El séptimo sello

Por José Antonio Martín Pallín, Magistrado emérito del Supremo (EL PERIÓDICO, 26/03/07):

Algunos piensan que España vive en pleno Apocalipsis. Según el texto de san Juan, la apertura de los sellos del Cordero anunciaba grandes catástrofes. El director de cine Ingmar Bergman inmortalizó el suceso en un magnífico retablo en blanco y negro, con el sugestivo título de El séptimo sello. La muerte, con sayón negro y la cara blanca, anunció al caballero que regresaba de las Cruzadas su fin inminente.
Muchos siglos después, un ciudadano europeo interesado por la transición política española decidió visitar nuestro país para vivirla sobre el terreno. La frontera estaba próxima al País Vasco, primer punto de su destino. Aparentemente, la normalidad era incluso llamativa. Numerosas pintadas apoyaban la independencia y a un grupo terrorista. No pudo hablar con muchos ciudadanos que tenían dificultades para normalizar su vida diaria.
En su viaje hacia el centro del país, visitó varias ciudades. Las preocupaciones de sus habitantes se reflejaban en los grandes titulares de la prensa local: reclamaban mejores infraestructuras y servicios. Su nivel de vida era equiparable al de muchas ciudades europeas. Los debates estaban apegados a la vida.

TODO ERA normal hasta que decidió hacer una visita a la capital del Estado. A la mañana siguiente, adquirió los diarios de tirada nacional. En sus aperturas, una España diferente tomaba cuerpo, ofreciéndole una realidad desconocida. La tragedia del 11-M, que se estaba juzgando en los tribunales, era objeto de un juicio paralelo en algunos medios. No solo se rechazaban las tesis de la acusación pública, también se ponía en cuestión la validez de las pruebas, apoyando la defensa de los acusados de terrorismo. Se anunciaba para el sábado siguiente una gran manifestación contra el Gobierno, con pretextos muy variados.
Repasó atentamente las informaciones y no sabía discernir su verdadera causa, entre la amalgama de agravios esgrimidos. Según los convocantes, se trataba de parar la rendición del Estado ante el chantaje de un terrorista en huelga de hambre que había salido de la cárcel a pesar de una condena por 25 asesinatos.
Entre la información, las opiniones de algunos columnistas y las cartas al director le pareció encontrar la realidad de lo que sucedía. El sanguinario sujeto había asesinado a 25 personas y cumplido la pena que establecía la ley. Gustase o no gustase, había conseguido que se fijara el día de su excarcelación en medio de los lamentos lógicos de las víctimas, que estimaban corto el tiempo de la condena. Este asesino convicto y excarcelado tenía aficiones literarias que ya le habían valido rebajar algunos días de su condena. Antes de salir, envió dos artículos a un diario de clara tendencia independentista.
Convertir una opinión en un delito casi nunca es tarea fácil. El juez al que le correspondió la denuncia leyó los artículos y estimó que no contenían expresiones delictivas. Disconformes, los denunciantes recurrieron y el tribunal superior les dio la razón. Celebrado el juicio, el ahora escritor y antes asesino, fue condenado a una pena de 12 años de cárcel. Quedaba el Tribunal Supremo. Se reunió el pleno y la mayoría opinó que el artículo era delictivo, pero estimó que sólo merecía tres años de prisión. Dos magistrados estimaron que no era delito.
El condenado decidió seguir una huelga de hambre que, según los médicos, le puso al borde de la muerte. El Gobierno acordó sustituir la pena de tres años, que ya había cumplido en su mitad, por reclusión domiciliaria con asistencia médica.

ALGUNOS elevaron esta decisión a la categoría de crimen de Estado. Reclamaron que España le dijese al Gobierno y a sus cerca de 11 millones de votantes que debían dejar el poder y entregárselo a los verdaderos españoles.
El día de la manifestación salió a la calle para ver, en directo, un acontecimiento que nunca había tenido oportunidad de contemplar en su país. Le resultó llamativa la proliferación de banderas de España, más propias de una reivindicación histórica que de una disputa partidista. Pero lo que le dejó atónito fueron los gritos más coreados: traición, rendición, sumisión, humillación, chantaje… Pensó que quizá el Gobierno había reconocido a Gibraltar como Estado independiente. Pero no terminaron ahí sus sorpresas; le esperaba la desmesura total. El presidente del Gobierno se había convertido en el Anticristo. Nunca había visto semejante calificación de ningún político en un país democrático. De pronto se acordó del personaje de la película de Bergman.
Pensó que un país no puede estar en manos de los que abrieron el sexto sello. Las peñas y los montes, una vez que se caen, no pueden escoger sus objetivos; toda la democracia resulta ser su víctima.
El séptimo sello, que no pudo ver san Juan, se desvelará cuando lleguen las elecciones. Entonces se abrirán las urnas y los elegidos por la soberanía del pueblo ocuparán sus escaños, ajenos a los truenos del pasado y solo atentos a las necesidades del porvenir.