El siglo maldito y nosotros

Tenemos dos formas de evaluar el impacto del cambio climático. Podemos acelerar la cinta de la historia e intentar predecir el futuro a partir de las tendencias recientes o podemos rebobinar y tratar de aprender del pasado. La última gran catástrofe provocada por el clima, y la única que ha dejado huellas en abundancia que poder analizar, tuvo lugar en el siglo XVII cuando una serie sin precedentes de acontecimientos meteorológicos violentos –sobre todo unas sequías e inundaciones prolongadas– acabaron con las cosechas y obligaron a emigrar, lo que condujo a guerras, rebeliones y revoluciones en todo el mundo. Se calcula que un tercio de la población humana pereció a causa de la letal sinergia de desastres naturales y estupidez humana.

Entre las manifestaciones de la estupidez humana del siglo XVII, la guerra ocupa un lugar de honor: de hecho, se convirtió en la norma a la hora de resolver los problemas nacionales e internacionales. España luchaba con sus vecinos casi constantemente, mientras que las rebeliones en 1640, primero de Cataluña y luego de Portugal y su imperio de ultramar, desencadenaron conflictos internos que durarían décadas. Solo en el año 1648, la intransigencia del Gobierno provocó rebeliones que paralizaron Rusia (el Estado más grande del mundo) y Francia (el Estado más poblado de Europa), así como Sicilia y Nápoles (ambas gobernadas por Felipe IV); entretanto, en Estambul (la ciudad más grande de Europa), unos individuos furiosos estrangularon al sultán Ibrahim, y en Londres el rey Carlos I era juzgado por crímenes de guerra (el primer jefe de Estado en serlo). En China, el número de levantamientos armados importantes pasó de menos de diez en la década de 1610 a más de 80 en la de 1630, y en ellos participaron más de un millón de personas; en 1644, un ejército rebelde se hacía con el control de Pekín y obligaba al último emperador de la dinastía Ming a suicidarse.

Muchos historiadores han estudiado esta agitación política, conocida como La crisis general del siglo XVII, pero pocos han trazado un mapa del cambio simultáneo que se produjo en los patrones meteorológicos dominantes, en particular los inviernos más largos y los veranos más húmedos, inundaciones y sequías que interrumpieron los periodos de crecimiento y destruyeron cosechas en todo el mundo. El año 1641 fue testigo del tercer verano más frío que se ha registrado durante los seis últimos siglos en el hemisferio norte; el de 1641-42 fue el invierno más frío que jamás se ha registrado en Escandinavia; el invierno de 1649-50 fue el más frío de los que se han registrado en China. Los climatólogos han apodado a este periodo Pequeña Edad de Hielo y le han atribuido tres cambios físicos –una oleada de erupciones volcánicas, el doble de episodios de El Niño que en la actualidad y la práctica desaparición de las manchas solares— que en conjunto provocaron una disminución de dos grados en las temperaturas del planeta.

Ahora, a un escéptico, un cambio de solo dos grados le parece insignificante; pero es precisamente la escala del cambio al que nos enfrentamos actualmente. El hecho de que sea un aumento (no una bajada) de dos grados no reduce el incremento de los acontecimientos meteorológicos extremos ni las consecuencias negativas que tienen para la Humanidad. En Centroeuropa, las «inundaciones del milenio» de 1997 y 2002 (llamadas así porque se consideraban acontecimientos que solo ocurrían una vez cada milenio) duraron apenas un mes, pero provocaron daños por valor de mil millones y 41.200 millones de dólares, respectivamente. La ola de calor del verano de 2003 en Francia y Alemania duró solo dos semanas, pero causó la muerte prematura de 70.000 personas. Hace solo una semana, en Filipinas, el tifón Haiyan duró solo unas horas, pero ha matado a diez mil personas y dejado sin casa a medio millón. Ante el panorama dantesco, un misionero declaraba desde Leyte a los medios en voz baja: «La gente desesperada cometerá actos desesperados». Ello me hizo pensar en documentos que he incluido en «El siglo maldito», palabras como las de don Juan Chumacero, presidente del Consejo Real, que advertía a Felipe IV en 1647, mientras el pan se acababa en Madrid, que «se puede temer algún arroxamiento… porque el hambre a ninguno respeta». Otros ministros recordaban al Rey que «el hambre es el mayor enemigo».

El actual debate sobre el cambio climático confunde dos problemas diferentes: por un lado, si el clima mundial está cambiando; por otro, si, de ser así, las actividades humanas tienen la culpa. Algunos siguen negando la influencia humana (igual que otros siguen negando que fumar aumente el riesgo de padecer cáncer de pulmón), pero las pruebas del siglo XVII demuestran no solo que los cambios en el clima mundial son una realidad, sino también que a menudo tienen consecuencias catastróficas.

A pesar de la certeza de que otro episodio de desaparición de las manchas solares, de erupciones volcánicas o de El Niño puede provocar hambrunas y trastornos económicos, y conducir a la inestabilidad económica y política, al igual que nuestros antepasados hace 350 años, no tenemos actualmente ninguna forma de evitarlo; pero a diferencia de nuestros antepasados, sí poseemos los recursos y la tecnología necesarios para prepararnos para ello. Por ejemplo, el principal asesor del Gobierno británico para asuntos relacionados con la ciencia ha examinado hace poco los estudios sobre la actual subida del nivel del mar en las costas de Europa y ha llegado a la siguiente conclusión: «Debemos invertir más en los proyectos sostenibles de gestión de costas y las crecidas, o bien aprender a vivir con una mayor cantidad de inundaciones». Lo mismo es válido para otros acontecimientos meteorológicos extremos, ya sean unas sequías más intensas o unos tifones y huracanes más fuertes: podemos gastar dinero en prepararnos ahora o podemos prepararnos para gastar mucho más después.

En el siglo XVII, la sinergia letal de desastres naturales y estupidez humana –entre condiciones meteorológicas, guerras y rebeliones– mató a millones de personas. Hoy día, una catástrofe natural de proporciones similares (independientemente de que los humanos tengamos o no la culpa del cambio climático actual) mataría a decenas de millones de personas. También provocaría desplazamientos en masa y violencia, además de poner en peligro la seguridad internacional, la sostenibilidad y la cooperación. Podemos seguir dejando para más tarde la cuestión de si las actividades humanas alteran el clima o no, pero no podemos aplazar la preparación para las consecuencias de esas alteraciones. Estudiemos por tanto la trayectoria y las consecuencias de las catástrofes causadas por el clima en el pasado, como las del siglo XVII, y preparémonos para lo inevitable.

Geoffrey Parker, historiador y autor de «El siglo maldito».

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