El SNS y el NHS: dos caras de la misma moneda

Enfermeras se manifiestan en Londres para pedir al gobierno británico una mejora salarial, el pasado 22 de diciembre. Reuters
Enfermeras se manifiestan en Londres para pedir al gobierno británico una mejora salarial, el pasado 22 de diciembre. Reuters

Si en algo coinciden los modelos sanitarios británico y español es en las abultadas listas de espera que tienen los dos. En ambos sistemas, un ciudadano de cada ocho está a la espera en algún nivel asistencial. Según los últimos informes publicados, unos seis millones de españoles y algo más de siete millones de británicos.

Para legos, ambos sistemas sanitarios se encuadran dentro del modelo de gestión tipo Beverigde, que a diferencia con el otro modelo sanitario predominante, el modelo Bismarck, se caracteriza entre otras cosas por estar financiado con impuestos, estar organizado asistencialmente en función de la Atención Primaria, no tener copagos en los servicios asistenciales y la obligación de tener una provisión propia suficiente. O sea, un Sistema Nacional de Salud (SNS) en España, el National Health Service (NHS) en Reino Unido, para afrontar la demanda de sanitaria de la población, quedando el sector sanitario privado para un uso complementario.

No obstante, hay un par diferencias importantes entre el SNS y NHS:

1. En Reino Unido, el sistema sanitario está totalmente centralizado, mientras que aquí tenemos diecisiete reinos de taifas.

2. Mientras que el NHS tiene muchos recursos sanitarios propios, aquí la provisión sanitaria privada es imprescindible para, a través de las diferentes fórmulas de colaboración público-privada, poder absorber la demanda sanitaria de la población.

Esto es debido a que cuando Franco crea el modelo de Seguridad Social, allá por los años sesenta, lo hace sobre el modelo Bismarck. Es decir, financiado con las cotizaciones sociales que a través de seguros concertaban con una provisión sanitaria privada mayoritaria. De tal forma que cuando cambiamos al modelo Beveridge, fruto de la aprobación de la Ley General de Sanidad del año 1986, la complementariedad del sector privado a través de las diferentes fórmulas de colaboración público-privadas, era absolutamente necesaria por una falta de recursos propios del SNS.

Y a partir de entonces, en nuestro sistema sanitario y en el ideario político en general sólo ha habido una obsesión: no depender del sector privado. Huir de las "privatizaciones", desprestigiar lo privado de la forma que sea. Se dice que sólo sirve para procesos leves, que la complementariedad es para las prestaciones no cubiertas por el sistema público, o que sólo se prioriza el dinero por encima de la Salud, para encumbrar al sistema sanitario público como el único garante del Estado de bienestar.

Y de aquí parte la mayor diferencia entre el sistema sanitario español y el británico: la manera de afrontar uno y otro los problemas del sistema sanitario público. Así, mientras en Reino Unido todo el mundo sabe que tiene un problema al que no son capaces de "meter mano", aquí vivimos en la inopia.

Lo único que nos importa es que no se privatice el sistema. Todo se resuelve, disminuyendo la colaboración público-privada (que a la postre supone uno de cada diez euros públicos destinados a Sanidad) y aumentando la financiación pública en algún punto del PIB. Y todo lo demás parece estar perfectamente.

Nos hemos buscado un enemigo idóneo para no tener que afrontar los problemas directos del sector público. Un enemigo para no tener que cambiar nada y que todo siga igual, cuando cualquier persona con un conocimiento medio del sector sabe que los problemas de los británicos son los mismos que nos vamos a encontrar aquí. Llegarán a ser, incluso, peores, por los factores relacionados con la descentralización o con un régimen laboral basado en un Estatuto marco que todavía nos deja mucho menos margen de eficiencia que lo que pueden tener allí.

Las listas de espera son sin duda el mayor reflejo del fracaso del sistema sanitario, al no permitir afrontar directamente la primera razón de su existencia. A saber, llegar a curar al paciente a tiempo, dada la cantidad de meses que se tarda en poder llegar a diagnosticarlo. Y eso con todo lo que conlleva de desazón, insatisfacción y todo tipo de problemas para los pacientes y los familiares.

Además, las listas de espera pueden producir otros efectos nocivos, también sobre la economía. Así, en Reino Unido, desde el propio NHS acaba de publicarse un estudio muy instructivo que enumera los beneficios para la economía que tendría la reducción de las listas de espera. El estudio incluye una serie de propuestas para poder hacerlo, y sus conclusiones son más que interesantes. Porque dan un enfoque diferente, más allá del sufrimiento de los pacientes y sus familiares.

Así por ejemplo, el informe concluye que:

1. Se generarían 18.000 millones de libras en horas de las personas que están de baja esperando para operarse.

2. Se generarían 55.000 libras asociadas al aumento de actividades productivas no remuneradas como guarderías o el cuidado de familiares.

3. Se generarían 14.000 millones en cinco años en concepto de ahorro por las consecuencias sobre la salud que produce estar en la lista de espera.

Todo el mundo dice que lo que ocurre con el NHS es la antesala de lo que nos va a ocurrir aquí. En mi opinión, la realidad es que aquí ya está ocurriendo más de lo que ocurre allí. La diferencia radica en que no se dice lo suficiente porque no se quiere ver el sistema sanitario como un problema, sino sólo como un privilegio (la joya de la corona). Y sentarse a tratar de reformar sus miserias se entendería como agravio a nuestro Estado de bienestar, cuando la realidad es que si nuestras autoridades políticas llegaran a un acuerdo para alcanzar el pacto sanitario que todo el mundo reclama, ese Estado podría llegar a ser mucho mejor para todo el mundo.

En Reino Unido, The Commission on Health and Prosperity, organismo que ha elaborado el citado informe, ha propuesto para disminuir las listas de espera un 30% una serie de medidas destinadas a aumentar la productividad.

Por ejemplo, mejorar la elección de los pacientes para evitar cancelaciones de última hora, establecer servicios de asesoramiento en los preoperatorios para que los pacientes lleguen mejor preparados a la intervención, ampliar los horarios quirúrgicos a los fines de semana, mejorar el seguimiento postoperatorio en domicilio o aprovechar mejor los hospitales quirúrgicos con pacientes principalmente quirúrgicos, programados para que las listas no se vean afectadas por las urgencias o los pacientes no quirúrgicos. En España de todo esto ni se habla.

Por eso el NHS y el SNS son como las dos caras de la misma moneda. Estando igual de mal, unos están tratando de ver como pueden arreglar la situación, mientras que los otros -nosotros- no quieren saber nada del asunto, y miramos para otro lado.

Es fácil imaginar qué ocurrirá si seguimos en esta línea.

Juan Abarca Cidón es presidente de la Fundación IDIS.

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