El silencio de los cómplices

Se cumplen hoy seis meses de la invasión de Ucrania el 24 de febrero por el ejército de Putin. Los expertos nos dijeron entonces que sería una guerra breve en la que la superioridad del ejército ruso doblegaría en pocas semanas la resistencia del pueblo ucraniano. No descubro nada al lector si le recuerdo el fiasco militar que supone pasar de esa expectativa de guerra relámpago con victoria militar incluida a necesitar seis meses para ocupar solo el este y parte del sur del país.

Pero quiero recordar lo que algunos dirigentes españoles y europeos dijeron e hicieron cuando comenzó la invasión, porque sus palabras parecen ahora olvidadas. Ellos son los primeros interesados en que se olviden para no correr el riesgo de tener que tragárselas, y prefieren que queden en el desván de las hemerotecas, digitales o de papel. Sus declaraciones de entonces demuestran bien a las claras que con su oposición a suministrar armamento a Ucrania estaban ayudando a Putin para que ganara la guerra. No hay que engañarse, son los aliados ideológicos, los infiltrados del autócrata en la Europa democrática.

Cuando la artillería de Putin empezó a arrasar ciudades y era urgente enviar ayuda militar a Ucrania, Ione Belarra, secretaria general de Podemos y ministra de Derechos Sociales, afirmó el 3 de marzo: «Enviar armas es un error, una medida ineficaz [….] la guerra no se va a frenar con más guerra». Un mes después, el 18 de abril, Pablo Iglesias también se opuso a la ayuda militar con el pretexto de que sería inútil dada la supuesta superioridad del ejército ruso: «No parece probable que el envío de material militar ofensivo pueda alterar la relación de fuerzas entre Ucrania y Rusia».

Los amigos, los topos de Putin en la Europa democrática, están en la extrema derecha y en la extrema izquierda; solo les une el rechazo al sistema democrático y la nostalgia por los regímenes autoritarios. Vladimir Putin es su referencia. En Francia, Marine Le Pen afirmó el 19 de abril: «No creo en absoluto que Rusia desee invadir Ucrania»; lo dijo cuando hacía casi dos meses que había comenzado la invasión. En estos seis meses ella y su partido se han opuesto sistemáticamente a las sanciones a Rusia. Es, además, un hecho bien conocido y publicado por la prensa francesa que recibió financiación de bancos relacionados con el Kremlin y que en 2014 apoyó la anexión de Crimea. A finales de marzo se negó a calificar a Putin de criminal de guerra.

El caso del dirigente italiano de extrema derecha Mateo Salvini es aún más escandaloso. A finales de junio Antonio Capuano, responsable de relaciones internacionales de su partido, la Liga, tuvo una entrevista secreta con Oleg Kustiukov, subdirector de la Oficina Política de la embajada rusa en Italia. Según el diario La Stampa de Milán tras esta entrevista estaba el interés de Putin en debilitar el flanco sur de Europa provocando la caída de Mario Draghi como primer ministro. El resultado no se hizo esperar, y el escándalo sacudió Italia cuando un mes después Salvini retiró su apoyo a Draghi, que tuvo que dimitir al quedar en minoría en el Parlamento. La tercera economía de Europa tiene ahora un gobierno en funciones mientras paga los intereses más altos de la UE, junto con Grecia, por el dinero que le prestan. La extrema derecha italiana ha contribuido de forma determinante a la debilidad política de Europa en plena guerra de Ucrania. Es difícil prestar un mejor servicio a Vladimir Putin.

No hay nada nuevo bajo el sol. Hace 90 años hubo otro tirano, Adolfo Hitler, que tuvo también sus topos en la Europa democrática. Mosley en Gran Bretaña, Degrelle en Bélgica, Laval en Francia, Pavelić en Croacia; ellos y otros miraron para otro lado cuando invadió Polonia y ocupó Austria y la zona de los sudetes. Sus seguidores nada quisieron saber de la persecución de los judíos, de la destrucción de sus negocios, de su expulsión de las universidades y de sus lugares de trabajo antes de la II Guerra Mundial. Nada decían mientras familias enteras desaparecían para siempre de sus hogares o huían de su país. Cuando acabó la guerra y se conocieron las salvajadas nazis, todos miraron para otro lado como si nunca hubieran sabido nada. Los amigos de Putin siguen su ejemplo y no dicen ahora una palabra ante la matanza de ucranianos ni ante el éxodo de los cinco millones que han tenido que huir de sus ciudades arrasadas.

Es el mismo silencio cómplice que guardaron los dirigentes comunistas europeos cuando Stalin eliminó a sus adversarios reales o imaginarios con sus sangrientas «purgas» o mandó a millones de rusos a los campos de concentración –los gulag– de donde la mayoría nunca regresó.

Cuando se cumplen seis meses de la invasión de Ucrania y se conocen las muertes y la desolación que ha provocado, quienes entonces la apoyaron en España quieren ahora ocultar esos apoyos y guardan silencio.

El silencio de los cómplices.

Emilio Contreras es periodista.

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