El sueño español

Hablamos a diario de la necesidad de un proyecto común que nos vertebre. Lo tenemos: vivir el sueño español. Que la inmensa mayoría de los españoles disfruten por igual de las posibilidades de lo nuestro. Cuando el sueño se entreve o se mastica, genera ambición.

Los padres de América hablaban de «life, liberty and pursuit of happines». Su sueño era tener una oportunidad. Nosotros, en cambio, creímos en la responsabilidad de paliar la dureza de la vida con empresas apasionadas y prestaciones sociales, que nos llevaron siempre a gastar lo que no teníamos. Aún así la ambición no es perniciosa, el emprendimiento y la investigación nacen de ella. Nuestros antiguos prejuicios sobre la ambición han declinado gracias a experimentarla más a menudo con éxito. Nuestros anhelos serían más eficaces si se concentraran en lo principal: adaptarnos al mundo, y no su irracionalidad contraria, en pensamiento de Bernard Shaw.

Incorporando la cultura de la ambición la realidad es que España mejora, aunque sea ahora nuestra avidez buscar empleo o denunciar la corrupción. Porque también es ambición querer o comprender los sacrificios que nuestros deseos de muda comportan: expatriarse, renunciar a emolumentos… Ayer cuando nuestro afán era de cosas y no de aliento, lo llamábamos ambición pero era envidia. Aprendimos que un país envidioso dejaba de serlo cuando se hacía ambicioso: cuando codiciaba no sólo los sueños del vecino sino sus esfuerzos.

Los sueños ahora se han des- globalizado. En los momentos de crecimiento económico todo el mundo aspiraba al poder porque implicaba fortuna, y en los de crisis se produce su vacío porque acarrea tributos. Ahora a nadie se le ocurriría soñar con entrar en el G7 o en el G20 — que están desaparecidos— y apetecer responsabilidades mundiales. Ni EE.UU insiste en ese camino: el que quiera seguridad o aire limpio que lo pague. Tampoco China admite el falso y gravoso liderazgo mundial que los demás le ofrecen. Europa y Japón bastante tienen con lo suyo. La financiación del crecimiento o la cuenta de la solidaridad, ha llegado a ser… tarea de cada uno.

La austeridad generalizada abrevia nuestros sueños particulares. Son momentos de no esperar nada de nadie, de confiar en que nuestro modelo de ambición madure y lo haga con medida. Son días de abrirnos a cambiar esquemas, pero no a lo loco, de cumplir compromisos y de no atascarnos en lo accidental. Nuestra influencia en Europa ha caído conforme lo hacía nuestra economía, pero esos son protagonismos que vienen y van. Ojalá no fuera así, pero ahora este perfil bajo puede tener incluso sus ventajas. Nadie nos sacará de esta crisis: sólo nuestro atractivo traerá inversión extranjera, incrementará las exportaciones y nos devolverá la capacidad de soñar.

Como en otros tiempos de turbulencias, además vivimos la pesadilla secesionista. En 1932 Ortega expuso en las Cortes que el problema del separatismo no tenía solución y que había que conllevarlo. Pero, conllevarse es aguantarse y los españoles soñamos con llevarnos bien. Lo que hará el gobierno y la oposición por primera vez con los separatistas es afrontarlos, y afrontarlos será aplicar los artículos de la ley que ofrezcan mayor eficacia a menor costo; sin olvidar, ni por un momento, que nada vertebra más que el éxito: un nacionalista me confesó, como si lo intuyera, que prohibía a su hijo de 14 años ver jugar a la Selección Española de Fútbol los partidos del mundial. Pero el éxito exige adaptación a este infierno que estamos sufriendo y la mejor adaptación es distraerse lo justo con los problemas que no crean riqueza y seguir trabajando en las cosas que la procuran. Lo malo es que este argumento exige matizaciones varias.

Parte del bienestar español, más allá del crecimiento económico, cuando lo haya, y sus deseos de unidad, es su forma cotidiana y apasionada de vivir bajo el sol. En días de luz sentimos que no puede ocurrirnos nada. Pues bien, si como hemos vislumbrado, la solidaridad es poner dinero, la pasión es arriesgar el alma. Esa es nuestra ventaja competitiva. La gente quiere todavía vivir aquí por compartir esa emoción, aunque no explicite exactamente lo que es; y por infinidad de cosas más: temperaturas, horarios, paisajes, gastronomía, simpatía, procesiones, ensenadas, castillos e iglesias románicas… Para qué seguir…, todo tan genuino que perfila un estilo en que nos identificamos y hace sentirnos del mismo club.

Según recientes estudios, los españoles en paro tienen más aguante ante la adversidad que la de sus vecinos. ¿ Será por su forma de soñar? ¿ Será por la ayuda que la economía sumergida y sus familias ofrecen? Decimos que donde comen dos comen tres. La realidad es que en España comen siete. Sol, familia y forma de vida producen resiliencia existencial. Pero ¿qué nos garantiza España para que no tiremos la toalla y merezca la pena seguir soñando? Una lengua mundial y un país europeo. Una forma pegadiza de vivir. Un trabajo cada vez mejor perfilado. Una visión artístico- creativa de las cosas. Generosidad inigualable en las misiones de paz, en donación de órganos y trasplantes, en la adopción de niños. Gente dura pero abierta, de fácil tuteo pero responsable, preparada para la juerga y la hazaña, quejosa con el inmigrante pero no racista. Repito: ¿qué es todo esto? ¿qué tiene más relevancia y recorrido para las personas que el PIB o la deuda publica? Desde luego no es una entelequia, lo revalidaría hasta Oriol Junqueras. Lo que brinda España es algo infrecuente por esos mundos de Dios: humanidad. Sí: España es humanidad.

La humanidad es el «bosón» particular que ha mantenido nuestra esencia como país durante más años que nadie, pero su expresión desbordada provoca contradicciones: el decidir con frecuencia de forma equivocada y lograr, a su pesar, que se viva mejor aquí que en ninguna parte. ¿ El secreto para resolverlo? No estoy seguro. Pudiera ser aceptar que la pasión es un medio para vivir, para trabajar, para soñar, pero no para decidir. Nuestros sueños no sólo precisan ambición…, también requieren organización.

José Félix Pérez-Orive Carceller

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