El síndrome de retaguardia

Probablemente fuera mi paisano Rusiñol quien se dejó decir que los catalanes somos animales que añoran. La sociedad catalana, en este momento, añora la unanimidad política y social del final del franquismo. Los separatistas, ignorando a la mitad de sus conciudadanos, han querido reproducir esa unanimidad con herramientas institucionales y han fracasado groseramente. Han creado un ambiente irrespirable, coercitivo, donde los medios de prensa que tendrían que ser los garantes de la libertad de expresión cobran subvenciones del gobierno autonómico y, si te atreves a expresar opiniones contrarias a él, sencillamente te liquidan de sus noticias.

Estamos hablando de un ambiente donde, desde las instituciones, se incita a los adeptos a tomar la calle. Se les insta para que estén siempre alerta, como guardianes de Occidente, listos a enarbolar la bandera, objeto que han de tener siempre preparado en el paragüero de casa por si hubiera urgencia de escenificar algún presunto ejercicio de poder. Ante un paisaje de tan enorme toxicidad intelectual, resulta lógico que las principales figuras catalanas del arte y la cultura, que rechazan el separatismo y abrazan la internacionalidad, se lo piensen mucho antes de manifestarlo en público con contundencia.

Los artistas e intelectuales no son héroes. Lo único que persiguen hoy en día es un poco de respetabilidad: el respeto que merece la dignidad de su trabajo, que no es otro que razonar las cosas, razonar las emociones. Ante la agresividad institucional, cuando el poder autonómico ya ha encargado sus razones y no quiere oír otras, el artista siente el temor del especulativo que se va a meter en una trifulca para la que no está preparado. La posición en la que le ha colocado el poder no es cómoda: al desplazar el debate hacia el terreno de los dogmáticos, ha provocado que en Cataluña cualquier realidad incómoda amenace la estabilidad hormonal de los lerdos y esa sacudida de la verdad (que sería el honor más alto para un artista verdadero en una sociedad normalizada) es ahora en nuestra región una invitación al linchamiento en la plaza pública.

Si denuncias las mentiras del discurso secesionista te pones en contra a las instancias políticas de tu región, a los detentadores del poder más cercano; puedes perder a la mitad de tu público (que el poder ya se ha encargado de dividir y enfrentar previamente con sus campañas), no tendrás acceso a los mecanismos de promoción y difusión que dependen del dinero público (que, curiosa y perversamente, tú también has pagado), se te insultará entre los comandos de camisas pardas acusándote de fascista (aunque no lo seas) y los intelectuales orgánicos difundirán hipócritamente ese olorcillo, como si ellos fueran inocentes y no hubieran contribuido a crearlo.

La primera fractura social (y moral) que han provocado los últimos gobiernos autonómicos ha sido, por tanto, en el plano laboral, y se ha dado entre silenciosos y paniaguados. Dada la capacidad trituradora del poder, está claro que esa mayoría silenciosa continuará creciendo inevitablemente hasta el día en que, por su propio peso específico, haga masa crítica.

Queda además el factor sentimental: para arrostrar la intemperie propia de su oficio a todo artista le es útil y sano saber que tiene una retaguardia, una comunidad natal donde retirarse cuando sea viejo. Es poco, pero sirve como lenitivo para la angustia de la inestabilidad del oficio. En el escenario de confrontación que el nacionalismo ha provocado, ese último baluarte psicológico queda expuesto a la trituración de la maquinaria política institucional delante de tus propios vecinos. Muy duro para cualquier humano. Eso hace más grande todavía la valentía de artistas como Boadella que soportan la soledad de decirles a los políticos de su propia patria que están equivocados.

La mayoría de los catalanes no quieren la independencia. Artur Mas ha resultado, políticamente, de una estatura mental mínima en la medida que no escucha lo que le piden sus conciudadanos, sino solo lo que le piden sus acólitos. Muchos de nuestros artistas e intelectuales se criaron en un tiempo donde la utopía apuntaba a un mundo sin fronteras y comprueban ahora con horror cómo, a su alrededor, se inician procesos en el sentido contrario. Sé que a muchos de ellos les gustaría decir en voz alta que es absurdo, que no saldríamos adelante igual sin España y sin Europa, que muchas veces son nuestros propios gobernantes locales –todos ellos perfectamente catalanes– quienes nos despojan tanto o más que Madrid, que lo verdaderamente patriota es señalarle a tu patria lo que hace mal y no admirar con cobardía aduladora sus bíceps, que todo nacionalismo es solo una estatua de sangre y heces que se hunde por su propio peso y se hunde además –como decía Bolaño– en el desierto. Pero artistas e intelectuales no poseen actualmente la independencia necesaria para poder denunciarlo así, porque todos los gobiernos democráticos desde la Transición han sido incapaces de garantizarles un estatus propio: ni se les ha otorgado un modelo fiscal justo que contemple el tiempo que tardan en hacer sus obras, ni una excepción cultural del IVA como en el resto de Europa, ni se han respetado sus derechos de compensación por copia, y aún se les discute la Ley de Propiedad Intelectual, su principal logro social, algo así como su Estatuto de los Trabajadores. Esa inseguridad los convierte, por tanto, en un colectivo muy vulnerable a ser influenciado con subvenciones.

El verdadero artista siempre sentirá simpatías universales, desconfiará de la multitud y considerará más moral traicionar a la patria que traicionar a un amigo decente. Pero callará prudentemente si se amenaza su sustento y su supervivencia, su medio de vida. Si le dejamos desprotegido económicamente frente al poder (central, autonómico, local) solo obtendremos silenciosos o cortesanas y, desde luego, pocas obras de arte que se sumerjan en la realidad con los ojos abiertos. Cuando todo un premio Planeta debe usar sobrentendidos para explicarse, podemos sospechar hasta qué punto ha llegado a ser complicado hoy en Cataluña expresarse de una manera franca y clara, usando palabras directas. ¿Aplicaremos también para esa libertad de expresión solamente teórica el mismo relativismo que pretende confundir firmeza con inmovilismo?

Tarde o temprano, elegir entre la negación o la denuncia de esta situación tóxica será el molde en el que tendrán que medirse todos los conflictos morales de nosotros, los artistas catalanes. Y al igual que le sucedió con el caso Deyfrus a Julien Benda, uno de lo primeros intelectuales que pensaron la Unión Europea, posicionarse respecto a la grosería patriotera de la secesión será una de las pruebas de racionalidad (y honestidad) de todo artista frente a la libertad.

Sabino Méndez, músico y escritor.

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