El socio indispensable

Está de moda en Estados Unidos hablar de decadencia y eso se refleja en libros recientes de autores tan populares como Fareed Zakaria y Zbigniev Brzezinski. Tras la implosión soviética que puso fin a un periodo de 50 años de equilibrio nuclear forzado por la certeza de una destrucción mutua asegurada, el fin de siglo parecía anunciar la hegemonía indiscutida de Washington en un mundo unipolar. Incluso, con cierta prepotencia, se hablaba del fin de la Historia con el triunfo por goleada de la economía de mercado y la democracia liberal ante la carencia de otros modelos con vis atractiva.

Poco duró el espejismo. Si la Europa en la cumbre de su poder colonial fue incapaz de acomodar a una Alemania con pretensiones imperiales y se enzarzó en dos guerras mortíferas que pusieron fin a su hegemonía, ahora Estados Unidos podría correr la misma suerte tras desaprovechar la última década del siglo XX y la primera del XXI para asentar un poder que hace apenas 20 años nadie parecía disputarles. Pero en lugar de ello se distrajo metiéndose en guerras contra un terrorismo sin rostro que son imposibles de ganar y que han sangrado su economía. Como dice Robert Cooper, “la última década ha puesto de relieve la debilidad del poder y el fracaso de las reglas” en el sentido de que el poder militar no produce influencia política en ausencia de la legitimidad que otorga la norma. Nadie cree ya que EE UU sea la nación “escogida por Dios y encargada por la historia para ser un modelo para el mundo”, como afirmó George W. Bush hace apenas 10 años.

Vietnam marcó los límites del poder imperial en el mundo bipolar. Ahora las experiencias de Irak y de Afganistán muestran que esos límites siguen siendo infranqueables en ausencia de la URSS y ponen de relieve la imposibilidad de escribir la historia en solitario. El estilo de Obama —que es convicción a la vez que necesidad— se muestra en la salida de Irak, en el repliegue afgano, en la forma de encarar la crisis libia, en la doble vía —descartada la de la simple contención— para enfrentar la nuclearización de Irán, o en la enorme prudencia con la que analiza la situación siria.

No es que el poder militar americano se debilite en términos absolutos pues con el 4,8% del gasto nacional dedicado a Defensa, Estados Unidos continúa siendo la “nación indispensable” que decía Margaret Albright en el sentido de que si no lo pueden hacer todo, al menos nada se puede hacer en su contra y muy difícilmente sin su participación o luz verde. Pero Washington sabe que necesita apoyos en un mundo interdependiente y globalizado en cuya marcha hay otros países decididos a intervenir, países respaldados por pujantes economías, clases medias en imparable crecimiento y una fuerte confianza en su destino que oculta fragilidades no menos ciertas. Son los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) que representan más de la cuarta parte de la superficie del planeta, el 40% de su población, el 24% del PNB y el 15% del comercio mundial.

Por eso, Estados Unidos necesitará cada vez más a Europa. Que Europa necesita a EE<TH>UU es evidente desde hace un siglo cuando la intervención americana acabó las dos grandes guerras en favor de unas democracias que no las podían ganar por sí solas. Una Europa envejecida, sin apenas fuentes de energía, hedonista, más preocupada “por su seguridad social que por su seguridad nacional” (como dice Brzezinski evocando de nuevo la confrontación entre Marte y Venus de que nos hablara condescendientemente Robert Kagan hace una década) y en plena crisis económica, necesita del músculo americano para garantizar su propia seguridad como nos han demostrado las sucesivas crisis balcánicas. También voces europeas —Steiner y Torreblanca— se interrogan sobre nuestra decadencia y la “fragmentación del poder europeo”. No nos engañemos, la crisis que atraviesa Europa está provocando un cambio estructural y de largo alcance en el reparto mundial del poder y Europa corre el riesgo de quedar al margen de los foros donde se decide la marcha de la Historia. Está claro que necesitamos a los americanos, nos guste o no. La alternativa es hundirnos mientras la orquesta sigue tocando, como en el Titanic.

