El silencio es más fuerte

El domingo 8 de mayo México fue atravesado por marchas en protesta por la sangre derramada. La lucha contra el narcotráfico emprendida por el presidente Felipe Calderón ha dejado un saldo de 40.000 muertes en cuatro años.

Obviamente, el gobierno no es el causante de la violencia, pero su fallida estrategia ha sumido al país en la zozobra. Las manifestaciones contra la violencia fueron convocadas por Javier Sicilia, poeta, activista, católico de izquierda, cuyo hijo Juan Francisco, de 24 años, fue asesinado hace unas semanas en la ciudad de Cuernavaca.

Sicilia pidió que se caminara en silencio, en un acto de comunión capaz de unir a todos los que padecen la violencia.

Calderón reaccionó con poca sensibilidad a esta muestra de hartazgo cívico. Después de asistir al Vaticano a la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II (contraviniendo el espíritu de la Constitución de 1917, que estipula la separación de la Iglesia y el Estado), pidió comprensión para su política y advirtió que modificar la estrategia favorecería al crimen organizado.

El presidente de México considera que aceptar un error es peor que cometerlo. Su aislamiento es cada vez mayor. ¿Quién respalda una política que aterra? La gente que votó por él ignoraba que sacaría el Ejército a las calles. Sus promesas de campaña fueron otras; algunas de ellas eran fáciles de cumplir, como la eliminación de la tenencia (el impuesto por tener un coche); sin embargo, ya en el poder, se concentró en operativos militares.

Acabar con el tráfico de drogas es necesario. Lo que está en entredicho es el método. Calderón inició su estrategia a 14 días de asumir el poder. Todo parece indicar que utilizó el tema como cortina de humo para distraer las acusaciones de fraude después de la reñida elección de 2006.

Zapatero cometió el error de reconocer a Calderón antes de que el Tribunal Electoral diera por buenos los comicios y cuando una ola de protesta recorría el país. Ese precipitado aval fue decisivo para un candidato conservador que durante la campaña recibió el apoyo de Aznar.

Calderón no busca consensos ni el consejo de los expertos. Lanzó una ofensiva frontal, sin tomar en cuenta que el problema tiene ramificaciones económicas, financieras, políticas, jurídicas, culturales e incluso religiosas.

Un ejemplo muy sencillo de la torpeza con que ha actuado: en julio del 2010 entró en vigor una disposición que impide transacciones en efectivo por más de 100.000 pesos (unos 8.000 dólares). Esto dificulta el lavado de dinero, pero entró en vigor ¡tres años después de movilizar al Ejército! Durante 36 meses el Gobierno anunció a los criminales que pretendía detenerlos y les permitió hacer transacciones en efectivo, gran incentivo para lavar dinero.

En enero del 2011 participé en el encuentro de prevención del delito organizado por la Secretaría de Gobernación, nuestro Ministerio del Interior. Hubo contribuciones notables, especialmente de expertos colombianos, que pusieron el acento en la necesidad de reconstruir el tejido social para combatir el crimen: más importante que detener a un narco es impedir que alguien lo sea. Aunque las conclusiones fueron valiosas, difícilmente serán tomadas en cuenta. El encuentro dejó un sabor irónico: la prevención llega a posteriori. La discusión de alternativas se asume como un trabajo de relaciones públicas: no se cambia nada, pero se simula interés en oír a los demás.

La incapacidad para aceptar discursos alternativos se confirmó en el foro internacional sobre legalización de las drogas inaugurado por el propio Calderón. Antes de escuchar a los ponentes, aclaró que estaba en contra de cualquier tipo de despenalización de los estupefacientes.

«Pobre México: tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos», dijo el dictador Porfirio Díaz. Somos vecinos del máximo consumidor de drogas del planeta. No es posible luchar contra el narco sin coordinación con Estados Unidos. Barack Obama designó embajador en México a Carlos Pascual, funcionario de espléndida formación académica, con dominio del castellano y determinación de solucionar problemas. Sin embargo, Calderón enfureció cuando Wikileaks reveló las opiniones del embajador. Pascual desconfiaba de la capacidad de las fuerzas armadas mexicanas, criticaba la falta de coordinación de los distintos cuerpos policiacos y analizaba la endémica corrupción del país. Aunque esas opiniones pertenecen al sentido común, Calderón pidió que el embajador fuera removido. Estados Unidos aceptó, pero no nombró sustituto, con lo que descendimos un escalón en el trato bilateral. Sin interlocución con los vecinos, no hay forma de frenar el tráfico de drogas y armas.

Calderón acaba de aumentar sus gastos de publicidad el 300%. Aunque aconsejarse es gratuito, él no quiere hacerlo. Por eso, el domingo México marchó en silencio.

Por Juan Villoro, escritor.

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