El ‘ser español’ y la difícil convivencia social

Por Henry Kamen, historiador. Acaba de publicar Del Imperio a la Decadencia. Los Mitos que forjaron la España Moderna, Temas de Hoy (EL MUNDO, 10/02/07):

¿Qué es ser español? ¿Entienden los españoles realmente quiénes son? Cuando uno de los jóvenes que se pelearon recientemente con otros chavales latinoamericanos, provocando importantes disturbios en la localidad madrileña de Alcorcón, fue criticado por su conducta, respondió: «Esto no es racismo, es ser español y defender lo nuestro». Sería difícil encontrar defectos en su argumento. En cualquier país del mundo, patriotismo significa proteger la forma de vida autóctona contra los extranjeros. Este mismo principio lo manifiesta un escritor de derechas de hoy cuando dice que «es más importante ser español que europeo».

Desafortunadamente, la experiencia nos enseña que muchos de los que insisten en la importancia de «ser español» están usando la palabra «español» de una manera que es, a la vez, conflictiva y exclusiva. Para ellos, un español vive en una tierra imaginaria e ideal que no sólo excluye a la mayor parte de la raza humana, sino también a secciones de la población de la España histórica (en su momento, por ejemplo, judíos y musulmanes). Prefieren olvidar el hecho de que este país siempre ha tenido problemas en cuanto a su propio carácter, y que muchas naciones no son realidades permanentes, sino que han de luchar constantemente para conservar sus identidades.

Este hecho, allá en 1640, lo expresaba un perceptivo Baltasar Gracián, cuando observaba (refiriéndose sobre todo al imperio) que «en la Monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, es menester gran capacidad para conservar, asi mucha para unir». En otras palabras, es difícil alcanzar y mantener una identidad firme. En el siglo XXI eso se ha hace aún más difícil, y aquellos que insisten en el concepto de «ser español» tendrán que aceptar la realidad de que serlo no es una realidad fija, que las condiciones sociales ya han cambiado lo que representa, y que habrá todavía más cambios en el futuro.

Este problema identitario ya es agudo en el Reino Unido, donde el concepto de «ser británico» o incluso el de «ser inglés» no es hoy lo que era hace 100 años. Un escritor reciente se lamentaba en The Times de que «la nación flota en busca de una definición donde agarrarse, ahora que todas las viejas características nacionales se han extinguido». Y, ciertamente, es verdad que «ser inglés» ha cambiado tan radicalmente que necesitamos mirar antiguos programas de televisión para visualizar la Inglaterra que una vez conocimos y creíamos que nunca cambiaría. Aquel país de tranquilos pueblos, de conversión educada con un acento inconfundible, de la iglesia de los domingos, del té con bollos de la tarde y de botes navegando por el río en tardes soleadas ha desparecido para siempre. En su lugar, la segunda mitad del siglo XX trajo cambios intensos y profundos: la secularización, la urbanización, la inmigración y, finalmente, el multiculturalismo, hizo volar el viejo sueño inglés y nos dirigió hacia un mundo que todavía no somos capaces de definir.

En los últimos meses, han aparecido dos o tres libros (más recientemente, The English National Character, de Peter Mandler) que intentan examinar lo que ha ocurrido. El debate sobre la esencia británica ha llegado hasta el Parlamento, mientras los políticos intentan sugerir soluciones a la pérdida de identidad. El hecho es que el Reino Unido ha cambiado de manera tan fundamental que sus ciudadanos ya no saben si son británicos o qué son, y la nación -piensan muchos- ya no tiene una identidad clara.

En circunstancias normales, los británicos aceptarían la situación y permitirían que se desarrollara la evolución lentamente. Sin embargo, como un reseñador del libro de Mandler apunta: «Su libro nos habla menos del carácter inglés que sobre pasadas autodefiniciones de identidad. Nos hace falta una nueva. Sin identidad, no puede haber lealtad. Y, sin algún reconocimiento de lealtad e identidad común, tenemos una sociedad en la que personas nacidas y criadas aquí pueden llegar a ser terroristas suicidas».

