El síndrome de Popeye. Fusión, confusión y desgarro en la derecha del (Club) Siglo XXI

Comienzo con una cita larga que, sin embargo, creo que no lo parecerá al leerla 1:

«Muchas veces no podemos explicarnos, sin dedicarle un poco de tiempo y un poco de atención, cómo un equipo de gobierno que recibe las más duras críticas en campos fundamentales de su actuación, mantiene, sin embargo, esa creencia generalizada de imbatibilidad. ¿Es que no existe una alternativa real a ese gobierno, ni a su forma de gobernar, ni a su líder, ni al partido que lo sustenta?

¿Es que no hay otro conjunto de ideas y de personas que formen un proyecto político capaz de generar una confianza traducible en el suficiente número de apoyos populares?

Lo cierto es que, a mi entender, el ciudadano tiene la sensación de que no existe una alternativa real, y la cuestión reside en discernir si es posible o no una propuesta ideológica, un proyecto político en el espacio del centro-derecha que sea percibido como una alternativa real al poder socialista, es decir, que tenga posibilidades de sucederle de forma inmediata en sus tareas de gobierno. Mi respuesta es que sí. Que es posible…

Si lo único que se puede hacer lo hace el socialismo, apliquemos el viejo y conocido refrán de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Ahora bien, no nos extrañe entonces vernos sometidos a nuevos autoritarismos aunque puedan estar legitimados por las urnas, ni a que el entreguismo se extienda como una plaga por todos los sectores de la sociedad española, ni tampoco transfiramos a otros la entera responsabilidad de lo que ocurre.

Por mucha manipulación en la opinión pública, y la hay; por mucho monopolio de televisión, y lo hay; por más que se intentara ocultar la existencia de otro modelo, de otra fórmula alternativa, la pretensión sería vana.

La realidad, y en la fila me estoy apuntando el primero, es que no hemos sabido o no hemos querido, unos y otros, hacerlo con eficacia.

Y aquí incluyo no sólo a los que nos dedicamos más directamente a las tareas políticas, sino a cuantos constituyen, en otros ámbitos, el espacio no socialista de la sociedad española.

Sinceramente, pienso, por lo tanto, que es urgente abrir una seria reflexión sobre la situación en que nos encontramos. Que es forzoso meditar sobre los errores que hayamos podido cometer para ponerle remedio. Y que no hay que tener ningún miedo ni ningún temor por hacerlo. Es más, si no lo hacemos todo seguirá más o menos como hasta ahora, es decir, el socialismo gobernando, la sociedad controlada y la oposición satisfecha con el papel o con el papelito, según se entienda, que se le permita representar en la función…

Se trata, al final, de saber si estamos decididos a mantener una estrategia de resistir sin ganar, o si, por el contrario, estamos decididos a diseñar una estrategia para ganar… Al final, de lo que se trata

no es de sumar más votos que el Partido Socialista, sino más escaños, y en consecuencia articular el sistema de acuerdos que sea necesario sobre esa base y no sobre ninguna otra. Los acuerdos podrán ser pre o post electorales, de participación o de desistimiento, globales o parciales, flexibles, en definitiva, pero piensen ustedes entre tanto que, en las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, los votos obtenidos por Alianza Popular, el CDS y Convergencia y Unió, por citar estas tres fuerzas, fueron superiores, en su conjunto, a los alcanzados por el PSOE, pero este obtuvo más diputados europeos. Piensen ustedes que en las pasadas elecciones el centro-derecha superó en casi un millón de votos al Partido Socialista, pero que el 72% de los españoles tienen hoy alcalde socialista.

Y sé muy bien que no hay que confundir los deseos con la realidad. Lo anterior, a buen seguro, dependerá de que unos se den cuenta de que su soledad conduce a la desaparición, de que otros piensen que no es casualidad que las urnas les volvieran la espalda y reaccionen asumiendo esa situación. De que algunos quieran entrar en el juego y de que otros sepan conjugar acertadamente la inteligencia, la generosidad y la fortaleza» .

Como si fuera de hoy, ciertamente. Porque en realidad, si bien se mira, sigue siendo «hoy», seguimos exactamente en el mismo momento político en el que esa cita tuvo su origen. La unión del centro-derecha se produjo finalmente en 1993 y eso hizo del PP lo que ha sido desde entonces hasta no hace tanto. Es un tiempo muy largo, nada menos que treinta años, pero es el mismo tiempo político, que aún se encuentra pendiente de un desenlace histórico.

