El ser de España

La aburrida cantinela del independentismo catalán con la que nos martillean a diario todos los medios, ha resucitado el sentimiento patriótico de los españoles que estaba adormecido. Y se me ocurre que quizás es tiempo para reflexionar en qué consiste el patriotismo o mejor aun cuál es la esencia de la nación que tanto mueve nuestros sentimientos.

Ortega y Gasset definía lo sustantivo como «yo y mi circunstancia». Empecemos por la «circunstancia»: en un país, un pueblo, resulta palmario que es su historia, lo que los siglos han conformado, aquello que sucesivas generaciones han hecho propio. En el caso español ha de ser la Monarquía que es la forma de gobierno que ha regido siempre a la nación, salvo breves o brevísimos intermedios. Desde Recaredo, que sustituyó la lengua gótica por la latina de Hispania (590), han transcurrido 15 siglos en los que los españoles se han gobernado por monarcas. España y su Historia están unidos en su caminar con los Reyes que estaban a su cabeza da igual que fueran godos, Trastámara, Austria o Borbones. La batalla de las Navas de Tolosa, que aleja definitivamente el peligro de ser dominados por el Islam, reúne a Alfonso VIII de Castilla y a Sancho el Fuerte de Navarra, cuando se funda el primer Estado europeo lo constituyen Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, lo mismo que al descubrirse América; la circunnavegación del mundo tiene lugar bajo Carlos I, Lepanto es victoria de la armada de Felipe II y Rocroi derrota de Felipe IV, la ilustración ocurre bajo Carlos III, la emancipación americana reinando Fernando VII y la neutralidad durante la primera guerra mundial con Alfonso XIII.

La Historia de España está indisolublemente unida a sus Reyes y muy recientemente Don Felipe VI ha vuelto a confirmarlo en un mensaje al país que ha sido el desencadenante de lo que ha sucedido después. Un toque de atención que ha conmovido tanto a políticos como al pueblo llano, sobre todo al pueblo llano.

Veamos ahora cuál es el «yo» de España, la idea rectora de su devenir, la que ha conformado su espíritu. Aquí cabe escuchar a Marcelino Menéndez y Pelayo, el polígrafo historiador montañés, quien expresaba con rotundidad –muy en su línea– que era el cristianismo al que enaltecía diciendo que: esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. Cierto es que los siete siglos de lucha contra el Islam y de afirmación de fe en Jesús han tenido que dejar su impronta y cierto es que el siglo de oro español respira a través de la religión. A día de hoy, si buscamos un factor histórico de unidad que se mantenga a través de los tiempos, no puede dejar de señalarse a la iglesia de Cristo, aunque habría que completarse con el amor por el derecho, legado de Roma, y algún desamor a las leyes, herencia de nuestro individualismo.

Luego, la Historia ha dado la razón al historiador santanderino, que remataba así la frase: El día que acabe de perderse, España volverá a cantonalismo de los arévacos y de los vectones o de los reyes de Taifas. Cuando en España ha empezado a flaquear la fe religiosa, cuando el relativismo ha puesto en duda los principios que eran el eje de los españoles, han surgido con potencia las ansias disgregadoras y no han encontrado oposición porque faltaba la seguridad que comunica una doctrina firmemente construida.

Recordemos que el nacionalismo vasco no nace como un subproducto del gusto romántico por la Edad Media y lo local, sino abruptamente a finales del siglo XIX por Sabino Arana que canaliza así los años de autogobierno por la corte carlista de Estella. Nunca hubo antes separatismo en el país vasco.

Cataluña, en cambio, no ha conocido gobiernos propios e independientes. Los tuvo fuera de España cuando se entregó en 1641 en brazos del francés Luis XII, trauma del que salió tan escaldada como para no repetir la experiencia. Acató de buen grado a Felipe V desde 1700 a 1705 y sólo por la fuerza de la armada anglo-holandesa en su puerto aceptó al Archiduque Carlos, también gobierno español, a quien sin embargo luego defendió.

Ahora, aunque el 70,2 % de los españoles se confiesan católicos, la doctrina de la Iglesia y especialmente su moral, no tienen el predicamento de antaño y se ha cumplido el vaticinio del sabio historiador: la unidad se ha perdido al compás que se debilitaba la religión.

No creo que el separatismo tenga que ver con las creencias, pero la crisis en la fe cristiana tiene mucho que decir en principios y valores y al trastocarse estos, se ponen en tela de juicio otros como el patriotismo y la exigencia de un rigor histórico en el pensamiento y la enseñanza.

Marqués de Laserna, correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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