El síndrome de Fukushima

Comúnmente, se hace referencia a los dramáticos acontecimientos que se desarrollaron en la central nuclear Daiichi de Fukushima después del maremoto del año pasado como “el desastre de Fukushima”. Basta con esa descripción para empezar a entender los importantes malentendidos que rodean a la energía nuclear.

Fue el maremoto, causado por el mayor terremoto que haya padecido jamás el Japón, que causó la muerte de más de 16.000 personas, destruyó o dañó unos 125.000 edificios y dejó el país ante la crisis más grave, según la calificó su Primer Ministro, desde la segunda guerra mundial. Sin embargo, a Fukushima es a la que se suele aplicar la etiqueta de “desastre”.

En realidad, aunque lo que ocurrió fue espantoso, se podrían interpretar los acontecimientos habidos en las horas y los días posteriores al choque de una ola gigantesca contra el muro marino de protección de la central nuclear como un notable testimonio de las sólidas credenciales de una central nuclear. Desde luego, las repercusiones medioambientales en quienes viven cerca de Fukushima pueden tardar muchos años en remediarse, pero la reacción en muchas partes –en particular, en Alemania, Suiza y otros países que inmediatamente condenaron y abandonaron la energía nuclear– demostraron la persistente falta de conocimientos sobre dos cuestiones fundamentales.

La primera es la seguridad; la segunda, la radiación. Para evaluar la energía nuclear por lo que es en realidad y no desecharla con argumentos poco más que ignorantes e intransigentes, tenemos que fomentar un diálogo mucho menos excluyente y mucho más informado.

¿Prohibirían los viajes aéreos las numerosas personas que sí que lo harían en el caso de la energía nuclear? Al fin y al cabo, los paralelismos entre las dos industrias son fundamentales para la cuestión de la seguridad.

Con frecuencia se nos dice que, estadísticamente, los viajes aéreos tienen una mejor ejecutoria en materia de seguridad que ninguna otra forma de transporte. Podría resultar útil resumir las numerosas razones relacionadas entre sí que lo explican comparando un aeroplano con una bicicleta.

Todos sabemos que un avión es un aparato muy complejo y que una bicicleta no lo es. También reconocemos que las consecuencias de un accidente aéreo pueden ser mucho más catastróficas que las de un ciclista al salirse de la calzada para tomar una curva camino de casa y de vuelta de unas compras. Así, pues, el diseño y la fabricación de un avión es muchas veces más complicado y minucioso que el diseño y el montaje de una bicicleta.

Lo mismo se puede decir de los 450 reactores nucleares, aproximadamente, que existen en todo el mundo. La realidad es que la ejecutoria de esa industria en materia de seguridad no tiene comparación con ninguna de sus rivales, que no la superan. Como los aviones, los reactores nucleares están concebidos y construidos con unas normas alucinantes.

Pese a la tensión y el miedo que rodearon la lucha contra una fusión nuclear en Fukushima, no debemos olvidar que las instalaciones –y con ellas la idea misma de una industria de energía nuclear– estuvieron sometidas a una prueba extraordinaria, en el sentido más estricto de la palabra. De no ser por unos fallos de diseño que en la actualidad no se repetirían, Fukushima habría podido perfectamente sobrevivir intacta… y la historia habría sido muy diferente.

De hecho, la energía nuclear es una propuesta más segura ahora que nunca, pero, para muchas personas, el mero espectáculo de un acontecimiento como el de Fukushima –independientemente del resultado– es suficiente para sacar la conclusión opuesta. Si un 747 se estrellara contra unas instalaciones nucleares, no es probable que se pidiera que se declarasen todos los aviones fuera de la ley, pero el clamor en pro de que se cerraran inmediatamente todos los reactores del planeta sería probablemente ensordecedor.

Recuérdese, además, que la central de Fukushima fue construida en el decenio de 1970 y que la tecnología en la que se basó databa de un decenio anterior. Sus sucesoras son radicalmente diferentes por su funcionamiento, como también el marco reglamentador, que establece criterios asombrosamente nuevos para el cuidado y la calidad requeridos en todas las fases del proceso.

Los argumentos contra la energía nuclear están profundamente arraigados en las preocupaciones por la seguridad en general y la radiación en particular. Como el accidente de Fukushima ha reforzado demasiadas opiniones y ha modificado demasiado pocas, reviste importancia decisiva que intentemos dar claridad a esas cuestiones, en particular en los países, incluido el Reino Unido, en los que la idea de una política energética sostenible sigue sin determinar.

Si bien conocemos los corolarios de altos niveles de exposición a la radiación, lo que sucede en el otro extremo de la escala es menos claro. El mundo está lleno de radioactividad –las paredes, el cemento e incluso los plátanos contienen rastros de ella– y nuestros cuerpos se han adaptado a ella. En países como el Brasil y la India, las personas viven en ambientes que presentan entre 20 y 200 veces la radiación existente comúnmente en el Reino Unido, al parecer sin efectos genéticos negativos. Algunos expertos sostienen incluso que podemos necesitar cierto grado de radioactividad para estimular nuestros sistemas inmunes.

Naturalmente, siguen existiendo preocupaciones en torno a las decisivas cuestiones de la eliminación y proliferación de residuos. Una vez más, es necesario un debate con conclusiones acordadas por consenso.

Pero para ello es necesaria una hoja de ruta que nos indique la situación actual y lo que debemos hacer. Debemos crear la necesaria cultura dialogante en la industria y en el mundo académico y debemos alentar a la población a pensar y reflexionar más. Por encima de todo, debemos aumentar la comprensión por parte del público del sector energético en conjunto.

Actualmente, hay demasiados “yo sé” y “esto es lo que firmemente creo”, procedentes con frecuencia de personas influyentes, en casos en los que no todo es blanco o negro. El de Fukushima es uno de ellos.

Aún no es demasiado tarde –no del todo– para empezar a formular el debate más amplio de la energía nuclear en un lenguaje que informe en lugar de alarmar y con términos que contribuyan a la expresión de juicios equilibrados y no a consolidar prejuicios sostenidos durante demasiado tiempo.

Por Martin Freer, profesor de Física Nuclear en la Universidad de Birmingham.

1 comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *