El sprint final de Barack Obama

Tema

¿Cuáles han sido las últimas medidas adoptadas por Barack Obama antes de abandonar la Casa Blanca?

Resumen

Medioambiente, Consejo de Seguridad, Guantánamo y ciberespacio son algunos de los ámbitos en los que Barack Obama ha querido tomar sus últimas decisiones en las que ha buscado dar un último impulso a un legado que no supo forjar. Algunas han sido simbólicas, otras tendrán un carácter más permanente y en la mayoría de las ocasiones han sido un mensaje directo a su sucesor, Donald Trump.

Análisis

La expresión “pato cojo” (lame duck) se utiliza en EEUU para apuntar al menor poder e influencia del presidente del país en los últimos meses de su mandato. Estrictamente hace referencia al período que va desde la elección presidencial, en noviembre, hasta la toma de posesión del nuevo presidente, en enero. Sin embargo, puede ampliarse a los últimos dos años de mandato si el Congreso está controlado por el partido contrario. Una situación bastante común y que esta vez ha vuelto a repetirse.

Con un “pato cojo” en la Casa Blanca, más de uno se preguntará por qué el nuevo presidente no asume el cargo nada más ganar las elecciones. La respuesta la dieron los “padres fundadores”, que esbozaron un período de transición para que el nuevo presidente tuviera la oportunidad de prepararse para el trabajo. Una etapa que consideraron de vital importancia, tanto que originalmente el presidente no tomaba su cargo hasta el 4 de marzo, cuatro meses después de ganar las elecciones. En 1930 el Congreso lo modificó.

Barack Obama, a pesar de tener que trabajar con un Congreso republicano, no ha querido ser un “pato cojo” y lo ha demostrado en los últimos dos años. Recordemos iniciativas como la reapertura de las relaciones diplomáticas con Cuba,1 el acuerdo sobre el clima de París, una nueva reforma migratoria2 y el acuerdo nuclear con Irán. Y de forma muy marcada lo ha querido poner de manifiesto en las últimas semanas, durante la denominada “transición presidencial”. Parece haber querido correr un sprint final para tratar de afianzar parte de su legado.

Últimas medidas

Obama ha vuelto a utilizar su poder ejecutivo en sus últimas semanas como presidente. Un ejemplo es la orden del 29 de diciembre de 2016 por la que expulsaba a 35 diplomáticos rusos y sancionaba a varias personas y organismos rusos, como el Servicio de Seguridad Federal y el Directorio Principal de Inteligencia. El origen es la constatación por parte de la comunidad de inteligencia de EEUU de una presunta intervención rusa en la campaña presidencial norteamericana mediante ciberataques y difusión de propaganda con la intención de perjudicar a Hillary Clinton y favorecer a Donald Trump.

La medida quiso ser una respuesta contundente de Washington a Moscú ante un grave ataque a la democracia norteamericana, una respuesta “necesaria y adecuada a los esfuerzos por perjudicar los intereses de EEUU en violación de las normas internacionales establecidas”, afirmó Obama. Éste había prometido una respuesta “proporcional” al pirateo del correo del Partido Demócrata y del jefe de campaña de Hillary Clinton, que fueron sacados a la luz por Wikileaks en las últimas semanas de campaña, mientras que Joe Biden pidió tomar represalias de máximo impacto. Sin embargo, para muchos demócratas la respuesta ha sido insuficiente y se ha quedado en lo simbólico, en parte porque es fácilmente revocable por Donald Trump. El nuevo presidente no acepta con claridad la culpabilidad de Rusia en dichos ataques al tiempo que apuesta por una nueva y próspera relación con Moscú y critica con dureza a los servicios de inteligencia norteamericanos.

Las medidas también llegan tarde para algunos y con la intención principal de enmascarar posibles errores de la Administración Obama, porque un año antes ya había informaciones de que el Partido Demócrata había sido pirateado y no se tomaron suficientemente en serio, y porque crece cierta percepción de debilidad y vulnerabilidad de la Administración norteamericana frente a ataques de ese tipo.

