El síndrome de Jerusalén

Más allá de consideraciones morales, el asalto del Ejército israelí a la flotilla de la libertad desconcierta por lo absurdo. ¿Qué pensaba ganar el Gobierno de Israel con una acción tan manifiestamente desproporcionada, que solo puede acarrearle efectos negativos: aislamiento internacional, ruptura con un interlocutor tan útil como Turquía, mayor radicalización palestina, problemas con Estados Unidos? En un conflicto que, para muchos, solo admite adhesiones incondicionales, la pregunta es retórica. La respuesta es conocida de antemano: esta acción es una prueba más de la maldad absoluta del Gobierno judío (campo propalestino) o esta acción forma parte de la obligación del Gobierno judío de protegerse de las agresiones permanentes (campo projudío). Ninguna de las dos respuestas aporta nada a la comprensión de la realidad: simplemente, blinda a cada uno de los campos frente a los argumentos del otro.

No es fácil encontrar una explicación a una acción incomprensible políticamente. Buscando explicaciones racionales a veces cuesta entender el papel que la estupidez juega en las decisiones humanas. Hay que contar, por tanto, con el carácter embrutecedor de la violencia (Eva Illouz). La rutina de la violencia ha acabado lastrando a un pueblo tan irónico, sofisticado, creativo, como el pueblo judío. La obsesión de que los enemigos están en todas partes bloquea la capacidad de raciocinio. Sobre esta cerrazón se construye el razonamiento, denunciado por Amos Oz, que guía una y otra vez la acción del Gobierno israelí: “Lo que no puede hacerse por la fuerza, puede hacerse utilizando una fuerza mayor”.

Se construye así una atmósfera “de presunción y de narcisismo” (André Glucksmann), que hace posible la paradoja que Enric González describía en este periódico: “Los israelíes se sienten fuertes y se ven débiles”. La derecha y la izquierda israelíes se creen capaces de resolver definitivamente el problema por sí mismas. No tienen en cuenta ni las contradicciones entre los palestinos y entre el mundo árabe, ni las diferencias entre las potencias internacionales. Y, al mismo tiempo, se sienten acorralados por un mundo que no les comprende. Un narcisismo que hace simetría con el de amplios sectores de la opinión pública internacional que piensan que con buenas intenciones se puede resolver todo.

A esta incapacidad de interactuar con la complejidad del conflicto responden tanto los esfuerzos de los gobernantes israelíes de reducir ideológicamente el conflicto a una lucha contra el terrorismo islamista (Hamás, Hezbolá), como la capacidad de hacer abstracción del uso táctico del terrorismo por parte de los palestinos. Es evidente que haber encerrado a más de un millón de personas en una franja insalubre y miserable da mucha asimetría al dibujo. Y que la desproporción entre la capacidad bélica de Israel y la de los palestinos es tan abrumadora que es imposible pensar que el conflicto se da en una mínima igualdad de condiciones.

Probablemente uno de los obstáculos a la resolución de este conflicto es la enorme presión sobre los actores por el hecho de que la cuestión palestino-israelí sea considerada algo así como el conflicto de los conflictos. Pero hay cosas que van más allá de las voluntades políticas: Jerusalén lleva una enorme carga de historia encima, como capital universal de las religiones del Libro, donde se lucha patéticamente por el metro cuadrado de espacio sagrado.

En un entorno tan cargado, nada hay peor que la negación de la realidad. El terrorismo es una táctica bélica. A una organización se la puede llamar terrorista cuando esta forma de violencia es su manera exclusiva de estar en el mundo. No es el caso de Hamás. Utiliza el terrorismo, pero como ha escrito Amos Oz, “no es solo una organización terrorista. Es una idea desesperada y fanática que surgió de la desolación y la frustración de muchos palestinos”. Y es una organización que da a los palestinos lo que otros les niegan: una mínima asistencia y protección. Al convertir a Hamás en el enemigo total, Israel no hace sino favorecer la derrota de la Autoridad Palestina y alargar sine die la resolución del problema. A nadie favorece tanto como a Hamás la imposibilidad de la paz.