Un desenlace que establezca si la derecha española tiene vida propia al margen de la persona que le dio forma política moderna y ganadora o si, por el contrario, deberá esperar en su derrota, que sería la fase final de su rápido declive, a que se le explique y aprenda de nuevo la misma lección de entonces. A saber: que la política incorpora valores y principios, pero que no consiste ni en su exhibición permanente ni en su conversión explícita en políticas públicas, y que solo cuando se comprende eso se puede agrupar mucho voto, formar mayorías y ganar elecciones. Que el Parlamento no es el cuartel, no es la iglesia, no es la escuela, no es el juzgado y no es la casa. Y que se respeta la casa, el juzgado, la escuela, la iglesia y el cuartel cuando no se confunden con el Parlamento.

En aquella primera conferencia que Aznar pronunció en el Club Siglo XXI el 29 de febrero de 1988 se encuentra el origen del Partido Popular. El origen de un partido que ganó y que gobernó. El partido más votado en España en los veinticinco años siguientes: más de 64 millones de votos. Y es también la variable política que explica el progreso durante sus años de gobierno y que España no se desfondara durante los años de gobierno socialista. Paradójicamente, la oposición del Partido Popular ha salvado a España y también al PSOE, cuyas absurdas iniciativas, que habrían terminado con él si se hubieran consumado, han sido bloqueadas eficazmente en muchas ocasiones.

Poder ganar las elecciones para poder hacer cosas buenas y para que el rival no haga cosas malas es también un principio, de hecho es «el» principio de carácter «político» fundamental cuando se concurre a las elecciones. Generar propuestas transversales y moderadas no es desistir, es hacer bien lo que la política requiere, que no es seguir siendo lo que uno es cuando está solo, sino dejar de serlo para unirse a otros que también ceden, y juntos hacer lo más importante.

De ahí el error de pretender echar a los liberales y a los conservadores, y las consecuencias de haberlo hecho. Y de ahí, también, la necesidad de parar y de revertir ese proceso. Y la contradicción intelectual y moral de quienes impostan indignación con lo que supuso el marianismo cuando en realidad se aprestan a llevarlo a sus últimas consecuencias: fracturar, consolidar la fractura y llevar a la derecha a la derrota.

Es necesario diferenciar, por una parte, los principios que guían nuestra vida privada y que no debemos tratar de convertir en ley positiva, puesto que la ley debe ser cumplida por todos y no solo por quienes piensan igual: no podemos violentar deliberadamente su conciencia como nadie debe violentar la nuestra; y por otra, los principios de orden político público alrededor de los cuales se pueda forjar una amplia mayoría de gobierno.

En esta tarea facilita mucho las cosas llevar la idea de libertad y no la idea de poder al corazón mismo del proyecto político, de manera que en esencia la función del poder se conciba como un aseguramiento de derechos y libertades que se ejercen en privado o en el espacio público pero no en las instituciones. La derecha que gana es una derecha de libertad, no una derecha de poder; o si se prefiere, una derecha de poder para la libertad, pero nunca de poder en sí.

No se debe buscar en la política el orden moral privado que uno mismo no es capaz de proporcionarse o al que no es capaz de atenerse, una política que nos libere de nuestra responsabilidad de ser libres. Porque basta con echar un vistazo a las confusas, erráticas, pendulares y hasta chocantes biografías personales e intelectuales de algunos de los más notables militantes de la denominada nueva política en la derecha, para barruntar problemas y experiencias de orden privado pendientes de digestión, y también una mirada literalmente paternalista hacia el poder. Como si estuvieran aún a la búsqueda del ingrediente final en la sopa mágica en la que algunos han ido convirtiendo su vida: cola de lagartija troskista, lengua de sapo libertario, cabeza de serpiente reaccionaria, un chorrito de contracultura, tres cucharadas de democracia orgánica, una pizca de maoísmo, otra de budismo y finalmente una más de integrismo para corregir la acidez… Pero siempre «con toda la razón», siempre «sin concesiones», ni en lo uno ni en lo otro. Y ahora, además, con una dureza de juicio sobre quienes puedan estar cometiendo sus mismos errores que jamás han tenido consigo mismos. Lo suyo siempre es comprensible, lo de los demás son posiciones intolerables de gente que merece lo peor.