En segundo lugar, hay que destacar la medida adoptada el 20 de diciembre por la Administración Obama prohibiendo indefinidamente las perforaciones en parte del Ártico y del Océano Atlántico, un paso cuyo principal objetivo era defender y ampliar el legado medioambiental de Barack Obama, parte del cual se encuentra en peligro con la nueva Administración. Trump es escéptico frente a los problemas del cambio climático y ha prometido desarrollar una política que permita incrementar la producción energética, lo que apuntaría a la explotación de los recursos del Ártico. Además, parte de las iniciativas medioambientales de la Administración Obama salieron adelante gracias a órdenes ejecutivas, que son fácilmente derogables. En este caso, sin embargo, la Administración entrante tendría que hacer frente a serios problemas legales para revertir el curso de la medida porque, a diferencia de prohibiciones anteriores, se ha hecho utilizando una vieja ley que blinda la iniciativa. Además, hay que reseñar que la medida fue aprobada simultáneamente y de forma coordinada con Canadá.3

Muy polémica fue la decisión de Barack Obama de permitir que saliera adelante, el pasado 23 de diciembre, la resolución 2334 del Consejo de Seguridad que condena los asentamientos israelíes gracias a la abstención de EEUU en la votación. Fue una derrota política para el primer ministro Benjamin Netanyahu y un duro golpe de Obama al gobierno israelí, pero no fue una sorpresa. El Consejo reafirmó su determinación de que Cisjordania y Jerusalén Este son territorios ocupados y de que los asentamientos israelíes no tienen validez legal. La inclusión de Jerusalén Este es percibida para muchos israelíes como un rechazo a la conexión judía con el judaísmo de la cuidad santa como muchos líderes palestinos han afirmado en los últimos años. Ninguno de los tres –la determinación de la “ocupación”, la inclusión de Jerusalén Este y la abstención de EEUU–4 eran una novedad. Pero sí hubo dos elementos nuevos. Por un lado, la implicación de Donald Trump en un movimiento sin precedentes en un presidente electo en el proceso de presentación de la resolución. Mientras Obama decidía si abstenerse, Israel presionaba a Egipto –impulsora de la resolución– y al presidente electo para frustrar la propuesta. Trump pidió públicamente el veto y posteriormente twitteó a Israel que se mantuviera fuerte hasta el día de la inauguración presidencial. El otro elemento nuevo es que la resolución no es solo una condena a los asentamientos sino la afirmación por parte de las potencias mundiales de que se acaba el tiempo para una solución de “dos Estados”. Samantha Power, embajadora de EEUU ante la ONU, afirmó que la resolución refleja los hechos sobre el terreno y Ben Rhodes, asesor de Seguridad Nacional, aseguró que la solución de dos Estados está en peligro, lo que motivó la posición de Obama.

Parece claro que el ex presidente norteamericano quiso dar un golpe de gracia a Netanyahu, con quien ha chocado durante su mandato sobre todo por la expansión de los asentamientos y el acuerdo nuclear con Irán, y eso a pesar de que con Obama Israel ha recibido uno de los mayores paquetes de ayudar militar. Pero es también un golpe a Trump, que buscará una postura más pro-israelí, trasladando la embajada de EEUU a Jerusalén, una medida de la que toda Administración norteamericana se ha abstenido asumiendo que el futuro de la disputada ciudad debe ser resuelto en las negociaciones directas entre ambas partes. El nuevo embajador de Israel, David Friedman, es además un firme defensor de los asentamientos y se opone a la solución de dos Estados, piedra angular de la política de EEUU en relación al conflicto.

Durante esta “transición presidencial” han destacado también los últimos esfuerzos demócratas para dificultar a la Administración entrante la revocación del Affordable Care Act, conocido como el Obamacare, y uno de los principales estandartes del legado de Obama en el ámbito doméstico. Llevaban meses trataron de impulsar el registro de nuevas personas, llegando a alcanzar en el último año la incorporación de 400.000 más. La idea era que cuantas más personas se sumaran a él más difícil sería para los republicanos echar para atrás la ley. A principios de enero Barack Obama hizo una inusual visita el Capitolio para reunirse con los demócratas de ambas cámaras y alentarles para comprometerse en una masiva campaña de opinión pública para defender la ley. Sin mayoría en las dos cámaras poco pueden hacer para frenar la revocación pero sí pueden dificultar su sustitución, para la cual los republicanos necesitarían al menos 60 votos en el Senado, cuando sólo disponen de 54. En su discurso de despedida, Barack Obama volvió a insistir en la importancia del Obamacare y afirmó que si existiera un plan que ofreciera más cobertura y a menor precio él lo apoyaría.

