El Síndrome de Faluya

Por Manuel Castells, sociólogo y catedrático emérito de la Universidad de Berkeley (EL PERIODICO, 02/05/04):

La aparente retirada de los marines de Faluya, la ciudad símbolo de la resistencia iraquí, horas después de lo que se anunció como el asalto final, pone de relieve el fracaso político y militar de la coalición ocupante. Lo que empezó como acciones puntuales de resistencia se ha convertido en insurrecciones populares, tanto sunís como shiís, y en rechazo mayoritario a las fuerzas de ocupación.

En abril han muerto (oficialmente, aunque las bajas deben ser mayores), más del 20% de los casi 800 soldados estadounidenses víctimas de la guerra. A los que hay que añadir militares y civiles de otros países, entre los cuales se hubieran contado, inevitablemente, numerosas bajas entre las tropas españolas estacionadas en Nayaf. La retirada de la Brigada Plus Ultra se ha efectuado a tiempo: una vez aceptado el error de la ocupación de Irak, toda nueva muerte, de uno y otro lado, se convierte en absurda.

Pero la guerra continuará, porque para Bush y los neoconservadores estadounidenses, su resultado es decisivo, tanto para el control de Oriente Próximo y su petróleo, como para la estrategia de dominación geopolítica global, con el pretexto de la lucha contra el terrorismo. Los documentos que se están revelando en Estados Unidos en este momento demuestran que la guerra de Irak estaba preparada desde antes del 11 de septiembre y que el bárbaro atentado terrorista se utilizó políticamente para justificar la puesta en marcha de la estrategia de ataques preventivos y control de los puntos sensibles del planeta.

AHORA EL éxito de esa estrategia está en peligro porque Estados Unidos está perdiendo la guerra de Irak. No en el sentido militar estricto, al igual que nunca hubiese podido ser derrotado totalmente en Vietnam. Pero sí en términos políticos, por el impacto de la forma en que se desarrolla la guerra sobre la opinión pública mundial y la propia sociedad norteamericana.

Ahora la gente ya sabe que Al Qaeda y Sadam no tenían nada que ver. Que no había armas de destrucción masiva. Que los servicios de inteligencia mintieron y que los dirigentes políticos (incluido Aznar) repitieron sus mentiras. Que en base a ello justificaron la guerra. Que cuando esa justificación se hizo insostenible, se cambió el argumento al de la liberación de Irak.

Y ahora se hace cada día más evidente la dura verdad: que la mayoría de los iraquís rechazan la ocupación (al menos un 57%, según las encuestas americanas) y muchos parecen decididos rebelarse contra el Ejército más poderoso del mundo, aun al precio de sus vidas, para recuperar el control de su país. Faluya ha sido bombardeada y asediada “en nombre del pueblo iraquí”, según la increible afirmación de Bush. El líder shií Al Sadr es buscado vivo o muerto. Los marines se plantean atacar Nayaf, la ciudad santa de los shiís.

Bush quiere aplastar toda resistencia armada antes del 30 de junio, para poder entregar una administración con soberanía restringida a un gobierno de tecnócratas nombrados por los ocupantes, con el fin de llegar a la elección de noviembre en Estados Unidos con una apariencia de legalidad y estabilidad.

PERO LA historia enseña que la violencia indiscriminada del ocupante genera una resistencia aún más determinada. Por eso la guerra de Irak entra en una nueva fase. Y, como en Vietnam, esa guerra la ganará quien la gane en las mentes de la gente, en Irak, en el mundo y, sobre todo, en Estados Unidos. Por eso el síndrome de Faluya sienta precedente, es decir: la incapacidad de acción militar sobre el terreno en función de sus repercusiones políticas.

El Pentágono está hoy a la defensiva en su propio país. La publicación en internet de las fotos de ataúdes de los soldados caídos en Irak ha roto la censura oficial y dado testimonio gráfico del nuevo Vietnam que se está generando. La difusión por la televisión americana de imágenes de las torturas a que el Ejército estadounidense somete a los prisioneros iraquís en los mismos locales de tortura que utilizaba Sadam es un golpe a la legitimidad de la autoproclamada liberación.

Los ciudadanos estadounidenses empiezan a hartarse de una guerra cada vez más costosa, humanamente y económicamente, y que ha aumentado el riesgo de terrorismo, al incrementar el odio y la movilización de los musulmanes contra Estados Unidos e Israel. Hoy día, un 60% de estadounidenses piensan que la guerra de Irak no vale la pena y casi la mitad que fue un error. Si esto sigue así, el mensaje moderado de Kerry puede calar lo suficiente para derrotar a Bush en noviembre.

Ahora bien, una vez ocupado Irak, es impensable para Estados Unidos retirarse sin más. Sólo puede hacerlo mediante traspaso de autoridad a un gobierno iraquí elegido democráticamente y apoyado en fuerzas multinacionales bajo la autoridad de Naciones Unidas. Esa es la política de Kerry. No será fácil de realizar, pero al menos ofrecería una posibilidad de salida ordenada a medio plazo. Pero si Bush consigue ganar, mediante un oportuno atentado de Al Qaeda o gracias a un error de imagen de Kerry, entonces la opción militar se prolongará. Y con ello, la israelización de Irak, de consecuencias dramáticas para el mundo.

Ha llegado el momento de que la Union Europea, a partir del nuevo eje franco-alemán-español, ayude a Naciones Unidas a sacar a Estados Unidos y a Irak del atolladero en que los han metido los coaligados de las Azores.