El síndrome de la patota

Borges, a quien el peronismo le echó de su cargo de bibliotecario municipal y le nombró inspector de gallinas, y a la elegante madre del escritor la metió en la cárcel junto a un grupo de distinguidas porteñas, entre ellas, Victoria Ocampo, por «gorilas» (término despectivo hacia los antiperonistas), fue quien recordó que «los argentinos descendemos de los barcos», no de los mayas, ni de los aztecas, ni de los incas, ni de los pocos indígenas de la Patagonia (porque los masacraron, como los americanos del norte hicieron con sioux, apaches y demás), sino de los barcos, es decir de la inmigración, de Europa. Un amigo, profesor en la Universidad de Buenos Aires, me confesó que un argentino daría la mitad de su Producto Interior Bruto por tener en su territorio una pirámide azteca, una ruina maya o la tercera parte de Machu Pichu. Es cierto, Argentina, los argentinos de hoy descienden de los barcos, de los millones de inmigrantes que entre 1880 y 1930 salieron de la vieja y decrépita Europa a la nueva tierra de promisión, a la «promise land» americana. Viajaron al norte (Nueva York, la isla de Ellis, que en tantas películas se ha recordado) y al sur (Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes, costanera sur).

Llegaban al norte, de Irlanda, Italia, Noruega, Suecia, Rusia, Alemania, Dinamarca, Polonia, Hungría; al sur, de España, Italia, Armenia, Turquía, Polonia, Rusia, Siria. No era una casualidad. Es justo reconocer que esos millones de inmigrantes crearon la Argentina que hoy hace cien años disfrutaba de un PIB semejante al de Estados Unidos, de ahí que los europeos cuando pensaban en un lugar bajo el sol donde emprender una nueva vida no tuvieran ninguna duda: Nueva York o Buenos Aires. Pero todo se truncó con la irrupción, en la década de los años cuarenta del siglo XX, de un gobierno rabiosamente nacionalista, ahíto de intervencionismo y de marcado sabor populista: Perón. Ahí fue donde comenzó el declive que no ha parado, salvo alguna honrosa excepción, hasta ayer mismo. El grito de «ladrón o no ladrón queremos a Perón»ha impregnado la actividad política de Argentina a lo largo de décadas. Primero fueron los descamisados de Evita, después los piqueteros de Kirchner, y entre medias una población brillante y culta que se deshacía a pedazos. Al poco de llegar Perón al poder la ola de nacionalizaciones alcanzó a los ferrocarriles, que fueron intervenidos a un coste desmesurado cuando un año después no habrían costado ni un peso porque finalizaba la concesión. Pero hacía falta un gesto, una afirmación nacionalista al coste que fuere. Nada nuevo, por tanto, en el neoperonismo actual.

En Argentina aún hoy, un siglo después, los españoles son «gallegos», los italianos «tanos», los judíos «rusos», los llegados del otro lado del Bósforo «turcos» y los japoneses y chinos «tintoreros»; entonces, ¿quiénes son los argentinos? El nacionalismo es la clave para entender el conflicto civil latente desde la llegada de los primeros inmigrantes. El aglutinante político que busca una identidad fragmentada desde sus comienzos. Una ficción que se alimenta en los momentos de crisis y que se jalea con unas dosis pasionales de milenarismo vocinglero y literario.

Cuando Ortega, en su primera visita a Argentina, 1916, queda deslumbrado por la riqueza del país, por la potencia de sus clases medias, por su ejemplar modelo universitario, por esa megalópolis que es, aún, Buenos Aires —ya Malraux cuando arribó a la capital argentina sentenció: «Buenos Aires es la capital de un imperio que no existe»— les anima, con unas palabras que no fueron muy bien recibidas pero que fijaban los anhelos del futuro de la gran nación americana: «¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse, a preocuparse de ellas, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal».

Lo ocurrido hace apenas unas horas no solo subraya, sino que esmalta la lúcida apreciación de Ortega. A la defensiva y secuestrados por los complejos de lo personal. Del agravio imaginario, del que se nutre el nacionalismo, del sueño de una Arcadia que nunca existió, de un imperio que nunca existió. Para los que hemos vivido, y disfrutado, y de qué manera, de la vida en Buenos Aires, las palabras de Ortega son luminosas, contundentes, clarificadoras. «Se ha olvidado —continuaba Ortega en su alocución—, o no se ha querido aprender, que hoy no hay nada más peligroso para una nación o conjunto de ellas que pasar la raya del intervencionismo y autoritarismo del Estado».

La historia que ahora comienza a terminar tiene un punto de partida, quizá, una mañana porteña de 1990, cuando en la sede de la Embajada de España en Buenos Aires el entonces presidente del Gobierno español afirmó: «Si tuviera dinero invertiría en Argentina». Desde aquella fecha las empresas españolas creyeron en esa capacidad de regeneración de los argentinos que había reclamado Ortega, y las inversiones añadieron al dinamismo austral eficacia en la gestión. Solo un ejemplo. Antes de la llegada de Telefónica a ese lado del Río de la Plata, los padres inscribían a sus hijos recién nacidos para que, cuando llegaran a la edad correspondiente, pudieran disfrutar de una línea de telefonía. Ese era el tiempo de las listas de espera. Todo cambió para el bienestar de la mayor parte de la población. Invertir en un país es un acto de fe, una voluntad que requiere solo un elemento: lealtad y seguridad jurídica. Escribe Natalio Botana: «Cuando la Argentina emprendió una azarosa navegación a lo largo del siglo XX, quienes se consideraron guardianes de la educación, de la fuerza armada y del sufragio emprendieron una busca obsesiva en procura de esencias nacionales ocultas tras la artificialidad de eso que, con algún dejo de desprecio, dio en llamarse sociedad moderna y liberal».

De esa busca obsesiva, estos lodos presentes. La anomalía del nacionalismo, que se suponía vertebraría a la nación, siempre ha jugado en contra. «Patota» es, podría ser, un grupo de gentes que se reúnen para presionar, gritar y molestar, cuando no cosas peores, a alguien, sea ese alguien un particular, una institución o un equipo de fútbol. Uno ha visto «patotas» espeluznantes, siempre desagradables. Es el último reducto del nacionalismo populista, una mezcla aterradora. Y es el síndrome que late, nadie lo dude, tras el expolio a Repsol. ¿Por qué será que cuando una historia se repite no sea, como pensaba el ingenuo de Marx, como farsa, sino como más tragedia? No otra cosa vive hoy el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, una tragedia que arrastrará, como ya se mostró en el pasado, a los buenos argentinos que trabajan en busca no de unas obsesivas esencias nacionales, sino nada más que en busca de unas modernas condiciones de vida. Las mismas condiciones que buscaron, en los años finales del siglo XIX y principios del XX, los millones de inmigrantes llegados de los barcos que forjaron la nación. Por la memoria de todos ellos, cuídate, Argentina, del síndrome institucional y fatal de la «patota». Ojalá.

Fernando R. Lafuente, filólogo.

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