También ha sido significativo el desmantelamiento del programa creado después del 11-S para seguir la pista a musulmanes y árabes en EEUU, según anunció el departamento de Homeland Security.5 Inactivo desde 2011, el programa, conocido como NSEERS (National Security Entry-Exit Registration System) o “Registro Especial”, podría haber servido como base para el registro de musulmanes que Trump prometió –aunque luego se desdijo– durante su campaña. Recientemente una fuente cercana a la nueva Administración afirmó que sí habría una nueva base de datos y que sería similar al NSEERS, pero ya no se podrá partir de él. Eric Schneiderman, fiscal general del estado de Nueva York, afirmó que no podían arriesgarse a dar al futuro presidente las herramientas para crear un “registro religioso inconstitucional”.

Guantánamo también se ha colado en esta etapa de transición presidencial, una de las grandes promesas de la campaña electoral de Obama en 2008. Desde la complicada burocracia hasta el miedo a que los detenidos dejados en libertad fueran potenciales terroristas son algunos de los factores que impidieron cerrarla en estos años. Además, la prohibición del Congreso de reasentar a cualquiera de los detenidos en suelo norteamericano maniataba a la Administración a encontrar países con voluntad para aceptar prisioneros. En las últimas semanas cuatro yemeníes fueron enviados del centro de detención cubano a Arabia Saudí y posteriormente otros 10 detenidos fueron transferidos a Omán. Un día antes de dejar la presidencia, Barack Obama criticó duramente a los miembros del Congreso por haber obstruido sus esfuerzos para cerrar el penal, en la que permanecen todavía 41 prisioneros. Durante la campaña electoral Donald Trump prometió volver a llenar la Guantánamo de sospechosos de terrorismo.

Por último, ha sido llamativa la conmutación de la pena a Chelsea Manning, en contra de la opinión de parte de su partido y de su propio gobierno, como el secretario de Defensa Ash Carter. El entonces joven analista fue arrestado en 2010 acusado de robar y filtrar el hasta entonces mayor número de datos confidenciales del gobierno norteamericano. Fue sentenciado a 35 años de prisión, una condena excesiva, según Obama, comparada con otras sentencias por casos similares. Al parecer, Manning ha admitido su equivocación, ha pedido perdón y ha expresado remordimiento. Detrás parece que hay también consideraciones humanitarias dado que Manning es hoy una mujer en una prisión de hombres y ha tratado de suicidarse en varias ocasiones. Los grupos LGBT han presionado, además, con insistencia a Obama para que tomara dicha decisión. Dicen que el ex presidente tiene razones para pensar que, con Trump en la Casa Blanca, sus posibilidades de salir son muy reducidas. Lo que parece claro es que de algún modo la decisión de Obama parece que ha ido en contra del propio instinto político –teniendo en cuenta el tema de las recientes filtraciones y acusaciones a Rusia de interferir en el proceso electoral– y ha tenido más peso la sensibilidad del momento.

Democracia

Antes de abandonar la Casa Blanca Barack Obama no ha dejado de alertar sobre los peligros que acechan en la actualidad a la democracia norteamericana. Se oyó en su discurso de despedida,6 en el que enumeró varias amenazas. Habló, por ejemplo, de los peligros de la nueva batalla de las ideas en política en la que parece que cada vez cuentan menos los hechos y las nuevas informaciones; mencionó la creciente desigualdad económica y de oportunidades que está dañando los propios principios democráticos; y no se olvidó del peligro de ceder ante al miedo y de las cuestiones raciales que continúan dividiendo a la sociedad y, por lo tanto, socavando la democracia. En este último caso, puso como ejemplo el carácter de Atticus Finch, el héroe silencioso del clásico Matar a un ruiseñor: “Uno no comprende realmente a una persona hasta que no se mete en su piel y camina dentro de ella”. Fue una frase especialmente reveladora, sobre todo tras los recientes resultados electorales, por Trump pero también por el propio Obama y la candidata Hillary Clinton. Quizá si se hubieran puesto en la piel de esas miles de personas del cinturón industrial de EEUU, el legado del presidente nº 44 no sería tan incierto, desde el acuerdo nuclear con Irán hasta las regulaciones medioambientales, pasando por el Obamacare.