Pero también los americanos nos necesitan a nosotros, aunque algunos aún no lo sepan, porque tienen que hacer frente a un tiempo a sus problemas económicos internos (que se agravarán si empeoran los de Europa), a un sin fin de crisis regionales irresueltas (desde Irán hasta Corea, pasando por Siria, Oriente Medio y el “despertar árabe”), a problemas globales como la proliferación o el calentamiento del planeta, al logro de un acomodo con una Rusia crecientemente nacionalista y a la emergencia de China como gran potencia, algo que merece un comentario especial porque ningún gran país ha entrado en el escenario de la Historia con ambición protagonista sin afectar a los intereses de los actores que ya estaban en él y eso es algo que está comenzando a suceder a pesar de la exquisita prudencia de los dirigentes chinos con sus políticas de “despertar pacífico” y de “armonía global”. Para enfrentar todos esos escenarios los americanos necesitan a Europa.

Uno de los fracasos de la diplomacia occidental de los últimos años es no haber sabido encontrar un encaje geopolítico y securitario a la Rusia postsoviética, país con un liderazgo conocido y con una sociedad en cambio acelerado, y este es otro de los campos en que europeos y americanos podemos trabajar juntos pues si para Washington Rusia es un problema estratégico, para Europa es además una cuestión de vecindad reforzada por ingentes suministros energéticos.

El área euro-atlántica constituye el mayor espacio económico del planeta: con el 12% de su población, acumula más de 50% del PIB y el 33% del comercio mundial, sumando intercambios de tres billones de euros que dan empleo a 14 millones de personas. Hay tanta inversión norteamericana en Alemania como en China, Brasil, India y República Sudafricana juntos. Los americanos han invertido en Irlanda el doble que en China y en Brasil la mitad que en España y, por eso, europeos y norteamericanos nos beneficiaríamos mucho de la supresión de tarifas arancelarias y de la mayor homologación regulatoria que implicaría la creación de una zona de libre cambio en la cuenca atlántica.

Europa y Norteamérica han formado la más formidable alianza defensiva de la historia —la OTAN— que muestra vitalidad y capacidad de adaptación a un mundo en rápido cambio y por eso sigue habiendo países que siguen deseando guarecerse bajo su paraguas protector mientras extiende sus competencias a nuevas áreas geográficas (Afganistán) y nuevos retos (ciberseguridad). Estados Unidos no se desenganchará de la OTAN pero reducirá su presencia militar en nuestro continente y ello nos exigirá un mayor compromiso con nuestra propia defensa.

Pero, por encima de todo, Europa y Estados Unidos aportan hoy conjuntamente el 80% de la ayuda mundial al desarrollo y comparten unos valores que no son necesariamente los de las potencias emergentes, herederas de otras tradiciones culturales que fueron arrinconadas durante el apogeo del colonialismo. La primacía del grupo sobre el individuo, el sentido confuciano de la autoridad, el papel de la mujer en algunas sociedades son algunos ejemplos claros. Nuestros valores, bueno es señalarlo, son compartidos por los países de América Latina a los que habrá que incorporar un día al proyecto trasatlántico. Si creemos en principios como el buen gobierno, el imperio de la ley, la democracia participativa, la igualdad de género, la libertad de expresión, los derechos humanos, la economía de mercado…mejor que nos preparemos a defenderlos porque no todos hoy en el mundo piensan igual y crece a diario el peso económico y político de los que los matizan o que tienen distintas concepciones sobre ellos.

De manera que si Estados Unidos sigue hoy siendo “la nación indispensable” también Europa puede ser el “socio indispensable” que Washington precisa para defender una cosmovisión que se bate en retirada a principios del siglo XXI ante el ascenso imparable de otros actores y otros valores. Los americanos nos necesitarán como compañeros en esas trincheras porque no encontrarán a otros. Pero para ello es preciso que antes solucionemos nuestros problemas económicos y reforcemos nuestra integración política para hablar hacia el exterior con una sola voz. Mientras eso no suceda los americanos seguirán sin “ver” a Europa y continuarán tratando bilateralmente con Berlín, Londres y París, como ocurre ahora.

Jorge Dezcallar es embajador de España. Hasta ayer lo fue en Estados Unidos

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