El síndrome de la rana hervida

En la actual coyuntura de profunda crisis económica, financiera, política y social, la noticia de que el dióxido de carbono (CO )2 en la atmósfera terrestre ha alcanzado su nivel más alto en millones de años ha pasado relativamente inadvertida. Algo chocante si consideramos lo que ello significa para la salud medioambiental del planeta: no en vano el CO es un gas de efecto invernadero al que la inmensa mayoría de los científicos considera el principal responsable del actual proceso de calentamiento global.

Tras una serie de mediciones realizadas de forma ininterrumpida desde 1958, el observatorio del Mauna Loa en Hawái ha registrado concentraciones medias diarias de este gas por encima de las 400 partes por millón (ppm). El récord no constituye en sí mismo una sorpresa, habida cuenta de la cantidad de CO2 derivada de la combustión de petróleo, gas y carbón a escala global. Sin embargo, para la comunidad científica, las 400 ppm constituyen un importante hito simbólico, especialmente porque lleva años advirtiendo de los riesgos potencialmente catastróficos asociados al cambio climático.

¿Exageraciones? No lo parece si tienen en cuenta que la última vez en la historia de la Tierra en la que se alcanzaron niveles de CO2 similares fue durante el plioceno, hace unos 4,5 millones de años, cuando la temperatura media del planeta era entre tres y cuatro grados más cálida que en la actualidad, Groenlandia no estaba cubierta por una capa continua de hielo, y el nivel del mar era mucho más alto. Una visión que resulta especialmente preocupante cuando, además, las mediciones del Mauna Loa revelan que la tasa o la velocidad de aumento de las concentraciones de CO2 se ha acelerado de 0,7 ppm por año al final de la década de los cincuenta a 2,1 ppm por año en el último decenio.

Ante estas evidencias, parece como si la humanidad estuviera experimentando el síndrome de la rana hervida. Ya saben: una rana aguanta en un cazo de agua al fuego una subida gradual de temperatura de un grado por hora. Nota el calorcito, pero como el aumento es paulatino, lo soporta y se adormece, en vez de saltar del cazo. Hasta que muere hervida. Si la temperatura hubiera aumentado cinco grados en un solo minuto, la rana hubiera saltado.

De forma intencionada o no, la ciencia y la tecnología están transformando continuamente el mundo en que vivimos, y en una sociedad democrática resulta básico que los ciudadanos comprendan cómo suceden estos cambios. Los científicos tenemos la responsabilidad de ayudar a que la gente entienda lo que la ciencia y la tecnología pueden y no pueden hacer por ellos. Tenemos que advertir a la rana antes de que sea demasiado tarde.

En este sentido, la comunicación sobre el cambio climático constituye un tema en el que la comunidad científica debe hacer mucho más. El calentamiento global nos afecta a todos, por lo que todo el mundo debe entender por qué el clima esta cambiando y lo que esto puede comportar para todos nosotros, nuestros hijos y las generaciones futuras. Los científicos formamos parte de diversas comunidades y grupos sociales que pueden facilitar la posibilidad de entablar conversaciones respetuosas y serenas sobre el tema, así como sobre las políticas y las acciones que los individuos, las comunidades y los estados podrían llevar a cabo para mitigar y adaptarse a lo que está sucediendo en nuestro planeta.

Sabemos que la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera de la Tierra y su ritmo de incremento superan lo acontecido en los últimos 4,5 millones de años. La temperatura media global aumenta, el hielo se funde, los océanos se acidifican y los eventos meteorológicos extremos se hacen cada vez más frecuentes y devastadores. El crecimiento demográfico y económico exponencial experimentado por la humanidad en poco más de un siglo, posibilitado por el uso masivo de los combustibles fósiles, tiene como externalidad imprevista la emisión de gases de efecto invernadero que están calentando la Tierra. El mensaje que transmitir es que el mundo debe adaptarse a los cambios que ya han ocurrido y que es necesario reducir las emisiones para evitar un planeta más caliente.

A finales del siglo pasado, el premio Nobel F. S. Rowland fue una figura clave en la controversia sobre el efecto de los clorofluorocarbonos en la generación del agujero en la capa de ozono. Durante años, este científico atrajo una audiencia muy variada, desde estudiantes hasta congresistas en Washington. El premio a su ejemplar porfía fue la prohibición mundial de estos compuestos. Durante su batalla, Rowland se dirigió a los científicos, apelando a su condición de ciudadano, preguntándoles: ¿acaso no es la responsabilidad de un científico, cuando cree que ha encontrado algo que puede afectar al medio ambiente, hacer algo y reclamar la toma de medidas al respecto? ¿Si no lo hacemos nosotros, quién lo hará? ¿Y si no lo hacemos ahora, cuándo lo haremos? Unas preguntas particularmente pertinentes hoy en día en el caso del cambio climático y el calentamiento global.

Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.

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