El sueño americano con acento español

Su Majestad el Rey Felipe VI presidió ayer en la ciudad de Málaga la XIX edición del Foro España-Estados Unidos. En los recientes años, la herencia cultural española está cada vez más presente en Estados Unidos gracias al importante aumento de la comunidad hispana, el grupo étnico más importante del país. Pero es curioso: la ciudadanía en general de ambos países desconoce importantes acontecimientos y hechos que nuestro país protagonizó relacionados con la exploración y el nacimiento de la nación de la libertad. En palabras del famoso periodista, historiador, poeta y bibliotecario de Massachussets: Fletcher Lummis, «Si no hubiera existido España hace cuatro siglos, no existiría hoy Estados Unidos». Compañero de promoción de Theodore Roosevelt sentenciaba en su obra, «The Spanish Pioneers», e inspirado por los héroes de Carlyle: «La razón de que no hacemos justicia a los exploradores españoles es, sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo y nuestros libros de texto no han reconocido esta verdad».

Las naciones siempre se forjan con esfuerzo, genialidad y determinación de muchos hombres y mujeres. Pues bien, buena parte del ingenio de algunos brillantes españoles forjó el descubrimiento y nacimiento de los Estados Unidos. El acento Español discurría por tierras Americanas (como magistralmente nos recuerdan Canales Torres y Martínez Laínez con su obra «Banderas lejanas») cuando los exploradores Ponce de León, Hernando de Soto, Francisco Vázquez Coronado y Lucas Vázquez de Ayllon, allá en el siglo XVI (para ser más exactos 250 años antes que nacieran los Estados Unidos) dibujaban y descubrían por primera vez buena parte de la Norteamérica meridional, desde Florida a Oklahoma. Es como si un tal George o un tal Andrew, hubiera descubierto y cartografiado por primera vez nuestras fronteras Europeas, desde Cádiz a Berlín, bautizando Tennessee, Houston, Texas o Nueva York, a nuestra Córdoba, Valencia, Pamplona, París o Berlín.

«El destino de los intereses de las colonias nos importa mucho, y vamos a hacer por ellos todo lo que las circunstancias lo permitan» sentenciaba Floridablanca. Con el término «colonias» se refería a los territorios de Inglaterra en Norteamérica y, con «destino», a su libertad, a su independencia. Ello explica la decisiva actitud política, con la audaz diplomacia del aragonés Conde de Aranda; la importante ayuda económica española del momento, en la que fueron pioneros el bilbaíno Gardoqui Arriquibar y Unzaga, o el no va más, con el pago de la nómina del ejército norteamericano por parte del español Francisco de Saavedra, en la decisiva batalla de Yorktown. Ver para creer. Pagando la nómina desde «Spain» a todo un «army». Qué contar de las victorias militares como la toma de Pensacola, por el valiente malagueño Bernardo de Gálvez. Todo ello fue decisivo para el triunfo de los patriotas americanos. Toneladas de pólvora. Decenas de cañones. Fragatas de guerra. Tejidos para los uniformes. Una gran ayuda en diferentes materias que con todo detalle dio a conocer recientemente en la Real Academia de la Jurisprudencia el jurista José María Lancho. Incluso el dinero destinado a las catedrales, con aquella famosa misiva del secretario de Estado, pidiendo fondos en forma de préstamo para la ayuda a Norteamérica, a los cabildos catedralicios españoles. Millones de reales de Vellón gracias a Toledo, Santiago de Compostela, Zaragoza y Málaga. De nuevo política, finanzas y heroísmo unidos por la causa norteamericana. François Joseph Paul, marqués de Grasse, fue el que sentenció, en relación al dinero aportado por España: «Fue la cimentación del edificio sobre el que se ha erigido la independencia de Norteamérica». Por todo ello, y en reconocimiento, debió ser emocionante ver desfilar durante la parada militar de la victoria norteamericana del 4 de julio, al español y malagueño Bernardo de Gálvez. Montaba a la derecha del mismísimo George Washington. Uno de esos momentos que la historia y el futuro tampoco debería olvidar.

Y luego están las historias como la de Pedro Casanave, comerciante navarro que llegó a ser alcalde de la ciudad de Georgetown, y que fue el encargado de colocar la primera piedra en la Casa Blanca. La fecha elegida no fue al azar: el 12 de octubre de 1792, coincidiendo con el centenario del descubrimiento de América. Y ya que estamos en el capitolio, cuyas paredes transmiten la crónica de los grandes de América, de Lincoln a Reagan. Allí existe un óleo de Hernando de Soto. Junto a él, y de nuevo gracias a la determinación de una española, Teresa Valcarce, y al apoyo del senador por Nueva Jersey, Robert Menéndez, se dispondrá ahora allí el retrato de Bernardo de Gálvez en el capitolio. Para que vuelva a cabalgar.

Quizás sea interesante recordar estas historias. El pasado siempre está vivo. Aunque sea para recordar que el antepasado de Felipe VI, Carlos III, desde Aranjuez, apoyaba firmemente desde España la lucha por el nacimiento de Estados Unidos, es para no olvidar. Así, al estrechar sus manos en cualquier foro, tanto americanos como españoles, quizás puedan estrechar su historia. Nuestra historia; más sólida y común de lo que podamos imaginar, a pesar de los velos que luego tejieron los nuevos imperios interesados en borrar la crónica de España. Recordemos a Lummis: «Si no hubiera existido España hace cuatro siglos, no existiría hoy Estados Unidos».

Javier Noriega, arqueólogo y vocal de la Confederación de Empresarios de Málaga.

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