Sólo hay dos maneras de que un presidente de EEUU forje un legado. O logra tomar decisiones con el apoyo de ambos partidos o es capaz de cuidar y nutrir a su propio partido político de manera que éste puede llevar adelante sus logros y protegerlos.

Barack Obama no hizo ninguna de las dos cosas. Lo primero era difícil y con el tiempo se volvió imposible cuando el Partido Republicano tomó la determinación de socavar cualquier decisión suya a toda costa, aunque la culpa habría que repartirla entre ambas partes. Le quedaba, por tanto, la posibilidad de construir un Partido Demócrata lo suficientemente fuerte para continuar con sus logros. Pero prefirió a su propia organización de campaña (Obama for America) que a la institución democrática a nivel nacional. Y las críticas de que no ayudó lo suficiente al partido son legítimas. En 2008 el Partido Demócrata tenía 256 escaños en la Cámara baja, 58 en el Senado y 28 en la gobernación. En diciembre de 2016 tenía 194 escaños en la Cámara Baja, 48 en el Senado y 18 en la gobernación. El legado presidencial no es simplemente lo que una persona logra en la Casa Blanca sino si deja o no detrás de él un partido fuerte.

Él mismo también ha admitido que entre sus funciones presidenciales estaba la de formar a la opinión pública, pero que no siempre fue capaz de movilizarla, como en el caso de la reforma sanitaria. De ahí que algunas estadísticas muestren que los norteamericanos piensan que en muchos asuntos el país ha perdido terreno, y eso a pesar de los altos índices de popularidad del presidente saliente.

Conclusiones

Barack Obama llegó al país con la intención de unificar al país y a la gente, y de cambiar Washington. Quiso ser un presidente transformador y al final se convirtió en el centro de algunas de las propias divisiones del país. Ha admitido sus errores, como no formar suficientemente a la opinión pública y dejar tras de sí un Partido Demócrata débil. Pero no ha querido irse en silencio. En las últimas semanas ha querido alertar a la sociedad del peligro que tiene dar por sentada la democracia en un país dividido por la desigualdad, por los temas raciales y con unas instituciones que necesitan un cambio. Antes de irse ha intentado dar un último impulso a un legado que no supo forjar durante su presidencia, tratando además de ponerle las cosas más difíciles a su sucesor en algunos ámbitos que ya están siendo controvertidos. De alguna manera ha querido enviarle un duro mensaje a Donald Trump porque su legado, de cierta forma, está en sus manos.

Por lo que se sabe de la post-presidencia de Obama, éste va a tratar de crear una nueva generación de demócratas que salvaguarden la democracia en EEUU. Quizá llega tarde.

Carlota García Encina, Investigadora, Real Instituto Elcano.


1 Carlota García Encina (2016), “Obama en Cuba: legado y primarias”, Comentario Elcano nº 13/2016, 4/IV/2016.

2 Carlota García Encina (2014), “Reforma migratoria en EEUU: yo, Barack”, Elcano blog, 24/XI/2014.

3 The White House (2016), “United States-Canada Joint Arctic Leaders’ Statement”, 20/XII/2016.

4 En 1987 la Administración Reagan se abstuvo y permitió que saliera adelante la resolución 605, que hacía un nuevo llamamiento a la aplicación de la Convención de Ginebra sobre la protección de civiles y lamentaba las políticas y las prácticas de Israel en los territorios ocupados en los que incluía a Jerusalén. En 2003, George W. Bush votó a favor de la resolución 1515 que hacía un llamamiento al respaldo a la “Hoja de ruta” adoptada por el Cuarteto un año antes y que pedía la completa detención de los asentamientos.

5 Deparment of Homeland Security (2016), “Removal of Regulations Relating to Special Registration Process for Certain Nonimmigrants”, 23/XII/2016.

6 Carlota García Encina (2017), “Obama y el arte de decir adiós”, Elcano blog, 11/I/2017.

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