El sadismo político ordinario

El sadismo es el placer ante el sufrimiento de los otros. Hay un sadismo activo, el que provoca el sufrimiento que le produce gusto, y un sadismo pasivo, el que goza como voyeur del sufrimiento ajeno. El sadismo está muy extendido entre los humanos. Cuando se habla de sadismo se acostumbra a pensar en formas extremas de violencia contra personas indefensas como la tortura, la violación o determinados rituales macabros. Pero hay un sadismo cotidiano, que a menudo pasa desapercibido, con efectos destructivos tanto físicos como psicológicos sobre las personas. Basta observar cómo juegan los niños para darse cuenta de que el sadismo aparece desde nuestra más tierna infancia.

También en la política de las sociedades democráticas hay formas de sadismo más o menos encubierto. Llamo sadismo político ordinario a las agresiones violentas e injustificadas ordenadas por un responsable político contra un colectivo percibido socialmente como marginal o no integrado, con el convencimiento de que producirá un placer, consciente o inconsciente, a ciertos sectores de la sociedad, especialmente las clases medias y populares. El objeto de esta violencia sádica ha de ser un grupo que produzca un cierto rechazo social, por tanto, que difícilmente será defendido, y que no tenga capacidad de intimidación, porque no vota y porque no tiene mecanismos de expresión a su alcance. Es un recurso habitual cuando un gobernante siente que su popularidad cae o que necesita desesperadamente un plus para alcanzar sus objetivos electorales. Se acostumbra a confundir con el populismo, pero incorpora este factor añadido que es la estimulación del sentimiento sádico y la especulación con el mismo.

Este ejercicio de cinismo político, dispuesto a despertar bajas pasiones de la ciudadanía sin reparar en sus consecuencias, es lo que ha hecho Nicolas Sarkozy con los gitanos. Es probable que su estrategia sea fundada y que, efectivamente, provoque reacciones sádicas en un sector de la ciudadanía, que puedan dar réditos electorales al presidente. Pero, precisamente por esta razón, es todavía más repugnante. La función del gobernante no es crear problemas a la convivencia en beneficio propio, sino resolverlos democráticamente. Ha sido la incapacidad del presidente para resolver los conflictos de las periferias urbanas francesas lo que le ha llevado a este encarnizamiento sádico contra una minoría sin defensores y con mala reputación. Como ha escrito Glucksmann, detrás de este rechazo al otro se esconde un rechazo de sí mismo, “el miedo a los gitanos es el miedo inconfesado de sí mismo”. Jugando a las deportaciones, como un aprendiz de brujo, Sarkozy ha emborronado su mandato presidencial para siempre. Y ha situado a Francia ante la vergüenza de ser señalada como violadora de aquellos derechos republicanos de los que siempre ha alardeado como abanderada. The Economist lo ha descrito así: “Cuando da lo mejor de sí mismo, Nicolas Sarkozy es un político extraordinario; cuando las fuerzas le abandonan, no es más que un oportunista sin escrúpulos”.

Naturalmente, el sadismo político tiene sus protocolos. El proceso puede describirse así. Primero, la revelación. Cada vez que oigan algún político decir: “Hay que llamar a las cosas por su nombre” y “negar los problemas no conduce a ninguna parte”, prepárense porque por algún lado empezarán a caer palos contra las libertades. La partitura la dio, a finales de julio, el discurso de Grenoble. Sarkozy invitó a los franceses a “despertar” y anunció que iba a “acabar con estas zonas de no derecho que son las implantaciones salvajes de campamentos gitanos”.

Segundo paso, la blasfemia, como le llama Luc Boltanski, o el desprecio por la common decency (Orwell), es decir, proponer como un gran atrevimiento epifánico algo que entra en ruptura con los valores republicanos compartidos. En este caso, la deportación de los parias. “Estáis cegados por los biempensantes”, dijo el ministro Brice Hortefeux, para defenderse de sus críticos.

