra suficiente coherencia entre el discurso y la acción, por ejemplo, la reanudación de los bombardeos a los campamentos forzó la mano de la guerrilla para dar por terminado el cese unilateral. Las piedras y el aceite son esparcidos también por quienes nunca creyeron en la mera posibilidad de hablar con “terroristas”.

Porque si bien el proceso alcanzó hace tiempo un punto de no retorno, ese punto solo refleja los intereses de las partes en La Habana y no los de toda la sociedad colombiana. Las virtudes de la negociación – la confidencialidad de hablar con seguridad en Cuba, por ejemplo – empiezan a mostrar sus limitaciones, porque el desinterés y el rechazo público al proceso es proporcional a lo marginal que es el conflicto para los colombianos y colombianas que suelen ser consultados en las encuestas.

Ha llegado el momento de cruzar el Rubicón colombiano.

Para ello,  ambas partes deben asumir las consecuencias propias de un proceso de paz: se hace para que se termine la violencia. Si la escalada de ataques mutuos se perpetúa, entonces no tiene mucho sentido el divorcio entre el optimismo de La Habana y la nube gris sobre Colombia.

Para ello, el último informe de International Crisis Group (En la cuerda floja: la fase final del proceso de paz en Colombia) plantea algunas sugerencias.

1.  Aunque suena a obviedad, el proceso necesita acelerar el ritmo.

2. El siguiente e inmediato objetivo debe ser llegar a un acuerdo sobre justicia transicional que sea digerible política y jurídicamente.  Esto implica hacer complicados balances y abiertos sacrificios, pues las sanciones penales a los máximos responsables de los más graves crímenes serán ineludibles.

3. Urge desescalar el conflicto. El cese al fuego unilateral de las FARC produjo resultados positivos en el corto plazo, pero – parafraseando a Marx – contenía las semillas de su propio colapso.

Este nuevo desescalamiento que se propone debería resistir la tentación de las declaraciones pomposas y destinadas a las relaciones públicas. En su lugar, las partes pueden -y deben- establecer contactos discretos y confidenciales para poner en práctica medidas tales como el respeto irrestricto de las normas humanitarias, la protección de bienes civiles (incluyendo la infraestructura productiva y energética), profundizar el desminado y una evaluación en el terreno de la proporcionalidad de ataques mutuos.

4.  Las partes deberán considerar seriamente dar pasos hacia un cese al fuego bilateral definitivo, incluso antes de la firma del acuerdo integral. Sin embargo, deberán cuidarse de concretar el acuerdo sobre justicia transicional antes de ese cese al fuego. Firmarlo hoy o mañana podría profundizar el descrédito del proceso, porque las partes no han asumido todavía los sacrificios que implica la justicia.

Ese cese al fuego bilateral debe satisfacer todos los requerimientos que han estado ausentes en las medidas anteriores. Por ejemplo, debería hacerse con algún tipo de concentración de fuerzas de la guerrilla, aún en armas, y contar con la supervisión y protección de actores internacionales.

5.  El proceso necesita de un plan de cuidados intensivos en materia de opinión pública. La desconfianza es natural, porque es muy difícil explicar que el proceso de paz tiene sentido mientras la violencia continúa en los niveles actuales. El desescalamiento puede ayudar, pero las partes deberán ser mucho más convincentes de que sus intenciones no residen solo en elaborar documentos en La Habana, sino en implementarlos en Colombia.

Cuando el producto (la paz) es bueno, pero los vendedores (las partes) no lo son tanto, urge convencer a otros de que el negocio será productivo. Los beneficios de la paz deberían ser evidentes, pero no lo son. 50 años de guerra han acostumbrado a Colombia a un peligroso status quo.

Por eso, guardando las diferencias épicas que correspondan, cruzar el Rubicón colombiano, aun arriesgando mucho, vale la pena.

Javier Ciurlizza, Director para America Latina y el Caribe de International Crisis Group.

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