El secuestro de nuestra libertad

La realización del propio proyecto vital es la misión esencial a la que todos nos sentimos llamados y la que más contribuye a la felicidad. Vivimos una época en la que los traficantes de la manipulación están muy activos. Detrás de tanto populismo, falsamente liberador, se esconde un perverso intento de secuestro de nuestra identidad, primero, y de nuestra libertad después. Este hurto lo consentimos cuando abdicamos de los valores que configuran nuestra personalidad, a cambio de atractivos clichés igualitarios. A título de ejemplo, la vinculación entre mérito y esfuerzo se suplanta por el derecho a la mediocridad compartida, obtenida sin dedicación alguna por nuestra parte.

Los nuevos demagogos son grandes expertos en márketing emocional. Han aprendido a pervertir nuestras conciencias a través de conmovedoras imágenes y eslóganes irresistibles. La batalla de las ideas está perdida porque el sentimentalismo ha ocupado el lugar de la razón. El entretenimiento pasivo se utiliza para un adoctrinamiento activo que corrompe nuestra identidad específica.

Los nuevos profetas dominan las técnicas para transformar personas singulares en seres clónicos. Imponen la verdad única, la suya, desde la que nos persuaden a que eliminemos nuestra originalidad esencial si no queremos sentirnos incomprendidos. Los propietarios del sistema, con ayuda de la televisión basura, han reinventado un terrorismo intelectual que pensábamos superado: esclavizar mentes en lugar de cuerpos para controlar nuestras vidas.

Los nuevos dogmas, vacíos de los grandes valores que han dado sentido a nuestra civilización, reclaman una sociedad igualitaria. Estos ayatolás son expertos en convencer de que pensar distinto constituye una enfermedad que transgrede las reglas asumidas para la convivencia. Hacen creer que un rasgo de buen ciudadano consiste en ser como los demás. Pontifican que la heterogeneidad distorsiona y resulta insolidaria. Como decía Walter Lippmann, «cuando todos piensan de la misma manera, nadie piensa». Esta indigencia especulativa facilita la manipulación. La teoría del márketing establece que cuando los receptores comparten los mismos principios (o lo que es peor, idénticos estereotipos) un único mensaje sirve para persuadir a la inmensa mayoría. Si no se está alerta, nuestra personalidad diferencial se torna vulnerable.

Lo primero que hacen los extorsionadores es detectar fascinantes reivindicaciones sociales que poner en el candelero, sin importar quién las va a sufragar. Para imbuirnos de sus ideas excitan nuestros sentimientos mediante imágenes seductoras y eslóganes de diseño. La proclamación del «tú estás mal porque otro está bien» excita esa envidia destructiva, tan fácil de despertar en quienes se sienten desgraciados. Si nuestro sentido crítico no está prevenido, cualquier eslogan halagador hace que engullamos ideas incoherentes con los valores que caracterizan nuestra identidad.

El mundo que estoy describiendo puede parecer que no nos concierne, pero no es así. Pienso que es fácil ser vulnerable a esta variedad de demagogia, tan extendida en Latinoamérica y en Europa. Afecta en mayor o menor proporción a todos los partidos. En las formaciones moderadas este tipo de manipulación reduce la eficiencia de las políticas, pero no impide que un país funcione. Por el contrario, cuando este populismo resulta radical, el deterioro de las personas e instituciones es grave (Bolivia y Ecuador) o letal (Venezuela y Argentina). La sociedad española no puede permanecer indiferente ante el auge del populismo extremo. Sus tácticas se han demostrado eficaces para catalizar el descontento. Se ha escrito mucho y bien sobre el riesgo económico de este modo de hacer política. Sin embargo, no se ha advertido apenas del secuestro de la libertad que conlleva, una alienación que prostituye un valor imprescindible para ser persona.

Los radicales del «nuevo régimen» han demostrado su capacidad persuasiva en la televisión. No hay más que evaluar los resultados de las elecciones europeas o las últimas encuestas de intención de voto. Por el contrario, los partidos del centro sociológico están perdiendo la batalla de la opinión porque se hallan contaminados del mismo síndrome populista. Comprueben los programas electorales de quienes han gobernado y verán que también han urdido tácticas amañadas. No les ha importado jugar con la necesidad de los más infortunados asegurando que crearían millones de empleos o con el primer derecho humano: la defensa de la vida. Esas falsas promesas van a pagar la hipoteca insoslayable de la pérdida de su credibilidad. Ya no nos fiamos de quienes nos han engañado o han incumplido aquello que nos movió a votarles.

Un populismo de izquierdas, como el que se advierte en España y Latinoamérica, no se amortigua con uno de derechas, tan crecido en Europa. Este tipo de demagogia que ejercen, en mayor o menor grado, bastantes de nuestros políticos sólo se frenará si la sociedad civil se moviliza y participa en el debate público. Únicamente el ejercicio de la libertad por parte de los ciudadanos, a través de cauces no políticos, puede conseguir que los partidos se obliguen a respetar los principios que proclaman.

Los ciudadanos debemos exigir a los partidos que presenten su programa electoral como un contrato. Hoy ya no es de recibo una difusa declaración de buenas intenciones. Mientras los políticos no concreten los compromisos, no se los tomarán en serio. Quienes pretendan nuestro voto deben precisar qué nos ofrecen, cuantificarlo y fijar un calendario de su consecución. Como decía Lord Kelvin: «Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora se degrada siempre». Sería deseable que los expertos más conscientes del peligro populista emularan las auditorías que se aplican a programas y candidatos en Estados Unidos. Aseguro que nuestros políticos actuarían con más responsabilidad si se elaborase un «Barómetro del populismo» que evidenciase las flagrantes desviaciones y contradicciones de sus compromisos ante las urnas.

Los políticos populistas no podrán imponer su demagogia, más o menos alienante, si los ciudadanos forjamos una sociedad civil fuerte y activa. Sugiero un propósito para este comienzo de año: tomar la determinación de ejercer la libertad y hacer oír la propia voz a través del cauce y ámbito que sean posibles. Nunca nos arrepentiremos de haberlo intentado al menos, porque nos hará más libres y consecuentes con esa identidad que hemos de proteger y reforzar.

Julio Pomés, economista y presidente del “think tank” CIVISMO.

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