Ludwig Wittgenstein escribió: «Si una persona me dice que ha estado en los peores lugares, yo no tengo derecho a juzgarla; pero si me dice que fue su superior sabiduría la que le permitió ir allí, entonces sé que es un fraude»2. Hay mucho fraude en todo esto.

Hoy, por razones que en esta misma revista han sido analizadas durante más de una década, la derecha española ha retornado exactamente al punto intelectual y moral en el que esas reflexiones fueron pronunciadas en 1988. Y hoy, igual que entonces, en el momento de escribir estas líneas, está pendiente de una respuesta que o bien permitirá derrotar a una izquierda que ya ha perdido el control sobre sí misma y sobre el país que dice gobernar, o bien permitirá su victoria. Y, también como entonces, eso aun a sabiendas de que la izquierda no constituye la expresión mayoritariamente deseada por la sociedad española, porque el centro-derecha «podría» ganar con claridad si «decidiera» hacerlo.

Pero una parte prefiere resistir sola como minoría utopista; es decir, prefiere perder sola y que gane el otro, consecuencia inocultable de lo anterior, antes que ganar y gobernar como parte de una mayoría. Porque aceptar la propia minoría podría ser defendible como acto de coherencia si sus efectos no sobrepasaran el perímetro de quien así decide, pero puesto que se trata de votar y no de comprarse una camisa, el color importa mucho más allá del armario de la ropa. No estamos hablando de un sacrifico personal expresado en forma de voto, estamos hablando de una irresponsabilidad social que en ocasiones invoca incluso el concurso de la Providencia. Pero lo que no se puede hacer es saltarse un stop deliberadamente invocando el «que sea lo que Dios quiera». En líneas generales, lo que parece compatible con la doctrina social de la Iglesia es que uno no vaya por la vida haciendo esas cosas, para lo cual puede ser de utilidad rememorar el relato evangélico de las tentaciones:

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo10 y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti
para que te protejan
11 y te lleven en sus manos,
no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
12 Y Jesús le respondió:
—Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios». (LC 4, 9-12)

La anunciada fractura electoral de la derecha no es un problema de comprensión matemática de lo que ocurre y de lo que puede ocurrir. Es una decisión profunda vinculada con frecuencia en su élite a una experiencia de vida asociada a la laxitud y al desarraigo, y que ahora, con el peso de toda una vida a las espaldas, se pretende rectificar de la peor manera posible y en el peor momento posible: arrojando una vez más el coste de «sentirme bien» sobre la comunidad. Fracturar la derecha y condenarla a la derrota no expresa anclaje moral alguno ni rectificación de la irresponsabilidad pretérita, sino exactamente lo contrario. Sorprende ver el número de votantes con nariz tapada de Rajoy, incluso activísimos y agresivos postulantes de su voto, que ahora que Rajoy no está y pueden destapar su nariz aunque el ambiente no esté todavía totalmente ventilado, han decidido castigarse y castigar al país como penitencia, retirando su voto al PP por habérselo prestado antes.

Pero la rectificación del relativismo moral y sus efectos privados no puede ser el absolutismo moral y sus efectos públicos. El camino de esa rectificación e incluso de esa expiación es el buen juicio, la moderación y, siempre que proceda, la contrición, la humildad y la asunción de nuestras limitaciones y de nuestra falibilidad en el juicio.

En fin, se trata de elegir entre resistir sin ganar o de ganar para gobernar; entre la falsa épica del resistente indomable o la limpia prosa del Boletín Oficial del Estado. Si el socialismo gobernó tanto fue porque González entendió el dilema que su partido parecía no comprender, aunque luego Zapatero lo entendió demasiado bien y Sánchez aún mejor: había que elegir entre seguir soñando en un futuro irrealizable y de dudosa cualificación mientras la derecha gobernaba el presente, o gobernar el presente forjando mayorías mientras se ponía a la derecha a soñar en el futuro. No hubo dudas.

