El sueño de Ícaro

En mi sueño, el mito concluye de otra forma. En mi sueño, el hijo de una joven esclava y su padre, son capturados por el rey Minos en la isla de Creta. El padre, Dédalo, es obligado a construir el laberinto para encerrar dentro al Minotauro, su propia carne y sangre. El laberinto es una perversión del enorme talento de Dédalo. Un sinfín de revueltas para esconder dentro una terrible verdad. Pues ¿qué déspota estaría a salvo si sus pecados fueran transparentes?

En mi sueño, Dédalo e Ícaro quieren escapar de la tiranía de Minos. Así que Dédalo construye su propio sueño. Puedo ver, con total nitidez, a Dédalo con la vista clavada en el mar, cercano pero inaccesible, a través del ventanuco enrejado. Meditando cómo escapar de un destino inexorable. Con el corazón encogido viendo cómo la piel de su hijo se iba volviendo más fina y transparente a medida que le faltaba la luz, que su pelo se volvía quebradizo y sus pulmones se encharcaban, que sus músculos se atrofiaban en el taller. Sin poder jugar y reír al sol.

En mi sueño, Dédalo contempla un punto fijo en la lejanía, cuando un borrón se cruza entre sus ojos y la añorada playa. Un aleteo que se mece en el viento, un grito de libertad que rebota en los muros de la prisión. Es breve y fugaz, como cualquier idea. Ha pasado frente a los ojos de todos, como cualquier idea. Y nadie más supo aprovecharla, o quizás tuvieron miedo de hacerlo. Como cualquier idea.

En mi sueño, Dédalo busca los materiales que tiene disponibles, y solo encuentra lo que para otros sería basura. Ramas secas. Cordel. Plumas de ave. Cera de las velas con las que se alumbra por las noches en los encargos, cada vez más complejos, que le exige el tirano.

En mi sueño, Dédalo se encorva sobre la mesa de trabajo. Parte, mide, anuda, pega. Estira y da forma con sus manos. Prueba, ensaya, intenta. Falla, falla, falla, una y otra vez, hasta el punto que su cerebro se traslada a la punta de sus dedos.

En mi sueño, Dédalo finalmente logra definir la suave, incomprensible curvatura de las alas de un pájaro. La perfecta imperfección de la naturaleza, atrapada en una estructura hecha con retales. Lo imposible cobra vida en el altar de la tenacidad y del esfuerzo.

En mi sueño, Dédalo prueba sus alas, y comprueba atónito que funcionan.

En mi sueño, Dédalo dedica un tiempo precioso a fabricar un segundo par de alas para su hijo, sabiendo que en cualquier momento pueden ser descubiertos por los feroces guardias del rey. A cada instante que invierte, Dédalo imagina los pasos en las escaleras, la puerta que se quiebra en mil pedazos, las lanzas hundiéndose en su carne. Pero aún así se esfuerza mucho más en este segundo par de alas, las hace más fuertes y más grandes, porque es el segundo par de alas que garantiza la seguridad para lo más precioso que existe: el futuro.

En mi sueño, Dédalo e Ícaro escapan de la celda y suben hasta lo más alto de la torre en la que el rey les mantiene cautivos, y ahora el rascar del cuero de las botas contra los escalones de piedra no es imaginado, sino muy real. El filo de bronce de las lanzas está sediento de sangre, los gritos resuenan coléricos. Cuero, bronce y ruido, todo lo necesario para terminar con dos vidas o reducirlas de nuevo a la esclavitud y al cautiverio.

En mi sueño, Dédalo se detiene, al borde de las almenas de piedra, mira hacia el abismo que se extiende bajo ellos, repentinamente dudoso de su arte y de su ciencia. Las rocas contra las que se bate el mar le devuelven una mirada inmisericorde, desafiante. Salta si te atreves, parecen decir. Otros mejores que tú desafiaron a su propia naturaleza, y los cangrejos limpiaron sus restos sobre nosotras.

En mi sueño, es Ícaro el que empuja a Dédalo. Ícaro, nacido de esclava, que no ha conocido otra vida que el cautiverio ni ha tomado jamás un soplo de aire que le perteneciese, dice Basta. Los soldados ya rozan las alas de pluma con los dedos grasientos y promesas de muerte en los ojos vacíos. Es un último instante, un último empujón. Todo o nada.

En mi sueño, los gritos de pavor de padre e hijo se funden en uno solo mientras descienden hacia su perdición. El tiempo que tarda el viento en hinchar las alas es el que media entre el terror y la alegría, entre el estupor y el asombro. Las caras de los guardias se convierten en puntos que se alejan, mientras ambos se alzan sobre la tierra, con los brazos extendidos, volando hacia la libertad.

En mi sueño no hay orgullo, en mi sueño no hay soberbia. En mi sueño, Ícaro se alza hacia el sol, pero nunca vuela demasiado cerca, los rayos no derriten la cera de sus alas, y su padre no tiene que lamentar su inventiva ni sus propias ansias de libertad.

En mi sueño, esas imágenes, negras y vacías, pasan como un parpadeo, se desvanecen en esa esquina de los ojos con la que a veces podemos percibir a La Parca, caminando a nuestro lado.

En mi sueño, yo sé la verdad. Que no es atrevimiento ni soberbia, no es orgullo ni sinrazón el atreverse a construir un futuro con las manos desnudas y saltar de la torre hacia lo desconocido, por grande que sea el miedo y diminuta la esperanza.

Juan Gómez-Jurado, escritor.

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