El sanchismo

El Quijote es la mejor novela de la historia porque, además de condensar el alma humana está escrita con un asombroso estilo literario. El idealismo y la locura de don Quijote se contraponen al realismo de Sancho Panza, que representa al hombre llano, apegado a las cosas materiales y que busca su propio beneficio. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura, Sancho también se nos muestra como alguien que encarna la fidelidad y la amistad, y que cuando se dispone a gobernar la ínsula Barataria escucha con atención los admirables consejos que le da el viejo hidalgo. El personaje cervantino sería el exponente de un estilo de vida: el sanchismo. Pero no es este sanchismo el de nuestro presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, incapaz de aprobar unas oposiciones o ganar unas elecciones, demostró tener un GPS vital cuando fue descabalgado de la secretaría general del PSOE. Volvió a ocuparla a contracorriente demostrando arrojo, perseverancia y una formidable autoestima, cualidades que adornan a personas capaces de realizar actos extraordinarios, pero también de conducir a sus congéneres a situaciones límites si adolecen de otras virtudes y de principios éticos. Su segundo advenimiento no cicatrizó su orgullo herido, pero le permitió escribir -es un decir- el guión de una película en la que el protagonista se desquitaba. El inesperado retorno de Sánchez a la dirección de su partido evidenció que, además de la contumacia, el revanchismo y el narcisismo eran la gasolina de su motor personal. Su estilo es hablar muy rápido sin decir nada, pues es un pomposo henchido de sí mismo, un hombre sin referencias históricas que cree que él hace la historia.

El sanchismoEl presidente del Gobierno no ha engañado a nadie a raíz de la moción de censura en la que se alió, entre otros, con los herederos políticos de ETA y con los independentistas que perpetraron el golpe de Estado en 2018 desde las instituciones autonómicas catalanas. La naturaleza de esos apoyos implicaba pagar un peaje obvio y, además, la mentalidad del presidente es previsible: mantenerse en el poder a todo trance, contar cada semana de inquilinato en La Moncloa como un éxito, ejercer la autocracia en su partido y disfrutar del poder con un estilo de nuevo rico que se traduce en fotos con gafas de sol en el Falcon a lo Kennedy, en pasear por Nueva York rodeado de guardaespaldas con estética de fotograma de Chuck Norris y, sobre todo, en ponerse en el besamanos junto a los Reyes en una escena que ya hubiese querido rodar Peter Sellers.

El sanchismo del presidente es panzismo, supervivencia política a costa de lo que sea, voracidad de poder y considerar que las críticas hacia él son pura envidia. Su política de apaciguamiento con los independentistas catalanes ni siquiera es la de Chamberlain con los nazis en 1938, pues su concepción histórica de la nación española no es, por desgracia, la que tan arraigada tuvieron (y tienen) destacados socialistas como Francisco Vázquez, Rodríguez de la Borbolla o Alfonso Guerra. Como se ha visto en Andalucía, el chuleo del independentismo al Estado ha provocado una hemorragia de votos en el PSOE, e incluso la bulimia de poder del doctor Sánchez puede desintegrar a su partido tras los próximos comicios. Una vez pierdan el poder los silentes barones socialistas, para recuperarlo, remendarán su descosido concepto de España, buscarán otro líder y resetearán su socialdemocracia. Es ley de vida. Hay personas que en los momentos cruciales emergen para demostrar temple y convicciones, así se llamen De Gaulle en Francia o Guaidó en Venezuela, y que en circunstancias críticas guían a sus pueblos por medio de una épica que saca lo mejor de las personas y enaltece los comportamientos. Pero Sánchez, a pesar del libro que ha firmado pero no ha escrito, es un resistente, pero sin épica y sin más horizonte que atornillarse al poder y disfrutar de sus prebendas.

La aceptación del Gobierno de la figura de un relator para discutir con los partidos independentistas el nauseabundo documento de los veintiún puntos de Torra ha sido una afrenta para millones de españoles, hartos de que se intente secuestrar la legitimidad constitucional, de que se ponga en serio riesgo la centenaria continuidad histórica de la nación y de ver emporcada la memoria de la Transición, aquel triunfo colectivo que trajo la democracia y que pilotó un Rey con genial tacto político.

Me encantan los insultos literarios de Quevedo a Góngora porque siempre he sido quevedesco y no culterano, pero dedicar insultos a alguien es bajuno, propio de quienes visten camisetas y muestran zafiedad rufianesca en el Congreso de los Diputados. Por tanto, considero que no es el momento de lanzar dicterios contra nadie, sino de que despierte la sociedad civil y que cada cual, según sus responsabilidades y conciencia, hable sin miedo y, desde la razón y la emoción, defienda la democracia y la nación en las aulas, en las oficinas, en las reuniones familiares y donde se tercie. Nosotros no tenemos síndrome de Estocolmo, por eso no nos hacemos fotos con Otegui en manifestaciones o en Navidad.

Hay un capítulo del Quijote que me emociona cada vez que lo releo: el XIII de la segunda parte. Nunca he encontrado una demostración de amistad más hermosa que la que hace Sancho a Don Quijote, pues dice de él que no sabe hacer mal a nadie sino bien a todos y que lo quiere «como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga». Este sanchismo es el noble, el fetén, el que me gusta.

Y no es ninguna quijotada decir que la inmensa mayoría de españoles, por encima de banderías, lograremos seguir viviendo en armonía en la nación que conocemos, y que no dejaremos en la estacada a la mitad de catalanes que, con valentía y orgullo manifiestan querer seguir siendo españoles. Ni están solos ni los olvidamos.

Y si por decir estas cosas nos insultan, ya se sabe: ladran, luego cabalgamos.

Emilio Lara es historiador y escritor.

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