Los británicos siempre estuvieron orgullosos de su capacidad para enfrentarse a Hitler en la Segunda Guerrra Mundial, al igual que lo habían hecho anteriormente contra Napoleón y, aún yendo más lejos, contra la Armada Invencible de Felipe II. La necesidad de autodefensa ayudaba a generar patriotismo e identidad. La supervivencia de Gran Bretaña reforzaba el orgullo nacional, porque demostraba que todas las clases sociales eran capaces de unirse en contra de las amenazas dirigidas contra su seguridad y su cultura. La supervivencia también daba más confianza, y ayudaba a fortalecer muchos mitos sociales, aunque éstos no eran en general conflictivos y con el tiempo se resolvían por sí mismos. Las distinciones de clases, por ejemplo, empezaron a erosionarse, y se puso rápido remedio a la exclusión de las mujeres de la vida pública. Del mismo modo, los británicos lograron absorber las muy difíciles décadas de la inmigración extranjera en el siglo XX, y fueron capaces de aceptar con considerable tolerancia una nueva sociedad en la que caras de color moreno y negro ocupaban un significativo lugar al lado de las blancas.

Sin embargo, ¿aceptaban todas aquellas nuevas caras formar parte de la cultura nacional británica? ¿O, por el contrario, nunca se integraron en la nación y su cultura? ¿Y qué decir acerca de irlandeses y escoceses? ¿Estaban contentos con el estado de cosas? Comentaristas recientes parecen sugerir que los escoceses (que siempre han sentido que ellos eran más británicos que los ingleses) están consiguiendo la suficiente seguridad en sí mismos como para ya no necesitar identificarse con sus vecinos del sur. En absoluto son antiingleses, pero empiezan a apreciar que Escocia tiene su carácter distintivo. La consecuencia de los acontecimientos del último medio siglo, entonces, es que ya no estamos seguros de lo que significa ser británico. Efectivamente, la definición del ser británico ha tenido que cambiarse para hacer posible la cohesión social.

¿Ha sido ése un desarrollo poco saludable? No necesariamente. De hecho, como Mandler enfatiza, «ser inglés», lejos de ser un juego identificable de atributos, ha sido siempre una variable e inconsistente noción, modificándose para venir bien con las necesidades del momento. En cada siglo y generación, hubo distintas maneras de definir las características nacionales. Lo que no ha cambiado, por supuesto, es la necesidad básica de la lealtad de los individuos y grupos multiculturales. Es la razón por la que, esta semana, el líder del partido Conservador, David Cameron, ha sugerido que debería crearse una nueva fiesta nacional para ayudar a que las nuevas comunidades se identifiquen directamente con la sociedad en la que viven.

La voluntad de un pueblo tan tradicional como el británico de reconsiderar los atributos básicos de una identidad nacional debería dar cierto ánimo a los españoles, que nunca han disfrutado nada remotamente parecido a una identidad nacional. Es significativo que cuando algunos protagonistas del «ser español» intentan definirlo usan definiciones que evitan afrontar la compleja realidad de la Historia peninsular y buscan refugio en antiguos mitos o en una ideología política de la década de los 30 del siglo pasado. El resultado es que su punto de vista de «ser español» acaba siendo históricamente falso, demagógico e incluso racista. Sin embargo, al menos ellos han intentado, como Ramiro de Maeztu, definir identidad nacional.

¿Qué podemos decir sobre el fracaso de otros para crear una visión alternativa de España? Es sorprendente que los liberales estén de acuerdo con la identidad de España pero jamás hayan hecho -que yo sepa- ningún intento para definirla. Como saben los sociólogos, la identidad no es algo que existe, siempre necesita que se la construya y defina.

El fracaso para definirla adecuadamente puede ser un serio defecto. Como consecuencia, no será sorpresa alguna si generaciones futuras de ciudadanos de España, que tienen sus orígenes en otras religiones y otras culturas, no logran desarrollar ninguna lealtad hacia el país en el que han crecido. Cuando esto suceda, España no sólo tendrá el problema de ETA, tendrá muchos problemas, y muchas crisis de lealtad del tipo de las que los británicos están ahora intentando ocuparse.