No estoy seguro de que el destino ideal del pueblo judío fuera tener un Estado propio en Israel. Su condición de nación sin territorio, de nación sin patria o si se prefiere, nación cuya patria es el texto (Georges Steiner), tiene probablemente mucho que ver con la fuerza creativa que los judíos han esparcido por el mundo. Y era, por lo menos desde mi punto de vista, una singularidad muy atractiva. Tenía evidentemente sus riesgos. Que como la historia ha demostrado podían ser terribles: la persecución, la diáspora, el genocidio. La compleja relación ideológica del Estado de Israel con la Shoah es bastante indicativa: “Nunca más iremos a la muerte como corderos”. Expresa una voluntad de superación muy estimable, pero también una relación equívoca con las víctimas y una coartada para sentirse portador de un derecho ilimitado a la autodefensa.

La emigración masiva de judíos de la antigua URSS hacia Israel ha introducido factores de desequilibrio en la sociedad, radicalizándola hacia la derecha. La convivencia cotidiana con la violencia y con el discurso de los amigos y los enemigos, también. Los judíos askenazis laicos han perdido peso a favor de los ortodoxos ultrarreligiosos. Hay soldados conjurados a no cumplir órdenes de desalojo de un asentamiento en territorio palestino. De modo que la carga religiosa es cada vez más fuerte en los dos polos del conflicto. Y se conoce que las políticas de lo sagrado conducen a la imposibilidad del compromiso.

Desde Israel se quiere competir con los palestinos en ganar la condición de víctima ante la opinión pública mundial. Es una batalla perdida. La asimetría es demasiado grande. Las condiciones de humillación permanente a que se somete a los palestinos en Cisjordania y el confinamiento de más de un millón de personas en Gaza siempre pesará más a los ojos del mundo que los atentados terroristas de Hamás o las bravuconadas de los líderes islamistas. Israel vive con la sensación de estar rodeada de enemigos.

Después de un siglo tan sangriento como el pasado, el respeto y consideración a las víctimas ha ganado terreno en la opinión pública mundial. Pero, al mismo tiempo, se reconoce que la posición de víctima no es la más adecuada para diseñar una política. Y esto vale por los palestinos, encerrados a menudo en un victimismo de la impotencia, y para los judíos, que han hecho de su victimización la coartada para utilizar la fuerza a su antojo.

El filósofo Avishai Margalit acaba de publicar un ensayo que empieza así: “Este libro es la búsqueda justa de la paz, más que la búsqueda de una paz justa. La paz puede ser justificada sin ser justa”. Abogado de las políticas negativas, Margalit es de los que piensan que es más importante buscar acuerdos para defenderse del mal, que pensar en la construcción de imposibles ciudades ideales. Pero estas apuestas pacificadoras por una sociedad decente, en la que las instituciones no humillen a los ciudadanos, requieren el compromiso firme para aceptar soluciones no completamente justas, en aras de evitar un mal mayor.

La búsqueda del mal menor se ha cifrado en la división en dos Estados. Solo cuando las dos partes acepten este mal menor, por encima de las fantasías redentoras de cada una de ellas, y se comprometan seriamente a ir hasta el final, se podrá vislumbrar un cambio en Palestina. Y hay razones para pedir que Israel dé pasos decisivos, a condición que la otra parte afronte sus desacuerdos internos. El problema es que la cuestión judeo-palestina está cada vez más teñida de lo religioso y las políticas de lo sagrado viven del enfrentamiento, del bien contra el mal. ¿Qué resquicios de entendimiento puede haber entre quienes se consideran dueños de un territorio por decisión divina, y quienes responden con el terrorismo suicida negando cualquier posibilidad de reconocimiento mutuo? En ambos lados, en vez de avanzar hacia la emancipación de la religión, se ha retrocedido hacia las políticas de Dios, hasta convertirse en políticas del nihilismo: la redención por la destrucción del otro o del otro y de yo mismo a la vez (en este extraño rito de abrazo mortal al otro que es el suicido terrorista descrito por Jacqueline Rose). El síndrome de Jerusalén parece condenar a israelíes y palestinos a la locura de la paz imposible. Y el resto del mundo contempla el espectáculo, grita consignas y deja que la tragedia continúe.

Josep Ramoneda

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