De ahí al tercer paso hay solo un escalón: la identificación del grupo, la segregación étnica. Con lo cual, el sadismo político se encuentra con su cómplice preferido: el racismo.

El cuarto paso es la acción violenta en sí, el desalojamiento y destrucción de los escasos bienes de una gente que no tiene casi nada. También tiene su sentido: propagar el miedo.

En fin, el quinto paso, es provocar la asociación de ideas: con el ataque a los gitanos es toda la inmigración la que está concernida y es de los sentimientos de rechazo contra la inmigración de lo que se quiere sacar partido. Que las pulsiones de recelo al otro, que los ciudadanos llevan incorporados, se activen en el momento de ir a votar. Por eso es tan importante la publicidad de la acción como la propia acción. Que todo el mundo se sienta concernido. Entre el populismo y el discurso securitario apenas queda espacio para la política democrática. Es el triunfo de la economía política de la pulsión.

En un reciente manifiesto contra el racismo -Vivir en diversidad, hecho público por un grupo de “ciudadanos comprometidos” de diversos países de Europa- se apelaba a los cuatro principios clave de una política de futuro: la diversidad como esencia de Europa; un ethos de solidaridad y esperanza; una protección de lo común y una economía inclusiva. Europa, de la mano de dirigentes como Nicolas Sarkozy, va exactamente en la dirección contraria: la excitación del pequeño hombre blanco contra el otro. Se empieza deportando gitanos y no se sabe cómo se termina. Los ciudadanos de Europa no podremos alegar que ni vimos ni supimos.

Un Sarkozy en apuros dispara contra los gitanos para que los ciudadanos se compensen de las malas noticias con unos momentos de satisfacción sádica. No hace falta decir que este ejercicio representa una degradación profunda de la ética democrática, una ruptura extremadamente peligrosa de las reglas del juego, y una pérdida de legitimidad de la principal autoridad republicana, que se baña en las aguas encharcadas del racismo y del sadismo político. Con su exhibicionismo securitario, el presidente francés alimenta, además, una perniciosa confusión entre política y policía. Como si la única función del Estado fuera el orden público.

La operación de Sarkozy llega en un momento especialmente delicado: una profunda crisis económica y una grave crisis europea. La tentación de apelar a las más penosas formas del populismo acecha siempre en estas coyunturas, pero es extremadamente peligrosa, porque la desazón de la crisis deja a la ciudadanía con las defensas muy bajas. Esta ruptura con la cultura democrática, este retorno al rechazo del paria, del marginal, del que hace y vive diferente, esta recuperación de las pulsiones racistas, pueden ser los tacones sobre los que se monten las botas de una nueva dominación neototalitaria. La historia europea del siglo XX está demasiado cerca como para que un presidente de la República pueda actuar con tanta frivolidad. James G. Ballard lo advirtió con su habitual rotundidad: “El consumismo despierta un apetito que solo el fascismo puede satisfacer”. Sarkozy sigue la estela de Haider, de Berlusconi, en una Europa cansada e impotente a la que se pretende rearmar sobre la base del odio al otro. El mito de la apertura de Sarkozy se hunde.

En la medida en que los dirigentes europeos no han sido capaces de desmarcarse, el sadismo ordinario de Sarkozy contamina a todos. Nos devuelve la terrible imagen de la limpieza étnica que ya cubrió de espesos nubarrones al continente cuando el hundimiento de Yugoslavia. Y nos demuestra que la capacidad de infección del sadismo y del racismo no tiene fronteras. Las organizaciones antirracistas francesas, en su bienintencionada lucha contra los despropósitos de Sarkozy, han cambiado su viejo eslogan “Touche pas mon pot” (“No toques a mi amigo”) por “Touche pas ma nation”. ¿No es esto también una profunda regresión que nos aleja de los presupuestos de una Europa abierta y diversa?

Josep Ramoneda