El sentido de las palabras

Por Javier Zarzalejos (EL CORREO DIGITAL, 23/07/06):

El ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, perdió nuevamente los nervios ante la crítica de antisemitismo que un representante de la comunidad judía española formuló al presidente del Gobierno. Moratinos esta vez no acusó a nadie de organizar golpes de Estado. Es más, tuvo la mala suerte de que la misma mañana en que reprendía severamente a su interpelante, casi todos los periódicos publicaban la foto del presidente del Gobierno con el pañuelo palestino y por la tarde, en seis capitales, el PSOE apadrinaba manifestaciones en las que fueron coreadas consignas de cuyo zafio antisemitismo no hay duda. Ni las declaraciones de Rodríguez Zapatero, ni el episodio del pañuelo ni las manifestaciones impidieron a Moratinos proclamar al Gobierno español como «amigo de Israel». Nada extraño si se tiene en cuenta que Moratinos sostiene que las relaciones con Estados Unidos son excelentes porque acaba de estar en Washington y, a diferencia del presidente del Gobierno con los anfitriones del ministro, la secretaria de Estado Rice no le ha dispensado ningún gesto inamistoso. Pero una cosa es que Moratinos sea de buen conformar y otra es que insista en destruir los significados de las expresiones, de los gestos y de las actitudes. Cuando eso ocurre, son las propias reglas del juego de la comunicación las que se rompen y el diálogo se hace imposible porque una de las partes se arroga el derecho a definir arbitrariamente el sentido de lo que dice. Por ejemplo, si este Gobierno insiste en proclamar que es amigo de Israel, los israelíes pensaran que con amigos como estos quién necesita enemigos pero, además, será imposible un diálogo serio sobre la política exterior de España, no porque se defiendan posiciones distintas sino porque no habrá posibilidad de que los interlocutores se entiendan.

Con todo, no es en la política exterior donde este fenómeno de destrucción de los significados adquiere mayor gravedad. Más cerca, aquí, sabíamos con bastante certeza qué significaba exigir o afirmar «el respeto a la decisión de los vascos». Pero en boca del presidente del Gobierno, en una declaración institucional para anunciar la negociación con ETA, pronunciada en las dependencias del Congreso, la misma afirmación deja de significar lo que creíamos.

Si los portavoces de ETA advierten que el proceso puede romperse porque los tribunales siguen funcionando y acto seguido el PSE anuncia una reunión pública con representantes de una organización disuelta por terrorista, parece que hay motivos para dudar del fondo y de la forma de esa iniciativa. Sin embargo se nos dice que no es en absoluto lo que parece, y que en realidad eran los interlocutores de Batasuna los que enmudecieron ante la firmeza de las exhortaciones socialistas para que vuelvan a la legalidad. El efecto no sólo es consagrar la simulación aunque se disfrace de prudencia, sino hacer imposible no ya un acuerdo firme sino un diálogo reconocible, simplemente porque los códigos de comunicación compartidos dejan de existir y es el Gobierno en funciones de ‘Humpty-Dumpty’ quien en cada momento dicta significados, niega evidencias, o vuelve del revés las palabras. Tal vez Rodríguez Zapatero crea de verdad que asegurar que respetará lo que los vascos decidan no significa hablar de la autodeterminación. Pero entonces debería saber también que será el único que no es capaz de reconocer esa frase como la formulación política canónica de la exigencia nacionalista.

Por eso, sólo cabe atribuir a una devastadora extensión de este fenómeno el que haya quienes pongan entre paréntesis los significados que ellos mismos han contribuido a esclarecer y piden aclaraciones al que ahora dicta el sentido de las palabras. Petición de aclaraciones, preguntas puramente retóricas porque como es evidente nadie en el Gobierno o en el Partido Socialista reconocerá que cuando el presidente habla de un acuerdo renovado de convivencia, está sentenciando el Estatuto. Como no se reconocerá que aceptar dos mesas de negociación al mismo tiempo, sin previa disolución de ETA es aceptar un ‘clásico’ del repertorio metodológico etarra y que dar entrada a Batasuna en la negociación de ese supuesto acuerdo de convivencia -que sólo ellos han roto- viene a ser como si los aliados hubieran convocado a Hitler a la Conferencia de Yalta para que también decidiera qué se hacía con Europa.

Pedir aclaraciones es, además, inútil porque cada cosa significará en cada momento lo que se quiera que signifique. No hay valor previo reconocido. Es lo que imagino que sería el sueño de un jugador de cartas: convertir toda la baraja en comodín. Batasuna existe o no existe según los días; sus dirigentes la representan o no según convenga; la ley de partidos sigue vigente pero Batasuna también. De este modo Rodríguez Zapatero puede, al mismo tiempo, recibir los elogios de Otegi por el «gran calado» de su declaración del 29 de junio y mostrarse ofendido por los que recuerdan que lo que dijo es la formulación nacionalista de la autodeterminación. No creo que ‘habilidad’ fuera la palabra que mejor definiera este juego. Ni creo, desde luego, que esta sea la mejor manera de garantizar lo que la gran mayoría de ciudadanos supongo que quieren ver preservado en un proceso que, según se nos dice, es posible afrontar con garantías precisamente porque arranca de la derrota de ETA.

Expresar una crítica abierta al proceso y la forma de gestionarlo sitúa a quien lo hace en el campo de los catastrofistas, encadenados a la intransigencia de los principios para justificar su nociva propensión al pesimismo. Es un éxito -y no pequeño- de esta estrategia de traficar con los significados que los acusados hoy de dogmatismo lograran resultados prácticos de eficacia sin precedentes en la lucha antiterrorista; que los pesimistas de hoy no lo fueran cuando nunca creyeron que arderíamos por los cuatro costados si se ilegalizaba a Batasuna; que bajo el Gobierno de los intransigentes se alcanzara un pacto de Estado contra el terrorismo, en una iniciativa, además, promovida por el principal partido de la oposición. Es un éxito de esta destrucción del valor referencial de las palabras en el debate político que pasen por escasamente democráticos los que hicieron profesión de fe en la fuerza del Estado de Derecho porque se negaron a aceptar que ante el terrorismo la democracia estaba condenada a bascular entre la ilegalidad y el desistimiento.

Estaríamos de acuerdo en que la semántica sería lo de menos si detrás de esas palabras no hubiera una historia ensangrentada, la de todos los que han sido asesinados bajo la coartada infame de que no se deja decidir a los vascos y no se respeta su decisión, la historia de los asesinados por defender el Estatuto -‘de la Moncloa’, lo llama ETA- que creyeron que era el verdadero acuerdo de convivencia. Aquí, es la sangre inocente la que da a las palabras su sentido preciso. Si estaban equivocados, se les debería haber avisado antes. Así ahora podrían compartir tanta esperanza.