El silencio de los vascos

En los años noventa, un amigo y antiguo alcalde de Madrid acompañó a mi despacho a uno de los padres de la patria. Este deseaba conocer algo ajeno a nuestro desempeño: si informes confidenciales de enjundia para empresas y partidos políticos tendrían aceptación. Como ejemplo estelar expuso: Arzallus ¿es nacionalista o separatista? Sorprendido, transmití a mi egregio visitante que no creía que se remuneraran esas opiniones. Hoy, cuando menos, hubiera sugerido plantear cosas más intrigantes, como: a) ¿Por qué Urkullu da la impresión de estar callado? b) ¿Volverá ETA a atentar? Y c) ¿El nacionalismo conseguirá la independencia? Es obvio que no tengo las respuestas, pero puede ser interesante analizarlo.

No hay nacionalistas buenos y separatistas malos. Todos son independentistas. La diferencia es que Urkullu es sensato. Tiene una crisis que gestionar, y los temas identitarios son déficit añadido. Si a los catalanes en Europa no les han hecho caso –pensará Urkullu–, imagínense a nosotros, que somos más pequeños y pretendemos una parte de Francia. Posponer su anunciado referéndum al 2015 le va a permitir conocer con tiempo, y sin decir ni pío, qué fue del desafío catalán y si Rajoy perderá las próximas elecciones.

Pero posponer la consulta también es reconocer que Europa es una apisonadora que trabaja diariamente a tres turnos produciendo leyes y jurisprudencia. Y que cuando se consoliden estructuras más irreversibles (alguna lo hará en los dos próximos años) los nacionalistas podrían quedarse sin margen de maniobra. Todos sabemos que se puede salir del Eurogrupo. Pero ¿conocemos si hay un mecanismo establecido para salir de la Unión Europea? La respuesta es que no lo hay. En ese caso, si el nacionalismo no puede aspirar a la independencia ni librarse con facilidad de Europa, ¿qué espacio político le queda? Vistas las cosas con realismo, el problema para Urkullu no sería celebrar un referéndum, ni siquiera ganarlo. De trascender y confirmarse estas ideas, su problema sería un frenazo embarazoso de expectativas. Desmontar el independentismo exigiría no solo pedagogía en el planteamiento, sino reemplazarlo por objetivos de calidad: el crecimiento ec onómico y conciliar los viejos problemas familiares. Curiosament e , Urkulluestá y a dedicado a ambos; l o cual, más que una coincidencia, acaso sea un diagnóstico.

Otra razón para su reserva es que la izquierda abertzale no es buena compañera de viaje en los asuntos europeos. Cuando Bildu dice que «los vientos que vienen de Europa soplan a favor de la independencia», o es ignorancia supina o láudano para sus bases. Europa no les gusta porque es de rigor conservador, opuesta en ética y estética, laboralmente exigente, de economía indescifrable y peor madrastra que España. Y si preguntáramos a Europa por ellos, el cariño sería parecido.

Pero, más allá de algunos desahogos, el silencio de la izquierda abertzale comparado con el fragor habitual se debe a que su prioridad no es ni la autodeterminación ni la crisis. Su prioridad son los presos. Acontece que los que están entre rejas, sus líderes, ven cómo otros disfrutan de las prebendas de la política a su costa; y los de fuera, los portavoces, no pueden sin ellos prodigarse a hablar y han de convivir con el estigma que señala su habilidad para no estar encarcelados.

Si por exceder los límites impuestos por el Tribunal Constitucional Bildu fuera ilegalizada, muchos vascos auguran que no habría atentados porque el pueblo vasco ha pasado página. No lo sé. Mi intuición femenina me traiciona últimamente. Pensaría, como Carrillo, que es más fácil crear una organización clandestina que eliminarla. Ahora bien, si comprobaran que Europa es una ratonera de oro, que imposibilitara su sueño de independencia, la desesperación no sería sólo cosa de unos incontrolados. Quienes gobernaran Euskadi en ese momento tendrían que arrostrar cierta frustración sobrevenida. Cualquier líder serio contaría con ello.

Para gobernar instituciones, los conocimientos de la lucha callejera no son suficientes. Por eso el PNV, en condiciones normales, irá comiendo espacio a Bildu. Más aún si la votación de la diáspora, otro colectivo silente –200.000 en teoría–, añadiera muchos votos a PSE o PP (ruidosamente callados); circunstancia imposible de anticipar porque cada familia es un mundo y porque el desarraigo puede limitar sus efectos.

La pregunta responsable que el PNV necesita formularse e s : ¿e n 2 030, Euskadi habrá ganado la independencia o sus pretensiones se habrán esfumado? Cierto que es insolente irrumpir así en el limbo de los demás, pero deben saber dónde están para centrar su acción de gobierno. La prudencia de Urkullu tiene algo de respuesta. Cosa distinta es que en 2030, por supuesto, se seguirá celebrando en las campas de Euskadi el día de la patria vasca.

Para Urkullu ayudar a los presos sería un éxito. Muchos canjearían libertad por independencia y llenarían con su presencia una atmósfera de vacío. Además, fortalecería su liderazgo y de paso crearía un guirigay de poder en Bildu. Por eso Urkullu porfía en este tema con Rajoy, con quien se entiende mejor que Mas.

Rajoy calla: se debe a la ley, a los constitucionalistas y a las víctimas del terrorismo. No está incómodo: el tiempo y Europa juegan a favor de la continuidad ininterrumpida de España, a la que no fueron ajenos los grandes vascos: Ignacio de Loyola, Juan de la Cosa, Elcano, Blas de Lezo, Churruca, Unamuno, Baroja, Chillida, Loyola de Palacio… Ninguno dio síntomas de localismo ni se quedó en casa, por eso fueron españoles universales. Contar con su apoyo tácito le da mucha fuerza.

El silencio de los vascos no es el silencio de los corderos. Todo lo contrario, es el sigilo cauteloso de los que creen que todavía tienen opciones, pero que, altamente condicionados, no quieren excitar demasiado a su gente por si acaso. Porque, si bien el tiempo juega a favor de España, no lo hace a favor del nacionalismo, y menos de Rajoy. Con una diferencia, y es que este con seguridad lo sabe.

José Félix Pérez-Orive Carceller

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