Con el añadido de que en el escenario político español actual no ganar significará probablemente no poder resistir, porque el proyecto de la izquierda en asociación con el nacionalismo apunta directamente a la anulación de esa posibilidad, provocando una mutación política decisiva e irreversible que haga ya inútil cualquier resistencia. Es decir, en este momento, para la derecha una estrategia de resistencia es una estrategia definitivamente perdedora que no tiene segunda pantalla, es final de partida. La última derrota. Mucha épica, sin duda, pero mucha tragedia.

La situación en la que se encuentra el centro-derecha español está estrechamente vinculada con aquellos días de 1988 porque lo que nos ocurre es que lo que entonces se puso en pie se está viniendo abajo, y al hacerlo emergen nuevamente las mismas preguntas y las mismas limitaciones que entonces eran evidentes. El problema añadido es que la capacidad disolvente del proyecto socialista es hoy infinitamente mayor que la de entonces, que no llegó a afectar significativamente al corazón del pacto constituyente. Esta vez, sí. Zapatero declaró «muerto» al Partido Socialista de la Transición y José Andrés Torres Mora teorizó de este modo su nuevo propósito político: «La generación de Felipe González tiene un gran relato sobre sí misma, un relato épico. Nosotros somos una generación sin relato. Más aún: nuestra generación no hace relato, no relata, no escribimos, no hay cosas nuestras. No estuvimos detenidos, no conocimos el mayo del 68, no contribuimos a construir una democracia que apreciábamos, pero en la que no había sitio para nosotros, pues cuando intentamos irnos de casa, no había un mercado laboral en el que refugiarnos. No podíamos ser ciudadanos porque no se puede ser ciudadano en casa. Se es ciudadano en la calle, en el trabajo, en el ágora, en el Parlamento… Nosotros, para salir adelante, nos hemos tenido que mover en el ángulo ciego de la sociedad. Adelantamos a Bono en el congreso del PSOE por ese lado, lo mismo que a Aznar».

Este fue el primer golpe. Recientemente, Pedro Sánchez remachó la misma idea al afirmar que las personas de aquel socialismo «fueron referentes de una sociedad española que ya no es». La suficiencia de Sánchez hace recordar la de aquel Zapatero previo a la hecatombre de mayo de 2010, cuando fue la realidad la que adelantó al socialismo por un ángulo ciego que lo mandó cuatro millones de votos más abajo de donde estaba y puso a Rajoy en La Mon-cloa, caída desde la cual Sánchez lo hizo descender un millón y medio más en diciembre de 2015, y todavía algo más en junio de 2016.

En total, la nueva sociedad española de Zapatero y Sánchez estimaba que en ella el peso que correspondía al Partido Socialista debía ser el 22% de los votos válidos, y no el 48% que obtuvo en 1982. Ciertamente, una nueva sociedad.

Que desde ese lugar Sánchez haya logrado alcanzar la presidencia del Gobierno constituye una de las más acabadas paradojas de la política española contemporánea, solo explicable por el hecho de que, en paralelo, el Partido Popular hubiera decidido poner manos a la obra en la demolición de su propia base electoral mediante distintas variedades del error primario enunciado en el conocido «discurso de Elche» de 2008, que invitaba a la mitad del partido a buscarse un nuevo acomodo fuera de él.

Veinte años después de que se teorizara el nuevo centro-derecha español, se enunciaba su destrucción; y diez años más tarde de esta última fecha, esa destrucción quedaba prácticamente consumada, siguiendo el mismo erróneo razonamiento sobre «la nueva sociedad española» que había llevado al socialismo al desastre.

La derecha desgarrada que actualmente muestran las encuestas y certifica el Parlamento de Andalucía evidencia algo muy parecido a lo que en medicina se conoce como el «síndrome de Popeye», por el famoso dibujo animado. Es una lesión grave que afecta al músculo, al tendón y a las articulaciones desde el hombro hasta el codo. La apariencia es de un gran desarrollo del bíceps, pero la realidad es que se ha producido un desgarramiento de un tendón que une el músculo con el hombro y el codo. El músculo se retrae mecánicamente, carece ya de flexibilidad y fuerza, por mucho que su aspecto primario parezca indicar justo todo lo contrario: ha quedado sin flexión, sin extensión y sin fuerza. Una derecha que supo fusionarse y ganar fue llevada a la confusión y a la pérdida del gobierno, y ahora al desgarro y a la parálisis. Aunque a una mirada superficial pueda parecerle una derecha que enseña músculo, lo que enseña es un desgarro traumático y severo.

