El socialismo y la política vudú

Los recientes procesos electorales deberían invitarnos profundizar en algunas cuestiones de fondo sobre la relación entre sociedad y política. Años de crisis han producido una cadena de daños estructurales a escala global que van mucho más allá del deterioro del estado social o del bienestar, de por sí un daño de grandes dimensiones. Por ejemplo, esta crisis puede haber producido graves alteraciones en una cosa tan esencial como es la crisis del concepto de representación. Estamos hablando de la erosión o quiebra del principio de representación política, es decir de los mecanismos de vinculación entre la sociedad y el conjunto de instituciones y normas que la gobiernan. Y en el núcleo de este problema está el concepto de partido político. Por un lado, la persistente partitocracia, entendida como el proceso a través del cual los partidos han pasado de ser una muestra del derecho de asociación a tomar el control de la totalidad de las instituciones públicas o parapúblicas, incluyendo las no electivas.

No hemos siquiera empezado a pensar a fondo cómo enderezar tal situación, pero el caso de Francia da que pensar. Por esto Macron es hoy objeto de todo tipo de intentos de canibalismo en todas partes. Macron era un desconocido hace un año, “no tenía” partido, no mostró interés por las primarias de nadie, nunca había concurrido a ninguna elección. Es joven y nuevo, y parece joven y nuevo. Los que nunca han gobernado, aparecen, en el momento electoral, como una oportunidad de voto de protesta o de castigo, con pretensiones antisistema (Le Pen, Melenchon) o de renovación epifánica. Mientras, las primarias del PSOE parecen cada vez más un tráiler de cómo puede acabar ese partido, muchos de cuyos líderes siguen sin entender que a estas alturas la única incógnita es quién será Herve Hamon (si no lo recuerdan, busquen el resultado de la primera vuelta de las recientes elecciones francesas).

Dicen que “no va de personas” sino de “ideas”, pero no conseguimos que digan nada de nada de lo que harían en el gobierno, mientras juran encanterios de Política Vudú, convencidos de que al final algo acabará pasando. El otro día Sanchez preguntaba en voz alta que digan (¿quién?) “por qué con la abstención regalaron el gobierno al PP”. ¿De verdad cree Sanchez que ese es el recuerdo que los espectadores del espectáculo tenemos de la “performance del 1 de Octubre”.

Tal es la fractura entre las palabras y las cosas que algunos empiezan a usar un término derivado de las neurociencias para referirse a ello: “disociación cognitiva”, definida como el proceso de “tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona que tiene al mismo tiempo pensamientos en conflicto con sus creencias”. Muchos electores, a la vez tan informados y tan confusos, votan en realidad contra algo pero no saben qué ni por qué. En Francia, por primera vez en una elección presidencial, ninguno de los dos grandes partidos que han gobernado Francia durante los últimos cincuenta años ha pintado nada en la segunda vuelta, y esto no es coyuntural. Por ello, para encontrar soluciones a esta crisis del concepto de representación, hay que remontar el vuelo.

Un problema adicional es que los problemas de gobernanza de nuestras sociedades, inmersas en una serie de dinámicas claramente transnacionales y globales, se rigen por instituciones y normas (Gobierno, Parlamento, Constitución, Leyes, etc) de más de un siglo de antigüedad. No digamos ya la erosión de los partidos. Los candidatos creen (¿lo creen?) hablar en nombre de los militantes contra el aparato, miden el peso que tienen en tal o cual federación, y en realidad no tienen ni idea de la distancia entre ellos, es decir el aparato, e incluso la militancia, y los que contarán al final del día: los electores. La distancia entre un Comité federal (algunas decenas) más los militantes (aproximadamente 180.000 personas) y los cinco, o siete u ocho millones de votantes habla por sí sola. Tenemos que repensar profundamente una de las mayores mutaciones de las últimas décadas: la verdadera complejidad de nuestras sociedades contemporáneas, sus líneas de fractura, sus líneas de confrontación política, la fragmentación de los campos de reivindicación y protesta, y sobre todo, cómo han cambiado los múltiples modos de representación de intereses.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

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