El síndrome de Raskolnikov

El achacoso comando Rubalcaba va a tener que hacerle a toda prisa un traje a Dostoievski, cobrando un plus de creatividad por presentarle como apóstol de los GAL mediante tretas tan plurales como sacar frases de contexto, recurrir a la ucronía de manejar siempre escritos anteriores a los hechos o atribuirle textos ajenos, so pena de rendirse a la evidencia y promover que las campanas de todas las iglesias del país consagradas al arcángel San Miguel alcancen hasta el último confín de la pradera con un tañido de difuntos que enterrará a la vera del olmo centenario, o protegido entre encinas del calor de la solana, a su moreno mentor, trocado en carnicero.

Desde luego no fui yo quien puso en boca de un personaje llamado Razúmijin, que en ruso quiere decir «razón», esta atinada reflexión: «Todo comenzó con el punto de vista de los socialistas. Su criterio es conocido: el crimen es una protesta contra la anormalidad del orden social. Ni más ni menos… Tienen la idea de que no es la Humanidad la que se transforma finalmente en una sociedad normal, sino que, al contrario, es un sistema social el que, saliendo de la cabeza de algún matemático, enseguida organiza toda la Humanidad y la hace justa y pura en un abrir y cerrar de ojos».

Ni tampoco fui yo el que, imbuido por esas ideas, escribí aquel artículo enviado a La Palabra Semanal, que sin demasiados ambages establecía que «en el mundo existen ciertas personas que pueden… es decir, no es que puedan, sino que tienen pleno derecho a cometer cualquier exceso o crimen y para quienes la ley parece no estar escrita».

Ni, por consiguiente, fui yo quien a continuación matizó que eso no significa «que las personas extraordinarias tengan sin falta que estar obligadas a cometer todo tipo de excesos», sino simplemente que pueden tomar esa decisión, caso por caso, no por «razones morales», sino ateniéndose a las circunstancias.

Ni, de nuevo por consiguiente, siempre por consiguiente, que no falte el por consiguiente, fui yo quien aclaró cómo resolver ese dilema con un ejemplo práctico: «Si los descubrimientos de Newton en modo alguno hubieran podido llegar a conocerse de otra manera que no fuera sino con el sacrificio de una, 10, 100 o más vidas de personas que lo impidieran o que se interpusieran en su camino como un obstáculo, Newton habría tenido el derecho e incluso habría estado obligado a eliminar a esas 10 o 100 personas con tal de que toda la Humanidad tuviera conocimiento de sus descubrimientos».

Insisto, a mí que me registren… de nuevo. Porque tampoco fue mío, sino del «socialista» Raskolnikov, el corolario de que, hablando de Licurgo, Solón, Mahoma o Napoleón, «resulta incluso admirable que gran parte de esos benefactores y conductores de la Humanidad hayan sido especialmente sanguinarios».

Es cierto, en cambio, que si yo hubiera estado allí, habría hecho mías las inquietudes del juez instructor Porfiri Petrovich -gran periodista de investigación de la mente humana- y le habría preguntado a nuestro superhombre si «hay mucha gente así que tenga derecho a degollar a otros» y si «esas personas extraordinarias no podrían, por ejemplo, vestir de manera especial y llevar algo, algún tipo de marca o así», se me ocurre que una equis roja pintada en la frente, para evitar que «se produzca una confusión y un individuo de una categoría que se figure que pertenece a la otra comience, como muy alegremente lo expresa usted, a eliminar todos los obstáculos».

Y es cierto, en cambio, que donde sí que estuve fue en ese semisótano de un restaurante de la aún denominada calle de García Morato, en la que entonces tenía la sede el PSOE cuando, pocos días después de la constitución del primer gobierno socialista, Felipe González nos dijo a un grupo de directores de periódicos, refiriéndose a Ruiz Mateos: «El que me echa un pulso lo pierde». Y no puedo olvidar tampoco la frase con que su número dos Alfonso Guerra rubricó acto seguido en un pueblo de Toledo la abrupta intervención de Rumasa: «Y si alguien se atreve a desafiar al Gobierno que tiene 10 millones de votos detrás, pues se le quita lo que tiene y ¡hale, todo pa’l pueblo!».