Desde 2004 hay un nuevo socialismo que decidió romper con su propio partido, aun manteniendo su nombre. Un socialismo que decidió buscar una nueva vía hacia el gobierno una vez que constató que la que había utilizado hasta ese momento había quedado cegada desde el momento en que la primera Conferencia de Aznar en el Club Siglo XXI se convirtió en acción de gobierno a partir de 1996 y alcanzó la mayoría absoluta en 2000. Y todo indica que ese socialismo letal para el interés nacional de España va a volver a ganar. Porque hay una derecha que ha olvidado las lecciones de 1988 y que desoye también la segunda conferencia de Aznar en el Club Siglo XXI, el 10 de junio de 2013, en la que advertía de que se debía «atender y encauzar la voluntad de cambio de la que está dando muestras inequívocas la sociedad española. Debemos aprovechar el momento irrepetible en el que nos encontramos. Debemos actuar frente a la fatiga y el desencanto que la sociedad española está manifestando. Esa es nuestra responsabilidad: que la mayoría parlamentaria actual sea garantía del impulso reformador que España necesita». Y también: «precisamente por la dimensión histórica de esta responsabilidad, el voto debe entenderse como lo que es: un mandato para retomar un programa de reformas tan profundo como lo requiere el contexto nacional e internacional y como lo espera y necesita la inmensa mayoría de los españoles; para dar continuidad al proyecto nacional que formuló el Partido Popular ante los españoles y en el que los votantes se reconocieron». Ese mandato incluía cinco propósitos fundamentales destinados a «actualizar los objetivos históricos de la Transición, con la misma intención y con la misma actitud que en 1978, pero con el contenido que sea necesario hoy»: 1) Zanjar la discusión sobre la nación española y sobre su soberanía. No se hizo. 2) Fortalecer el Estado de derecho para asegurar el respeto a la ley. No se hizo. 3) Estabilizar la estructura territorial garantizando la autonomía pero también la unidad. No se hizo. 4) Flexibilizar y estabilizar la economía, como exigencias del euro, apenas se hizo. 5) Recobrar la posición en Europa y en el mundo. No se hizo3.

La medida del incumplimiento de estos objetivos, que lo eran del PP, da también la medida del colapso actual de la derecha que supo hacer su fusión, que ha sido llevada a la confusión y que ahora se encuentra al borde del desgarro.

En su excelsa Una historia patriótica de España, José María Marco señala como clave del éxito de la Transición española que: «En las familias, entre los amigos, en el trabajo, los españoles se enfrentaron al dilema de vivir en perpetua guerra civil o perdonar. Eligieron el perdón»4. La cursiva es mía. A lo largo de su obra, Marco cuenta lo que los españoles han hecho para seguir teniendo historia. Es toda una impugnación a cualquier tentación histo-ricista: no hay necrolatrías, no hay una España necesaria, no hay una España eterna; no hay una esencia española que haya permanecido inmutable a lo largo de los tiempos y en la que se pueda descansar de la responsabilidad de seguir dando existencia a España, si se quiere que la tenga. Hay, sencillamente, españoles con voluntad de continuar siéndolo a su modo, personas que «abrazan su circunstancia y la salvan». Españoles que quieren, cuidan y protegen «el hilo que nos une». Ahora, al parecer, ya no los hay. O no hay suficientes. El hilo se va a romper. Una vez más, la libertad traicionada.

Todo evitable. Todo advertido. Y, por ello, especialmente lamentable.

Miguel Ángel Quintanilla Navarro, politólogo. Director académico del Instituto Atlántico de Gobierno.


NOTAS

1 https://jmaznar.es/file_upload/discursos/ pdfs/AG_1988_02_29_CONFERENCIA_EN_E L_CLUB_SIGLO_XXI.pdf

2 Citado en Monk, R.: Ludwig Wittgenstein, Anagrama, Barcelona, 2002, página 277.

3 https://jmaznar.es/file_upload/discursos/ pdfs/ 20130610204354_81.pdf

4 Una historia patriótica de España. Planeta, 2011. Página 556.

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