El sueño de Syriza puede convertirse en la pesadilla griega

El triunfo de Syriza fue recibido en las calles de Atenas como el fin de una pesadilla. Alexis Tsipras ha manejado con habilidad la promesa de un futuro mejor y la apelación al orgullo nacional para obtener una mayoría que -con el apoyo de un pequeño partido de derecha ultra nacionalista- le permitirá gobernar. El problema para el líder izquierdista es que ahora va a tener que enfrentarse a la realidad. La cuestión es que Grecia ha podido mantenerse a flote gracias a los 240.000 millones que se le han prestado en cuatro sucesivas reestructuraciones de deuda. Y la UE no está dispuesta a perdonar.

«La cuestión», reflexiona un miembro del Gobierno, «no es técnica, sino, fundamentalmente, política. Si a Samaras, que ha hecho esfuerzos por reducir el déficit, no se le ha condonado la deuda, ¿por qué se le iba a condonar a Tsipras, que lo primero que ha hecho ha sido anunciar programas de aumento del gasto público?».

RAÚL ARIAS
RAÚL ARIAS

En ese análisis, todos los miembros de la UE están básicamente de acuerdo. Hay, eso sí, dos países, Francia e Italia que suavizan el lenguaje, porque sus líderes -Hollande y Renzi- quieren aparecer ante sus opiniones públicas como «solidarios» del sufrimiento del pueblo griego. Pero, ninguno de ellos está por hacer borrón y cuenta nueva. En primer lugar porque es mucho el dinero que hay en juego -dinero al que no están dispuestos a renunciar-; y, en segundo lugar, porque en ambos países existe el peligro de que el populismo se haga con el poder y el perdón a Grecia les daría una baza política más que apetecible.

El drama, o la tragedia, para Tsipras es que se encuentra entre la espada y la pared: no decepcionar a sus votantes y no perder la financiación que le llega de la odiada Troika, pero que es la que le permite pagar a sus funcionarios o, simplemente, que el país funcione.

No hay mucho tiempo para decidir el camino a elegir. A finales de febrero se tiene que concretar la extensión del programa de ayuda financiera a Grecia (país que, según la última estimación, necesita 15.000 millones de aquí al mes de agosto). Dicho programa está condicionado a los ajustes y al compromiso del pago de la deuda, esos 240.000 millones (la deuda total, incluyendo a todos los acreedores, supone 317.000 millones, el 175% del PIB).

¿Se puede negociar? Sí, pero el margen es muy pequeño. El plazo al que está fijado el vencimiento de las ayudas es de 30 años y a unos tipos tan bajos que a la UE le cuesta más financiarlo de lo que recibiría por el cobro de los intereses tal y como están fijados. «Se puede elevar el plazo a 40 años y dejar los tipos al 0%, pero eso no significaría reducir significativamente el peso de la deuda: si la economía griega no reduce su déficit, no mejora su competitividad, la mejora de las condiciones del pago no servirá de nada», concluye un ministro.

Apremiado por sus compromisos con «el pueblo», Tsipras se ha apresurado a anunciar una sustancial elevación del salario mínimo (que será más alto que el de España), la readmisión en sus puestos de trabajo de 10.000 funcionarios que habían sido despedidos con el anterior gobierno y la puesta en marcha de un programa de ayudas públicas para 300.000 hogares que se encuentran bajo el umbral de la pobreza.

Sólo esas medidas suponen unos 15.000 millones de gasto, a los que habría que añadir los 15.000 millones antes mencionados que Grecia necesita para sobrevivir.

Ni siquiera los 20.000 millones que Tsipras espera recaudar por la vía fiscal (lucha contra el fraude y subida de impuestos) serían suficientes para hacer frente a sus promesas.

La realidad termina haciendo trizas los sueños más bellos. Mientras los votantes de Syriza se frotan las manos ante las perspectivas de una Grecia orgullosa frente a Alemania poniendo punto y final a los sacrificios, el dinero huye del país a un ritmo superior al que lo hizo en 2012, cuando se aprobó el primer rescate.

Según la agencia Moody’s, desde el mes de diciembre, cuando ya las encuestas mostraban claramente la posible victoria de Syriza, la retirada de depósitos en Grecia supera los 12.000 millones de euros ¿Adónde han ido? Mayoritariamente se han metido debajo del colchón. No es que haya habido una huida masiva de capitales -fenómeno que ya se produjo en su día-, sino que el ciudadano medio teme perder parte de sus ahorros. Aunque aún no se habla oficialmente de esa medida, los expertos cuentan con la imposición de una tasa sobre las cuentas de ahorros para financiar los nuevos programas sociales.

Los principales bancos griegos, los únicos que ahora compran las emisiones de letras del Tesoro, han perdido más del 40% de su valor en Bolsa, fundamentalmente como consecuencia de esa pérdida de depósitos y también por el temor a medidas que castiguen al sector financiero.

Si el ahorro se va y los bancos pierden liquidez, ¿cómo se van a recaudar impuestos? ¿quién va a comprar la deuda griega?

Grecia, lo quiera o no Syriza, está fuera de los mercados. Su única salvación está en Europa.

Para lograr lo que sus predecesores no consiguieron (la condonación), Tsipras va a poner sobre la mesa la salida de Grecia del euro, al mismo tiempo que coquetea con Rusia como aliado preferente (el movimiento se ha concretado ya en un veto a las sanciones de la UE al expansionismo de Putin).

La amenaza de salida de la moneda única ya no asusta a nadie. Si en 2012 la expulsión de Grecia del euro, medida que avalaba el Bundesbank, era vista por la mayoría de los mandatarios europeos -incluida Merkel-, como un peligroso precedente que podría hacer caer a España e Italia y, por lo tanto, a la propia moneda única y al proyecto europeo en su conjunto, ahora esa perspectiva no está sobre la mesa.

Ni Italia, ni mucho menos España, corren ningún peligro: sólo hay que comprar las primas de riesgo de ambos países ahora y las que registraron hace dos años y medio.

En cuanto a la alianza con el Kremlin, no sólo sería un error que tendría graves consecuencias diplomáticas, sino que se produciría justo en el momento en el que Rusia atraviesa por su peor situación económica en los últimos diez años.

Tsipras, por tanto, sólo tiene dos caminos: o acepta la realidad y afronta el desgaste que ello supone ante su electorado; o bien convierte a Grecia en una especie de Venezuela europea -sin petróleo-, colgada de las escuálidas y siempre caras ayudas que puede proporcionarle Putin.

En España también los posibles votantes de Podemos han visto el triunfo de Syriza como la consumación de un sueño. Grecia, la democracia, le ha dicho «no» a la Troika. Ayer, decenas de miles de personas desfilaron en Madrid convocados por Podemos, enardecidos por el ejemplo griego.

Espero que lo que está sucediendo y sucederá en Grecia en los próximos meses sirva de lección para los que, de buena fe, piensan que la felicidad llegará del brazo de la demagogia.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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