Y, por supuesto, que también estuve allí, cuando cinco años después, una vez que González ya había elogiado el «decisionismo» de Bettino Craxi, ya había hecho suyo el lema de Deng Xiao Ping «gato blanco, gato negro, qué más da, lo importante es que cace ratones» y ya había suspirado por la abnegada forma en que él había «perdido su libertad para que los españoles ganaran la suya», tuvimos aquel encontronazo en la llamada M-30 del Congreso de los Diputados, el día de la Constitución de 1987. Aquella conversación fue para mí el equivalente al descubrimiento del artículo de Raskolnikov para el magistrado Petrovich en el capítulo quinto de la Tercera Parte de Crimen y Castigo.

Yo llevaba el abrigo puesto y un sombrero en la mano. La cámara de Pastor captó el momento en que el presidente del Gobierno, poniéndome el dedo índice de la mano derecha a la altura del pecho me dijo desabridamente: «Lo único que tenemos que negociar con ETA es que si ellos dejan de matarnos a nosotros, nosotros dejaremos de matarles a ellos». Aunque sus palabras valían lo que valían -poco después su gobierno se sentó a negociar en la mesa de Argel-, desde ese día, muchos años antes de que Amedo confesara, de que Sancristóbal y Damborenea le incriminaran, de que apareciera el «me lo quedo, Pte. para el viernes» en las notas de despacho de Manglano o de que se descubriera el documento del Cesid que daba -nunca mejor dicho- el pistoletazo de salida, yo supe que González había montado los GAL.

Aunque a Millás no haya llegado a decirle tanto, estoy seguro de que la gran mayoría de los jóvenes españoles que no vivieron nada de aquello habrán llegado ahora a la misma conclusión, pues los 27 cadáveres no fueron imaginarios y el hombre que estaba al frente del Gobierno reconoce: a) que él tenía la información y tomaba las decisiones sobre la guerra sucia, b) que si en una ocasión decidió no asesinar a un grupo de notables etarras no fue por razones morales y aún duda de que hiciera lo correcto, c) que su ministro del Interior puso en libertad al «detenido» Segundo Marey, cuyos vínculos con ETA para él siguen siendo probables, d) que pese a haber sido condenado por cuatro instancias judiciales por el secuestro, torturas y asesinato de dos seres humanos, el general Galindo es «un gran tipo», e) que pese a haber quedado judicialmente acreditado que saqueó las arcas del Estado para embolsarse «al menos» 393 millones de las antiguas pesetas, Vera no es un ladrón -además de un secuestrador-, sino una víctima. Dentro de este pentágono está la verdad. Blanco y en botella.

Desde el domingo todos me preguntan lo mismo: ¿por qué González ha puesto ahora a desfilar todos esos fantasmas, cuando este asunto no estaba en la agenda política de nadie, pese al desafío que para la memoria histórica reciente significa que Benegas siga siendo diputado y, sobre todo, que Rubalcaba y Jáuregui hayan sido promocionados dentro del Gobierno, como si no hubiera manchas indelebles que deberían inhabilitar éticamente para cualquier cargo público de por vida?

Frente a la respuesta estratégica -se trata de un golpe preventivo para amortiguar el impacto de posibles nuevas revelaciones sobre los GAL- y frente a la respuesta política -el objetivo es allanar el camino a la probable candidatura electoral de Rubalcaba relativizando la gravedad de aquellos crímenes y, por ende, su encubrimiento-, yo me quedo con la respuesta psiquiátrica que adelantó en estas páginas Pedro G. Cuartango, invocando el precedente de esta misma novela de Dostoievski que hoy me sirve de brújula y de imán.

La patología de González cuando ganó las elecciones del 82 tenía un sustrato colectivo. Con honrosas excepciones, aquellos jóvenes socialistas no eran demócratas. Lo que habían mamado en la universidad eran las doctrinas marxistas sobre la conquista del poder y la ingeniería social. Aunque llegaran limpiamente a través de las urnas, creyeron que los 10 millones de votos les daban derecho a todo, fuera apropiarse de un grupo empresarial por las bravas o liquidar a los etarras que tenían la sanguinaria desfachatez de seguir extorsionando y matando, como si no se hubiera producido su histórico advenimiento. O sea, lo de la «cabeza del matemático» y los «descubrimientos de Newton», porque todo lo hacían por nuestro bien.

Los crímenes de los GAL se convierten así en una muestra de lo que el filósofo existencialista Lev Shestov denominaba concupiscentia invincibilis, dentro de un proceso que, naturalmente, va precedido de una mezcla de duda y desafío, pues la misma pregunta que dice seguir haciéndose González, por razones ajenas a la moralidad, es la que verbaliza Raskolnikov en el capítulo cuarto de la Quinta Parte de la novela: «Aquí sólo hay una cosa, una única cosa: ¿vale la pena atreverse?… ¿Era capaz de dar ese paso o no era capaz? ¿Me atrevería a inclinarme y tomar el poder o no?». Y, claro, planteada así, la tentación es irresistible: «Yo quise atreverme y maté. He aquí el verdadero motivo… Yo quería convertirme en un Napoleón y por eso la maté».

