El secreto de Manuel Valls

El retorno de Manuel Valls a su ciudad tiene a los catalanes en vilo. Su posible candidatura a las municipales de Barcelona, y la forma como se está gestando, adquiere visos de leyenda: Valls está en todas partes y en ninguna, y los mentideros de la ciudad están que hierven. Aparece un día en una cena de empresarios de renombre, recordando verdades a algún aprendiz de padre de la patria, otro día la reunión es con figuras de la cultura catalana; tan pronto lo hallamos congeniando con prometedores jóvenes millennials, sin distinguirse de ellos, como lo descubrimos paseando por un mercado de barrio de Barcelona confundiéndose con la ciudadanía…

Queda claro que la presencia de Manuel Valls en Barcelona está causando pánico en amplias esferas del poder hegemónico catalán, a juzgar por los ataques que le llegan de diestro y siniestro; pero queda igualmente claro que su persona también despierta un enorme interés en un amplio espectro de la sociedad barcelonesa, que está cundiendo por la ciudad una expectación por un político que ya no recordábamos, y que pronto apenas quedará «alguien que sea alguien» en la ciudad Condal que no haya estrechado su mano. ¿Cuál es el secreto de tanto interés?

Una respuesta fácil a esta pregunta sería la siguiente: es lógico que levante expectación el regreso a su ciudad del único barcelonés que ha sido primer ministro de Francia. Pero esa respuesta inmediata dista mucho de dar cuenta del grado de entusiasmo que está generando su posible candidatura. Hay algo más. Y ese algo más tiene que estar relacionado con el aquí y ahora de Barcelona, con el contraste entre la Barcelona del presente, la de Colau, y la Barcelona del futuro que muchos, intuitivamente, ya vinculan con Valls. Sin duda, algunas claves de esa atención inusitada nos las da la comparación citada, odiosa para Ada Colau.

Por un lado, estamos ante una alcaldesa sobrevenida que acumula desastres de gestión, por su pérdida de inversiones millonarias, por su fracaso en las políticas de vivienda, por su turismofobia o por la paralización de obras, así que parece razonable que atraiga la atención la mera posibilidad de que se presente a la alcaldía de Barcelona un personaje con un currículo tan notable en las más diversas áreas de la gestión política como el de Valls, quien, no lo olvidemos, antes de ser ministro del Interior y primer ministro, se desempeñó con éxito en la política municipal, quince años como cargo electo en varios suburbios de París y luego como alcalde de la ciudad multicultural de Évry, donde conviven diez religiones de cincuenta orígenes distintos.

Por otro lado, estamos ante una alcaldesa que es la viva imagen del populismo y que en una crisis política que ha tensionado el país al máximo ha optado por jugar la carta de la ambigüedad para disfrazar su apoyo vergonzante al separatismo, de modo que tampoco pueden sorprender las expectativas depositadas en un político forjado nada menos que en la mejor escuela del patriotismo republicano, ese que Maurizio Viroli describe como «una pasión política basada en la experiencia de la ciudadanía, no en elementos prepolíticos comunes derivados del haber nacido en el mismo territorio, pertenecer a la misma raza, hablar la misma lengua, adorar a los mismos dioses o tener las mismas costumbres».

Y sin embargo, lo dicho no desvela todavía el secreto. Existe otra clave que da cuenta del entusiasmo que genera Manuel Valls. El cansancio ante la incompetencia manifiesta de Ada Colau, ante su errática ideología, su criptonacionalismo y su desastrosa gestión, lo explican sólo en parte. Si escudriñamos algo más podemos descubrir una ultima ratio: el desánimo de muchos barceloneses que ven cómo su ciudad se aleja día tras día de su destino como urbe cosmopolita, capital del corredor mediterráneo, motor de dinamismo en España, y punto clave en la red de ciudades globales del planeta.

Por esa senda sí creo que nos acercamos al secreto de Manuel Valls. Su retorno despierta ilusión porque conecta directamente con la esencia más característica del barcelonismo, esa que afloró en los Juegos Olímpicos que encandilaron al mundo entero, y que hace años que yace bajo tierra. La pérdida de la sede de la Agencia Europea del Medicamento o el riesgo de perder el Mobile World Congress no son negativos solamente, ni siquiera principalmente, por su muy notable impacto económico. Lo son sobre todo porque abundan en esa sensación de ausencia de relato ilusionante que es el principal lastre que pesa sobre Barcelona.

Petronio, consejero en «cuestiones de buen gusto» en la corte del emperador Nerón, experimentó, mutatis mutandis, una sensación semejante a la de muchos barceloneses. El escritor Sienkiewicz recreó su carta de despedida en la novela Quo vadis? En ella, el «árbitro de la elegancia» llega a disculpar al tirano todos sus crímenes, menos el cometido contra la poesía, pues ese atropello espiritual se le antojaba el menos perdonable de los actos. Así acaba su célebre misiva el autor del Satiricón: «Salud, augusto, y no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, ¡pero no toques la cítara!». Algo sí podemos decir de Colau, que empobrece Barcelona y enfrenta a sus ciudadanos alentando las opciones independentistas, pero que, por encima de eso, la desencanta, la provincianiza y empequeñece, le corta las alas.

Con esta última clave se completa el cuadro. La ilusión es el secreto que andábamos buscando, lo que se le ha hurtado a la Barcelona de hoy y lo que ha de recuperar la Barcelona de mañana. Valls concita las imágenes positivas de esa Barcelona dinámica y pujante de nuevo, cosmopolita y moderna, metropolitana, vanguardista y abierta. Es casi instintivo imaginar una Barcelona así, y es casi natural imaginar a Valls al frente de ella. Es la ilusión por Barcelona lo que se proyecta sobre la imagen de Manuel Valls. Sí, es más que probable que ese sea el secreto del interés que está despertando su regreso.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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