Raskolnikov está refiriéndose a la vieja usurera a la que ha despachado a hachazos al otro mundo y aun en el momento en que confiesa el crimen en el capítulo séptimo de la Sexta Parte, necesita execrarla a modo de justificación, como acaba de hacer González con Marey, dando por hecho que en los casos de Lasa, Zabala u otros etarras ni siquiera hace falta explicitarlo: «¿Crimen? ¿Qué crimen? ¿El que haya matado a un piojo asqueroso y nocivo, a una vieja usurera que no le hacía falta a nadie y que chupaba la sangre a la pobre gente? ¿Y eso es un crimen? ¡Por matarla tendrían que dar el perdón para cuarenta pecados!».

Hegel vio en Napoleón «la encarnación viva de la divinidad» pero, puestos a llevarlo a la práctica, ese síndrome prometeico de quien cree anunciar una nueva era eliminando cualquier obstáculo que se interponga en su camino, también tiene una cara sucia y repulsiva. Porque la sangre siempre mancha y se sabe cuándo se empieza a matar y no se sabe cuándo ni cómo se acaba. Raskolnikov no sólo mata a la vieja usurera, sino también a su hermana disminuida y bondadosa: la chapuza de los daños colaterales.

Por eso, lo primero que se resquebraja no es la conciencia del asesino, sino su autoestima. Al principio los remordimientos de Raskolnikov no son éticos, sino estéticos. No es propio de un «superhombre» matar de forma tan zafia a la persona equivocada, dejando encima un reguero de pistas a sus espaldas. Cuando González dice que tenerle a él como padre ha debido ser para sus hijos una «putada sangrienta», ya sabemos lo que ocupa sus pesadillas. ¿A cuento de qué viene si no ese adjetivo? Cada vez que oye o ve a Laura Martín, la viuda de García Goena, aquel objetor de conciencia asesinado por los mercenarios que pagaba su gobierno para seguir manteniendo su contrato, debe sentir lo mismo que Macbeth ante el espectro de Duncan cuando le disputa la silla.

Estamos asistiendo a lo que la profesora Alexandra Rudicina define como el «espantoso espectáculo de la humillación y gradual desintegración del amor propio del héroe». El crimen empieza a confundirse así con el castigo. Cualquiera diría que el criminal busca ser descubierto para poder recrearse en su culpa de forma masoquista ante el mundo entero. En el caso de González, el nombramiento de Belloch como biministro con luz verde para interrumpir los pagos a Amedo y el subsiguiente incumplimiento de la palabra dada a Garzón, a sabiendas de cuál iba a ser su reacción, son dos claros antecedentes de lo que acabamos de presenciar ahora. Sólo jugando con fuego puede mitigar su incendio interior.

En lo que se equivoca Cuartango es en que esto vaya a ser el preámbulo de una confesión en toda regla. Es demasiado orgulloso para eso. González, como Nixon ante David Frost, se limitará a sugerir una y otra vez que no es que todo lo que él ordenaba fuera legal, sino que todo era legal -o podía serlo- porque él lo ordenaba. Preferirá seguir deleitándose hasta su muerte con la esquizofrenia de que todos sepamos que lo hizo, y su partido y su periódico sigan atrapados en la obligación sectaria de decir que no lo hizo. Ese es el espíritu de la cárcel de Guadalajara. Y cada vez que se rebaje la tensión, él mismo volverá a echar más leña a la caldera de esa fraternidad oprobiosa en la que se consume su ego.

Desde la publicación por entregas en 1866 de Crimen y Castigo la crítica literaria ha objetado de forma reiterada y consistente que al hacer confesar a Raskolnikov, en lugar de dejarlo arder en su propia hoguera, Dostoievski disolvió al final de manera postiza su mente torturada en la ética cristiana de la expiación de los pecados, la resurrección y la salvación eterna. Sin entrar en el fondo del asunto, francamente no me imagino ni a Carlos Slim, ni al bueno de Pedro Trapote, ni a ninguna otra de las personas que rodean a González saliendo a su encuentro como la prostituta Sonia, con el crucifijo entre las manos, para acompañarle al juzgado de guardia en medio de la nieve.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.